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Jean Echenoz: "La palabra justa no es sólo la que da sentido a la frase, sino música"

Tras cuarenta años de escritura y diecisiete libros después, el reconocido autor francés llega a Buenos Aires a tiempo del Filba

Martes 26 de septiembre de 2017
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LA NACION

Algunos lo califican de "miniaturista" de frescos, "irónico" y "minimalista". Dicen con justa razón que es el único escritor actual capaz de relatar en cien páginas los últimos diez años de Maurice Ravel y el interminable desastre de la Primera Guerra Mundial. En todo caso, después de 40 años consagrados a la literatura, 17 libros y diez premios -incluyendo el Goncourt-, Jean Echenoz es, sin duda alguna, uno de los escritores contemporáneos más grandes de la lengua francesa.

Discreto, cálido, ajeno a la vanidad que podría justificar su reconocido talento, Jean Echenoz se sometió con elegancia a las preguntas de LA NACION en París, horas antes de partir hacia Buenos Aires, donde esta semana participará del Filba, el Festival Internacional de Literatura (ver aparte).

-Entre los temas que tratará durante su visita figuran "la importancia del accidente en la creación literaria". ¿No le parece bastante sorprendente como pregunta?

-No, no mucho. Cuando uno trabaja en un proyecto, hay dos cosas que pueden producirse. Primero, todo lo que se puede obtener del mundo exterior es capaz de insertarse en un plan preconcebido. Otras veces, el azar puede venir a resolver un problema mayor que el autor no consigue solucionar. Así sucedió en un libro que hice hace unos 20 años [se refiere a El meridiano de Greenwich].

-El escritor paraguayo Augusto Roa Bastos me contó una vez que después de releer lo que escribía, a veces descubría nuevos personajes e historias que se habían introducido subrepticiamente en la trama original, sin que él se hubiese dado cuenta. Él llamaba a esos episodios "accidentes literarios". ¿Algo así le podría suceder a usted?

-No creo para nada en esas historias de personajes que tienen una vida propia, una autonomía o que consiguen escapar del autor. Tengo muchos años de práctica en el control de las cosas que uno fabrica, sabiendo en todo caso que hay cosas inconscientes y que, por esa razón, puedo encontrarme con algo totalmente imprevisto en el trabajo de creación.

-¿Cuál fue ese accidente que le sucedió hace 20 años?

-Había construido un libro que debía terminar en la región polar y todo el recorrido del personaje era ir a buscar algo en esas regiones. El problema es que yo no sabía qué era lo que tenía que buscar. Entonces viajé a la India. Un día comencé a hojear un ejemplar de la National Geographic y caí sobre una foto que me dio la respuesta de cómo resolver la cuestión del sitio preciso.

-En otras palabras, cuando usted comienza un libro, no sólo tiene el esquema, sino incluso el final.

-Tengo un eje. Que es a la vez suficientemente sólido como para que me sirva de columna vertebral y tan elástico que me permita agregar cosas durante el trabajo de escritura.

-¿Necesita usted producir en forma constante? En otras palabras, antes de poner punto final a un libro, ¿tiene decidido cuál será el siguiente?

-Ya no. Durante los primeros 20 años, cuando estaba por terminar un libro, ya tenía el proyecto del siguiente. Sobre todo tenía cantidad de notas que no podían integrarse en el libro que escribía y que dejaba para el siguiente. Aun cuando, con frecuencia, esas notas tampoco servían para ese proyecto. Ahora me dejo guiar más bien por los descubrimientos que hago al azar. Esto quizá sea por culpa de la edad (risas).

-Hablando de la edad, justamente, ¿a los 70 años siente el mismo placer que antes por la escritura?

-Sí, sin duda.

-Porque usted consagró su vida a la literatura. De pequeño no sólo fue un voraz lector, sino que la voluntad de escribir lo acompañó siempre.

-Es verdad. Siempre adoré escribir. Era un placer físico. Pero durante años hice cosas que no tenían ningún interés. Eran páginas de cosas banales: qué había hecho ese día, cuentos cortos que nunca terminaba? Después llegó un momento, cerca de los 30 años, en que me dije que era tiempo de pasar de esa suerte de obstinación por la escritura a la etapa siguiente, al estadio de fabricación de un libro. Así comenzó todo.

-Cómo aprendió a escribir. ¿Fue la escuela que le dio el gusto por la escritura?

-Fue mi madre. Yo no tenía buenas relaciones con la escuela, la verdad.

-Pero, ¿y después? ¿Cómo fue su evolución? ¿De dónde salió ese amor por el idioma bien escrito que lo transformó en el auténtico orfebre que es hoy?

-No lo sé. Tal vez fue el descubrimiento tardío -porque soy bastante lento en la vida [se ríe]- de que un texto hay que trabajarlo. Antes de eso, mis textos eran una suerte de improvisación, que carecían de corrección y de reescritura.

-Pero antes de llegar al texto publicable, usted da una gran importancia, por ejemplo, a la puntuación?

-Es lo mínimo que se le puede pedir a un escritor.

-Lo mismo que la obstinada búsqueda de la palabra justa. ¿Se puede decir que esa inclinación es innata en Jean Echenoz?

-Probablemente haya nacido con la lectura. Pero, además, hallar la palabra justa no significa sólo que lo sea para el sentido de la frase, sino también para su música.

-Leí que no cree demasiado en lo que algunos llaman "la pequeña música" de un texto. Sin embargo, los suyos llevan intrínseca una preocupación musical.

-Desde luego. Pienso todo el tiempo en el "ruido" que hacen las palabras. Yo sé que una frase debe estar hecha de sílabas, notas falsas, silencios y ritmos específicos. La máquina narrativa tiene que estar siempre acompañada de una máquina sonora.

-¿Escribió poesía?

-Cuando era joven.

-¿La poesía es importante para una prosa de calidad?

-Recientemente, haciendo limpieza en mis papeles, encontré una pequeña colección de poemas que escribí en mi juventud. Y que naturalmente tiré.

-¡Pero qué manía! Parece que también tiró su primer guión para el teatro?

-¡Porque era espantoso!

-¿No será usted un coqueto y no quiere que queden como manchas de una obra?

-No quiero que quede absolutamente nada. Sólo los libros que han sido publicados, obviamente.

-¿Tiene tiempo para leer?

-Sí, pero no leo todo lo que se publica. Con la edad, cada vez me consagro más a los clásicos. Este verano volví a leer a Flaubert y Proust.

-¿Por qué sus libros son cortos?

-No siempre. Sólo cuando es necesario.

-¿Cien páginas para contar la Primera Guerra Mundial no le parece corto?

-Justamente. Como se trataba del acontecimiento más largo de la historia contemporánea, me interesaba tratar de relatarlo en la forma más concisa posible. En ese libro, contrariamente a la cantidad de otras cosas que leí durante su preparación, intenté relatar la historia de los personajes en la forma más sucinta.

-¿Trabaja usted siempre sus textos con su editor?

-No.

-Porque sus textos no lo necesitan o porque su editor no se presta a ese ejercicio.

-Porque no hace falta. Cuando comencé a publicar creí que un editor estaba allí para dar consejos o ayudar. Pero mi editor [el fallecido Jérôme Lindon, de Éditions de Minuit] soportaba bastante mal que sus autores lo tomaran de consejero o de terapeuta. Rápidamente comprendí que no sólo no le gustaba, sino que tampoco servía para nada. La única vez que me animé a decirle: "Tengo dificultades con ese texto, no sé bien qué hacer", él me respondió: "Mi pobre amigo, no me gustaría estar en su lugar".

Tres posibilidades para un encuentro

Echenoz es, sin duda, quien más camino literario tiene andado entre los invitados que desde mañana hasta el domingo pasarán por el Filba (www.filba.org.ar). Su presentación especial será pasado mañana, a las 20, en una entrevista pública alrededor del tema de la construcción de una voz propia que el periodista Pedro Rey le hará en el auditorio del Malba. También en el museo, pero el viernes, a las 19, el francés participará de un recorrido por la muestra de Diana Arbus leyendo un relato propio inspirado en una de las fotos exhibidas. Finalmente, el sábado, a las 20, en la Biblioteca Nacional, integrará el panel de Los equivocados, sobre cómo el azar afecta el proceso de escritura.

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