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La pelea Neymar vs. Cavani: cuando el vestuario pesa más que el dinero

El enfoque

Martes 26 de septiembre de 2017
LA NACION
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Lo patentó el Negro Obdulio cuando arengó a sus compañeros: "los de afuera son de palo". Estudiar historia sirve para no repetir los errores del pasado. Los nuevos ricos del fútbol disponen de fortunas más inimaginables que incalculables: podrían destinar una minúscula porción a comprar los libros adecuados para aprender lo necesario o, en todo caso, a contratar a algún contador de anécdotas futboleras de las que sacar enseñanzas. Una especie de Sherezade que, acaso a lo largo de mil y una tardes de estadios, pudiera relatarles viejas historias de futbolistas echando a dirigentes de los vestidores.

En su obsesión por ganar la Champions League, el qatarí Nasser Al-Khelaifi abrió con rampante obscenidad su billetera. ¿Qué es un millón de euros más para que Neymar patee los penales? Apenas el 4,5 por mil de lo que pagó por el brasileño, en un pase que resultó ser la más cara declaración de guerra al deseo en toda la historia del fútbol.

Pero el vestuario se plantó ante esa actitud antipática, ejercida con la prepotencia de lo opulento. Ahí adentro del vestidor, dónde tallan jerarquías y lealtades basadas en la calidad y en la experiencia, el dinero asume una condición liviana. O directamente no tiene peso. Al Khelaifi fue elegido en 2016 por L'Equipe como "el hombre más poderoso del fútbol francés", pero si se hubiera atrevido en estos días a preguntarle a su plantel "¿qué, mi plata no vale?", lo habría sorprendido la rotunda negativa.

Edinson Cavani -nacido en el mismo Uruguay que Obdulio Varela- se comportó según las reglas no escritas del fútbol: ante la lógica del vestuario, el dinero no posee argumentos. Los de afuera son de palo. El millón de euros se lo amasa marcando goles, como reza su contrato, no cediendo privilegios ganados partido a partido en los cuatro años que lleva jugando en el PSG. "Esa forma de dignidad", como la denominó el delantero uruguayo, pudo más que la voluntad todopoderosa de su patrón.

¿Gana títulos el dinero? El proceso no es automático. Roman Abramovich invirtió e invirtió hasta que sacó a su Chelsea campeón de Europa. Nueve años le llevó ese trance, comprando 64 jugadores por cerca de 1.300 millones de dólares y gastando otros 2.000 millones en salarios. El jeque Mansour bin Zayed Al-Nahyan, dueño del Manchester City -otro club sospechado de pisar los límites del fair-play financiero como el PSG- todavía no consiguió el título que persigue desde que se hizo cargo del club, hace casi una década. El año pasado llegó a semifinales; para esta temporada gastó 285 millones de dólares en refuerzos. Al-Nahyan busca lo mismo que Al-Khelaifi. Pero solo uno podrá gritar campeón en Kiev el próximo 26 de mayo. Y no necesariamente será alguno de los dos. Cuánta fragilidad.

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