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Mónica Ayos, Diego Olivera y un romance inevitable en el que nadie creía

Los actores se conocieron en el año 2000 y aunque trataron de evitar el flechazo, lo que sintieron fue más fuerte y se jugaron por su amor; este año cumplen 17 años juntos

Mónica Ayos y Diego Olivera, un amor de novela
Mónica Ayos y Diego Olivera, un amor de novela. Foto: Archivo
Miércoles 27 de septiembre de 2017 • 00:10
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LA NACION
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“Te encontré, amor de mi vida, lo tenés todo, lejos de la perfección llegaste como un combo explosivo que provoca en mí sensaciones que no conocía, ¿envejecemos juntos?”, le escribió él durante un viaje a Brasil y ella, 17 años después, se acuerda de esas palabras escritas en una servilleta de papel al pasar, que no hacen más que reafirmar su historia de amor. A Mónica Ayos la intuición no le falló y si bien ella y Diego Olivera sabían que eran muy distintos, tanto que evitaron el primer flechazo que sintieron cuando se conocieron, no pudieron negar lo que sentían por mucho tiempo.

Era fines del año 2000 y ambos habían sido convocados por Hugo Moser para trabajar en el regreso de Matrimonios y algo más. Ella tenía una personalidad super independiente, había pasado por una traumática relación amorosa y era madre soltera de un niño de 7 años, Federico. Ella iba para adelante. Los obstáculos no eran más que desafíos a sortear en la vida. El era tranquilo, venía de un pasado más ordenado y nunca imaginó encontrarse con un torbellino que lo envolviera en su recorrido. Pero las horas de grabaciones no hacían más que evidenciar lo bien que la pasaban juntos, lo cómodo que se sentían el uno con el otro. “No era intencional llamar la atención del otro, se dio de manera natural, y pegamos una onda que parecíamos conocernos desde siempre”, recuerda Ayos sobre los inicios de su relación con el actor.

Ayos en sus épocas de vedette
Ayos en sus épocas de vedette. Foto: Archivo

“Yo venía de unos años de mucho laburo y, a su vez, de mucha exposición. Diego apareció en mi vida cuando yo transitaba un cambio fuerte, una búsqueda de identidad genuina, correrme un poco del ojo de la tormenta hacia un puerto más calmo, en el que deseaba anclar y que él haya aparecido en esa etapa fue una señal hermosa y muy oportuna”, señala la actriz y agrega en diálogo con LA NACION: “Fue de esos amores inevitables, hacíamos grandes esfuerzos por corrernos, alejarnos, pero estábamos como imantados”.

Cuando comenzaron a salir, varios escribieron –y creyeron- que era un romance pasajero entre el actor de bajo perfil y la mediática vedette de turno, pero se equivocaron y su gran historia de amor así lo demuestra. El tuvo que adaptarse a ella, a su forma de ser “enquilombada”, a construir una relación con un niño de 7 años y a mostrarle que podía confiar en él; y ella tuvo que compartir “la batuta” con la que había dirigido hasta ese momento su vida y bajar la guardia. “Nunca pensé en un hombre para toda la vida porque creí que bastaba conmigo (se ríe)… Hasta que llegó Diego. Siempre tuve la batuta de mi vida, aunque debo admitir que muchas veces me murmuró cierta necesidad de lo hogareño, esas ganas de armar una estructura familiar sólida, pero no fue hasta que sentí ese viento cálido que me hizo un click; ese vientito de verano con el que uno siente que realmente vale la pena levantar vuelo para arriesgarse y emprender un nuevo rumbo, y, tal vez, por qué no, compartir la batuta. Ese viento cálido en mi vida se llamó Diego Olivera, y allí, en él al fin, reposó ‘la guerrera’”.

Tan intenso fue lo que sintieron, que al tiempo probaron la convivencia durante una temporada en Mar del Plata y, después, él se fue a vivir a su departamento. Ya eran una familia ensamblada. Y a los dos años de conocerse, más precisamente el 29 de noviembre de 2002, ya estaban festejando su casamiento. En esos días de adrenalina y emoción a Mónica le pasó de todo, desde que no le llegara a tiempo el vestido que se iba a poner en el civil hasta que le avisaran horas antes de firmar la libreta que su padre estaba internado, a raíz de una descompensación. “Fue un mix de sentimientos”, asegura respecto de todo lo que estaba viviendo. Y jura y perjura que se acuerda de cada detalle de esos días, desde los más importantes hasta los más nimios, pero tiene guardados dos momentos especialmente: “Uno es la carita de Federico, de mi brazo, llevándome al altar y entregando los anillos. Lloró, se conmovió y era tan chiquito, tenía 9 años. Y el otro es la impactante mirada de Diego cuando me vio al abrirse las puertas de la iglesia y sonar el Ave María. Esa mirada era nueva, yo no la conocía, tan transparente, tan genuina, esa emoción desde un lugar tan real. Muy parecida a la mirada que tuvo 2 años después en el parto de nuestra hija al verla salir”.

Sí, quiero. Mónica Ayos y Diego Olivera, en la iglesia
Sí, quiero. Mónica Ayos y Diego Olivera, en la iglesia.

Después de la emoción, las lágrimas de felicidad y los festejos, llegó la luna de miel compartida. “Nos fuimos con Fede para no dejarle un laburo extra a mi madre, que se estaba ocupando de la recuperación de papá y nos sentíamos más tranquilos llevando al enano, como le decíamos de chiquito. Nos recontra divertimos. En particular, esos fueron unos días que fortalecieron aún más el vínculo de Fede, que a esa edad lo marcó mucho a Diego como padre primerizo de un niño ‘ya empezado’. Fede hoy tiene 25 años y se parece en muchas cosas a él. Tienen un diálogo maravilloso, se adoran, se respetan”.

El humor, un gran aliado del amor

La pareja junto a Federico cuando aún era un niño
La pareja junto a Federico cuando aún era un niño.

Por supuesto que toda historia de amor real tiene sus ideas y vueltas, sus discusiones, sus adaptaciones, sus crisis y su volver a elegirse. “No creo en el miedo a vivir, pero sí creo en el desamor, por eso hacemos uso del hermoso privilegio que tienen todos en esta vida: elegir. Elegirnos todos los días sin mandatos ni compromisos más allá de las ganas y el amor. Construimos un proyecto de vida y de familia. Decidimos caminar juntos a la par, salimos fortalecidos de todas nuestras diferencias”.

Pero también hay algo que los ayudó como pareja en esos primeros años de convivencia y que aún hoy les es clave para poder resolver situaciones: el humor. Son capaces de reírse de sí mismos y de algunas situaciones estresantes propias del día a día. “El humor siempre preponderó en cada situación y así hemos salvado enormes diferencias, desde cierta ideología pasando por gustos musicales, iluminación y decoración de espacios hasta formas de doblar una toalla (se ríe). Siempre desdramatizamos e imprimir la cuota de humor nos descontracturaba, así fue que se relajó, me relajé y nos adaptamos”.

A ella le gusta vivir la vida minuto a minuto, sin un plan previo. El planifica hasta las vacaciones. Pero cuando reconocieron cómo era cada uno, entendieron que debían ceder algo para poder encontrarse con el otro y disfrutar. "Para nosotros nada mejor que reírnos a carcajadas con amigos, nada mejor que tener juegos en familia y complicidades, nada mejor que viajar a lugares inhóspitos, conocer, compartir, traer anécdotas insólitas y disfrutar sin esa constante de poner a prueba y ver la equivocación del otro para exponerlo. Simplemente ser uno mismo y dejar ser para que la felicidad sea compartida y no unilateral".

Un bebé muy esperado y un desafío impensado

Mónica Ayos y su hija Victoria cuando ella era aún un bebé
Mónica Ayos y su hija Victoria cuando ella era aún un bebé.

Dos años después de casarse, nació Victoria. “Fue una bebé buscadísima, deseada, ambos queríamos una nena. La familia entera la esperaba y mi contexto era otro, muy diferente [hace referencia a su primera maternidad], más estable, menos precario, ameno, cómodo, y con un papá desde el vamos. Diego es un padre de la post modernidad, me ayudó en todo y a la par mía: la bañaba, la cambiaba, la hacía dormir. Victoria parecía que tenía dos madres. Si bien Dieguito ya había practicado con Federico, a él ya lo agarró más grande, ya sin pañales ni mamaderas, así que venía una parte nueva y desconocida que lo emocionaba, y para él fue todo un desafío, ya que esperó tener un bebé a sus 36 años, su calidad de tiempo fue impecable. Una etapa nueva de agrandar la familia, que elegimos juntos. 'Vicu' llegó y nos unió más aún. Federico amó a su hermana desde el minuto cero”.

Y mientras disfrutaban de la nueva integrante de la familia, un nuevo desafío apareció en sus vidas: a Diego le surgió la posibilidad de trabajar en México, en 2006, con un protagónico importante. Una oportunidad que no podía perderse, pero que implicaba muchas decisiones y algunas pruebas a superar. “Jamás se me pasó por la cabeza vivir en otro lado que no sea la Argentina, nunca lo imaginé. Fue una posibilidad que Diego tuvo de poder abrirse a otro mercado de manera internacional y, en cuanto sucedió, fue un efecto en cadena y no podíamos dejar pasar estas puertas del destino. Como familia, fue un proceso que tuvo su tiempo de digerir, de poner en la balanza, de decisiones, de contradicciones y de nuevos horizontes. Y siempre los grandes cambios vienen aparejados de ciertos temores, pero nunca fui fan de quedarme en mi zona de confort y finalmente me animé, previo minucioso y hábil trabajo de Diego para convencerme frente a una realidad que nos daría expansión en el terreno profesional y mantendría a la familia unida. Nobleza obliga, mi carácter inquieto hizo que no me quedara en casa o de compras ni turisteando sino en la búsqueda de mi propio destino, y así fue que con tiempo y perseverancia y luego de 1000 castings llegase mi turno de expandirme, y encontrar mi lugar de nuevo, en un lugar desconocido para mí”.

Mónica Ayos y Diego Olivera, un amor de novela
Mónica Ayos y Diego Olivera, un amor de novela. Foto: Archivo

Pero si bien ahora la actriz está conforme y feliz con la decisión de haber mudado su vida a México, donde continúa sumando horas de vuelo a su carrera, también reconoce que le costó adaptarse porque le pesaba su vida en la Argentina, sus amigos, su familia, sus raíces. “Me tomé mi tiempo, no lo decidí al toque, la movida desde que arrancó hasta que se ejecutó tardó como 3 años y entre viajes interminables y una logística durísima de sostener a nivel emocional y familiar, nos sentamos, pusimos en la balanza y decidimos todos esta realidad de hoy, que sin dudas fue una decisión inteligente y productiva, que además nos fortaleció como familia”.

"Nos seguimos eligiendo"

Llevan 17 años juntos, pasaron algunas crisis, criaron dos hijos, se mudaron de país, pero ninguno descuidó su carrera mientras compartían su vida. Un hecho que Ayos remarca y que ayudó al sentido de tener un compañero para toda la vida como se juraron ese 29 de noviembre de 2002. "Hemos resignificando cada etapa, renovamos las ganas, desmalezamos, luchamos por el proyecto que empezamos juntos y que hoy es una realidad agradecemos cada día, elegirnos sin mandatos y sin la mirada del fuera en nuestras decisiones".

"Nuestra profesión tiene espejismos y es importante tanto para Diego como para mí vivir en estado de consciencia y despabilados para no caer en la trampa de los miedos, de las inseguridades que con los años quieren ganar terreno, estamos atentos a esas cositas que si las dejás crecer alimentás un monstruo con el que tendrás que lidiar cada día", reflexiona ella sobre lo aprendido en la vida en pareja.

¿Y los celos? "Diego no es de los tipos celosos, aunque hay escenas de ficciones que prefiere ver con un solo ojo. (Se ríe) Yo, en cambio, tengo un instinto un poquito más... ¿Cómo decirlo? Salvaje. Aunque, nobleza obliga, con él realmente no necesito ponerlo en práctica, pero me aflora por naturaleza".

Una familia sin "dramas": Diego, Victoria, Mónica y Federico
Una familia sin "dramas": Diego, Victoria, Mónica y Federico. Foto: Archivo

Gracias a que ambos confiaron en sus sentimientos y se animaron a escribir su historia de amor, pese a lo que decían de ellos y a sus propias diferencias, hoy pueden mirar al pasado con los ojos bien abiertos y conformes con las decisiones tomadas. "Amanezco hace casi 17 años con el hombre que escribió en un café de una callecita de Buzios en una servilleta de papel: 'Te encontré, amor de mi vida, lo tenés todo, lejos de la perfección, llegaste como un combo explosivo que provoca en mí, sensaciones que no conocía, ¿envejecemos juntos?' Me la acuerdo porque hicimos un cuadrito hace mil años con ese escrito de él. Los años pasaron y sigue resonando en nosotros aquellas cosas que nos escribíamos porque hoy son tangibles, la teoría pasó a la práctica y somos los mismos de ayer, que hoy despiertan despeinados y abrazados aunque haga calor. Nos conocemos cada centímetro y nos seguimos eligiendo".

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