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Leila Sucari: "Hay cosas fuertes de educación que al varón se le permiten y a la mujer, no"

La autora argentina, ganadora del primer premio del FNA, presenta su novela en el Filba

Miércoles 27 de septiembre de 2017
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LA NACION
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Ganó el primer premio del Fondo Nacional de las Artes con su novela Adentro tampoco hay luz (Tusquets). Es una historia de iniciación contada desde la mirada -curiosa- de una preadolescente que desembarca en la casa de campo de su abuela para dejarse llevar por la fuerza de todo lo vital, lo latente. En esa casa como aislada del mundo, la protagonista está con la madre -que insiste en no dejarla ir a la escuela-, el novio hippie de la madre y una prima adolescente que se autoriza a sí misma, respecto de los permisos sexuales que el deseo le traza. Sucari es periodista, y si bien pasó por la filosofía, la plástica, el teatro, llegó al periodismo para poder escribir. Hizo taller de crónica con Josefina Licitra, y de ella tomó la recomendación para ir a otro taller, pero de ficción, con Fernanda García Lao. En ese espacio al que llegó a ir embarazada, y después con su hijo, Simón -a quien le dedica el libro-, nació la novela.

En el ida y venida permanente entre la subjetividad y la ficción, la autora eligió dividir su novela en dos partes. La primera tiene estos subtítulos: "Temporada de moras", "Temporada de pomelos", "Temporada de frutillas". Diferentes momentos que coinciden con ciclos de la naturaleza. Es entonces el tiempo de los frutos: narrar hasta que la historia esté lista para bajar por su propio peso.

¿De dónde surge el universo de esta novela?

-Primero apareció la voz de la nena. Luego, imágenes y escenas; yo no sabía quién era esa niña ni por qué aparecía. Empecé a escribir y se armó su universo, el de la abuela, la prima; después llegó el territorio, lo que le pasaba, cómo miraba el mundo. La segunda parte fue la entrega de sentarme a escribir, lo hacía todo el tiempo: salía a caminar y pensaba en el personaje. Cocinaba o me bañaba y pensaba en ese mundo del campo y en ella.

-Siempre quisiste escribir, ¿pero la novela nació en el taller de ficción?

-Sí, yo había empezado el taller de cuento con Fernanda García Lao. Y después, durante el verano, empezó a surgir esta niña. Al tiempo, con retazos de ideas y escenas, volví para trabajar. Escribir es muy solitario. Uno está frente a la compu y pareciera que el mundo no se metiera, poder compartir con otros ese proceso fue buenísimo. Después nació Simón y tuve que cortar. Seguí escribiendo la novela sola.

-¿Qué hay de tu propia historia en Adentro tampoco hay luz?

-Cuando mi papá se separó de mi mamá, yo tenía cinco años. Él se fue a vivir al campo, a Exaltación de la Cruz. Yo iba los fines de semana, también en el verano, y encontraba lagartos, juntaba renacuajos, miraba los bichos: había una especie de libertad cuando estaba ahí. En las casas vecinas no había nadie y a veces me metía en las piletas de los vecinos y cuando veía una auto me escapaba y me iba a otra pileta. Y esa niña de la novela tiene algo de esa libertad en el campo de la abuela.

-Es una historia de mujeres solas, fuertes. ¿Qué representa trabajar esos personajes?

-En ellas hay como una doble cara: fortaleza y vulnerabilidad. La abuela que todo el tiempo quiere imponerse, y a través de ella se ven los temores y las fisuras más humanas y sensibles. Sobre todo, quería trabajar la búsqueda: la madre que no sabe muy bien qué hacer, pero sigue.

-No es frecuente encontrar escenas de iniciación sexual en cuanto a la autoexploración. En la novela las hay. ¿Qué significó narrar esa acción para la protagonista?

-Lo sexual está en toda la novela. La prima tiene un deseo desbordado que no sabe por dónde canalizar. Ella se está descubriendo y no tiene la necesidad de clasificar según la moral adulta. El sexo siempre es un tema difícil. En esta niña, su cuerpo es para ella. Y al estar sola, eso le da esa oportunidad: no hay una familia detrás que la domestica. La abuela cumpliría el rol de castración. La posibilidad de este personaje es ésa, de encontrarse. Descubrirse. Todavía sigue siendo un tabú sobre todo con las niñas, las adolescentes. Hay cosas muy fuertes de educación que al varón se le permiten y a la mujer, no. Como si el cuerpo y la cabeza no fueran la misma cosa. Y lo son.

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