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Hubo un tiempo de postales

Daniel Gigena

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LA NACION
Martes 26 de septiembre de 2017 • 21:28
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Pocos días antes del comienzo de la primavera de este año recibí una postal enviada por una amiga, la poeta y diseñadora Florencia Gutman. Un collage digital hecho de imágenes de pétalos, flores y sonrisas, con fondo rosado, tenía un texto impreso en tinta negra: "Feliz primavera". Busqué de inmediato la letra de mi amiga en los renglones del dorso y allí estaba. ¿Cuánto tiempo había pasado desde la última vez que un sobre con una postal se había filtrado por debajo de la puerta? En estos años sólo había visto GIF y memes en las que predominaba el ingenio; se eliminaban con un clic.

En el siglo XX, una época no tan remota como parece ahora, mandábamos postales en distintas ocasiones. Cerca de Navidad, del Día de Reyes, de los cumpleaños de amigos y parientes, y en especial en los días grises y fríos durante las vacaciones de invierno, elegíamos rectángulos de cartón con fotos de picos nevados o cascadas, dibujos de globos de todos los colores con el omnipresente rostro de Tweety o la vista de un río desde un puente. Mi amor por la geografía y las imágenes nació de las postales.

En segundo grado de la escuela primaria, nuestra maestra nos pidió que compráramos (o que hiciéramos con nuestras manos, tarea de la que me abstuve) una postal para enviarle a un ser querido. No era necesario que el destinatario viviera lejos de casa, pero en esa ocasión elegí a mi abuela paterna, que se había mudado del campo a un pueblo en el valle de Calamuchita. Un sencillo ejercicio escolar se impregnaba de emoción.

La escritura en el dorso de las postales era un arte menor muy cultivado. Tenía ciertas reglas (no convenía, por ejemplo, escribir encima de la imagen de la postal) pero había espacio para la improvisación. Una amiga, en vez de escribir las postales, dibujaba los mensajes desde una playa argentina, en el mes de enero. Otra escribía textos asimétricos con letras recortadas de revistas viejas.

No llegaron a existir los editores que indicaran la medida y el tono (hoy se diría "el foco") que la escritura de las postales debía adoptar. Aquella maestra de segundo sólo había insistido en que usáramos la primera persona y que expresáramos el afecto por escrito. En las postales se podía ser lírico o austero, cómico y redundante, romántico y zumbón. Los mensajes de odio estaban prohibidos.

Desde los lugares de veraneo, los adjetivos se repetían. Cualquier pueblo de las provincias era "formidable", "hermoso", "tranquilo", pero también, cuando no llovía y los ríos traían poca agua, se podía usar el temible "seco". Guardaba las postales en un cajón de la mesita de luz y a veces, antes de soñar, las observaba fijamente. Un recurso narrativo que conocí décadas después, llamado metalepsis, describe ahora el deseo infantil. Con la mirada cruzaba la frontera y, de ese modo, entraba en la imagen. Habitaría por un rato esas montañas de colores, un jardín europeo y los glaciares patagónicos.

Pude haberme convertido en un coleccionista de postales. Las hubiera organizado por temas (paisajes, fiestas de fin de año, turísticas), por año o por remitente. La relación con abuelos, tías y primos, con mi madre y mi padre, con amigos exiliados o de paseo por el mundo estaría descripta por medio de un catálogo de imágenes acompañadas de palabras. En ese caso, si me hubiera tomado el trabajo durante una tarde lluviosa, un conjunto de biografías afectuosas creadas por la mirada ajena inspirarían nuevas versiones sobre los seres queridos.

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