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Las series en la era Trump: entre un presente terrorífico y un futuro distópico

A la hora de construir historias que expliquen "la grieta" que divide a los norteamericanos, las ficciones televisivas eligen géneros que les permiten expresar los miedos de Hollywood

Jueves 28 de septiembre de 2017
Sarah Paulson interpreta en AHS al epítome de la liberal norteamericana, a la que el triunfo de Trump le dispara todas sus fobias
Sarah Paulson interpreta en AHS al epítome de la liberal norteamericana, a la que el triunfo de Trump le dispara todas sus fobias. Foto: LA NACION / FX

Desde que las series se convirtieron en las ficciones más consumidas del planeta, son también el mejor termómetro del humor social de Estados Unidos. Cada nuevo presidente que arriba a la Casa Blanca desencadena un vendaval de cambios y transformaciones en la producción de ficciones televisivas, tendientes a representar miedos y esperanzas que definirán la era que comienza.

Con el inesperado triunfo de Donald Trump en noviembre, el horror fantástico y las más demenciales distopías parecen consolidarse como el signo de los tiempos que corren. Porque la realidad parece que no es suficiente para explicar lo que sólo puede nacer del febril imaginario de una usina inagotable como Hollywood. Si durante el gobierno de Bush padre, marcado por la Guerra del Golfo, Twin Peaks mostró al mundo la otra cara del Estados Unidos profundo, con sus crímenes y villanos, y la era Clinton consagró el ala oeste de la Casa Blanca como el territorio de la política demócrata con The West Wing, luego del romance interracial que celebró Scandal, para deleite de las minorías liberales enamoradas de Obama, con la aparición de Trump en escena parece haber llegado la hora del más oscuro de los desamores.

The Handmaid's Tale, American Gods, American Horror Story y el regreso de Twin Peaks son los mejores exponentes de un nuevo escenario marcado por el miedo irracional, el fundamentalismo mítico y un horror que no tiene nada que envidiarle al teatro del absurdo.

"Píntame tu aldea y pintarás el mundo", parece decir el nuevo Hollywood, que no tiene más que dar rienda suelta a la fantasía para acercarse cada vez más a la realidad.

Cuando el gobierno de Bush padre llegaba a su fin y los estruendos de la Guerra del Golfo se hacían oír en todo el mundo, la serie que había retratado ese Estados Unidos de crímenes inexplicables y mundos paralelos como ninguna otra también languidecía ante una realidad que se había vuelto demasiado oscura. Twin Peaks nació a fines de los 80 de la imaginación febril de David Lynch, de las mismas pesadillas diurnas que había ensayado en la inquietante Terciopelo azul, emblema de los coletazos del reaganismo. Ahora, los 90 se asomaban con nuevas guerras y negros presagios, y el misterioso crimen de Laura Palmer era sólo la punta del iceberg de un apocalipsis aún mayor. Esa serie, que parecía concluida para siempre con la emergencia del mal en la feroz figura de Bob bajo la piel del simpático agente Dale Cooper (Kyle MacLachlan) tuvo que esperar veinticinco años y varios gobiernos para regresar. El público de culto que conquistó durante esa interminable espera de más de 25 años, que superó la propia fama de Lynch y todo lo que pudiera hacer en ese entreacto, llegó con una tercera temporada este año para anunciar una nueva era en la cultura televisiva. Pero si las series han cambiado, los gobiernos no lo han hecho tanto. El triunfo de Donald Trump, hace menos de un año, tiró abajo todas las previsiones. Desde entonces, cada nueva ficción parece hacerse eco de esa inesperada anomalía.

Esperar lo peor

Hollywood ha sido el histórico reducto de la tradición liberal estadounidense. Muchos de sus artistas han asumido compromisos explícitos o indirectos con el devenir político del presente de su país, con los asuntos de la vida pública y con las figuras que marcaban el rumbo de esa autoproclamada América. Todavía repican en la memoria de varias generaciones las razias anticomunistas del macartismo, el exilio de grandes figuras como Charles Chaplin u Orson Welles y las encendidas protestas de actores y cineastas durante la guerra de Vietnam, que dio origen al aura combativa del llamado Nuevo Hollywood en los años 70. A ellos se suman hoy quienes ven en el ascenso de Trump un retroceso cultural peligroso y la emergencia de los peores fantasmas del pasado norteamericano. Su declarada política antiinmigratoria, su tratamiento despectivo hacia las mujeres y la comunidad LGBT, su grotesca prepotencia en las relaciones internacionales, todo ello combinado con un alter ego televisivo delineado en el bizarro reality televisivo El aprendiz y consolidado en su altísimo perfil como "tuitero en jefe" dio origen a una serie de relecturas dentro de la industria audiovisual, que oscilan entre la burla y la preocupación. Basta con escuchar atentamente los agudos comentarios de premiados y presentadores en la entrega de los Emmy hace pocos días o recordar algunos de los encendidos discursos pronunciados en la pasada ceremonia de los Oscar. Detrás de cada risa se asoma un llamado de alerta.

The Handmaid''s Tale fue la gran ganadora de los Emmy
The Handmaid''s Tale fue la gran ganadora de los Emmy. Foto: MGM

La celebrada imitación de Alec Baldwin en Saturday Night Live, con ese jopo a lo Hairpray y el abundante maquillaje anaranjado, fue una de las primeras reacciones de la comunidad televisiva ante su ascenso al poder, que asumía desde la sátira una necesaria advertencia. No es casual que ese programa haya recibido 22 nominaciones a los premios televisivos -el número más elevado en toda su historia- y se haya alzado con seis de las principales estatuillas de la noche, entre las cuales se encuentra el reconocimiento a Baldwin, quien irónicamente le dedicó su premio al presidente ("Señor presidente, aquí está su Emmy", en referencia a las repetidas quejas de Trump por no haber ganado nunca por su reality). También la excelente imitación de Hillary Clinton que consagró el año pasado a Kate McKinnon (quien también fue premiada en 2017 y dedicó a Hilary su premio, esta vez sin sorna) fue una de las claves que la comedia televisiva puso en acción para pensar la disputa política que sacudía al país.

Es que en los días posteriores al triunfo republicano, mientras las bocas abiertas por la sorpresa aún no podían cerrarse, el impacto se hacía oír con fuerza en todo el mundillo artístico, intentando desde la parodia exorcizar los primeros miedos y prepararse para lo peor. La explosiva interacción con la audiencia, clave en el consumo de las ficciones hoy en día, no se hizo esperar y se convirtió en el mejor termómetro para entender lo que acontecía: repercusiones en las redes sociales, hashtags, infinitos likes y retuiteos son todos complementos de cómo la cultura popular se apropia hoy en día de los fenómenos políticos, los desmenuza y los expulsa convertidos en otra cosa. O en algo parecido.

Si la comedia parecía dar cuenta de esa primera reacción, de ese intento de exorcismo de lo que todavía se percibía como un mal sueño, la proliferación de distopías y mundos nacidos de pesadillas fantásticas en los que nos vemos inmersos puede entenderse como el siguiente escalón. Ya no alcanza con la realidad para comprender la presente coyuntura, y hasta una serie como House of Cards parece haber encontrado sus propias limitaciones a la hora de dar cuenta de la escena política de los Estados Unidos de hoy. Si en la era Clinton, The West Wing había delineado una nueva mirada sobre la acción ejecutiva del mando demócrata, y el romance interracial de Scandal había cifrado el idilio del electorado estadounidense con la figura de Obama, la emergencia de Trump, las demandas virulentas de sus votantes y esa serie de consignas que imaginan la reconquista de una grandeza perdida, necesitaban un escenario más amplio, un territorio más extenso, un recorrido que pudiera penetrar más allá de la superficie visible.

Hay dos ficciones que resultan claves para entender este fenómeno, por el momento de su aparición y por el interrogante que las recorre: ¿Cómo es que llegamos hasta aquí? La primera es The Handmaid's Tale, la estrella de la plataforma de streaming Hulu, la gran ganadora de los premios Emmy, que no ha parado de recibir elogios de la crítica alrededor del mundo (los argentinos deberán esperar hasta 2018, cuando la serie llegue a la pantalla de Paramount Channel). Basada en la novela de 1985 de Margaret Atwood -también productora de la serie-, The Handmaid's Tale imagina un futuro en el que el fundamentalismo religioso controla el gobierno, las mujeres no tienen más derechos que a engendrar hijos y la vida está controlada por patrullas militares en calles que huelen a sangre y muerte. Lo más terrorífico es que las ideas de Atwood se han inspirado en sucesos reales procedentes de distintos momentos históricos y ocurridos en distintos lugares, que parecen convertirse en un incómodo llamado de atención al calor de los nuevos tiempos. A esto se suma que varias manifestaciones por los derechos de las mujeres en contra de las políticas de Trump hayan utilizado el atuendo característico de las Criadas para dar simbolismo a su reclamo.

Algo en que creer

La otra serie que también se sitúa en un futuro distópico, gobernado por mitologías ancestrales convertidas en un mandato moderno, es American Gods. Disponible aquí en Amazon Prime Video y estrenada apenas unos días después de The Handmaid's Tale, también se inspira en la literatura -en este caso de Neil Gaiman- como puntapié para la construcción de un mundo que no descarta inquietantes similitudes con aquel en que vivimos.

Los viejos dioses, aquellos que llegaron al Nuevo Mundo de los pioneros, faros de aquellas primitivas conquistas, hoy han sido desplazados por nuevos mitos, por nuevas verdades cimentadas en la tecnología, la máquina y el consumo. Ha llegado el tiempo de la reconquista, del intento de hacer a aquella vieja América "great again" ¿Alguna coincidencia con la realidad? Si bien ambas series comenzaron a producirse antes de las elecciones presidenciales, las consignas que recorrieron la campaña cual mantra guerrero han dado pie para más de una suspicacia.

El regreso de Twin Peaks y la nueva temporada de American Horror Story: Cult coronan la creciente reflexión que recorre el presente de la televisión estadounidense. Twin Peaks ya era en su origen una superficie horadada, un puerta abierta a habitaciones rojas y villanos maléficos que aguardaban bajo la apariencia de un pueblito de ensueño. Ya el primer episodio de esta tercera temporada es un catálogo de lyncheadas: planos largos y ominosos, oscuridades prolongadas, misteriosos cubículos vacíos, personajes perplejos ante sucesos inexplicables. Pero junto a esos guiños del autor reaparece esa sensación de que todo puede acontecer, de que la frontera entre lo real y lo fantástico se ha difuminado, de que en ese pequeño pueblo, con sus diners y sus cascadas de agua cristalina, reaparece lo primitivo, ese clamor de fuerzas no domesticadas, esa noche verdadera, interminable.

Haber dado nueva existencia a ese miedo único e inolvidable ha sido el gran mérito del regreso de Lynch a la televisión, y el desafío de la nueva historia construida por Ryan Murphy en su ya icónica serie de antología. Es que la nueva American Horror Story trata sobre el miedo, sobre cómo lidiar con él y cómo resistir su contagio como el de un virus letal y venenoso. Si todo lo que en Lynch es delirio personal y locura general, en Murphy es más calculado y explícito -como una receta antes que una fábula-, ambas ficciones apuntan al mismo núcleo, a aquello que nos domina en tiempos adversos, que nos controla más allá de nuestra voluntad, que nos sumerge en la más opresiva de las profundidades. Con este panorama en ciernes, habrá que seguir atentos para ver hacia dónde nos guía su devenir, con la esperanza de que muchos de sus interrogantes puedan resolverse con solo esperar una nueva temporada.

Una era, un presidente, un género

George Bush (padre) - Twin Peaks

La serie de David Lynch captaba a la perfección la corriente subterránea y maligna que amenaza el idílico sueño americano en épocas de guerra.

Bill Clinton - The West Wing

Aaron Sorkin contaba la vida en una Casa Blanca demócrata capaz de cambiar el mundo a fuerza de trabajo, capacidad y buenas intenciones.

George Bush (hijo) - 24

Estrenada poco después de los atentados contra las Torres Gemelas, Jack Bauer replicaba una lucha contra el terrorismo sin mayores dilemas morales.

Barack Obama - Scandal

El romance interracial en el centro de este drama político supo capitalizar el optimismo del Estados Unidos "posracial" que se reveló como fantasía

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