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Piglia, en el espejo de su vida

Pablo Gianera

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LA NACION@gianera
Jueves 28 de septiembre de 2017

El círculo vuelve a cerrarse. Ya se había cerrado una vez, como vida. Y ahora se cierra de nuevo, como obra. Con la publicación en estos días del tercer volumen de Los diarios de Emilio Renzi. Un día en la vida (Anagrama), la literatura de Ricardo Piglia alcanza su consumación. Los tres tomos de diarios son su obra mayor. Esto no quiere decir que la obra quede hermética (nada se cierra). Ya sabían los alegoristas medievales que toda obra permanece abierta. Como sea, en el caso de Piglia está ahora todo a la vista, por lo menos todo aquello que él quiso que estuviera a la vista. Quien lleva un diario no sólo registra una vida: se observa además vivirla. Anota en una página: "Encuentro otra vez un viejo tema que quizá puede ser la base de una novela. Un hombre que se retira a leer sus diarios: los analiza y escribe sobre ellos". Los Diarios ponen en abismo esa novela que Piglia nunca escribió, o que escribió más bien bajo la forma que estamos leyendo ahora. Una entrada de 1981: "Cada vez tiene menos sentido escribir este diario, tal vez porque yo mismo tengo cada vez menos sentido." También: "El fracaso es la historia secreta de mi vida, eso es el diario que escribo desde hace veinticinco años".

Desde un punto de vista literario, el segundo tomo era el más apasionante. Este tercero es el más conmovedor para mí -tal vez porque él lo entregó a la editorial poco antes de morisi, también porque se solapa con la época en la que lo traté- y el más desesperado. El último tramo de esta vida, que Piglia le cedió igual que todo el diario a su personaje más famoso (Emilio Renzi), muestra las cartas hasta el final: están las dudas, las discusiones poéticas y la enfermedad, que no cedió a la vanidad del pesimismo: "He empezado a declinar inesperadamente. No hay que quejarse". La patología más persistente de Piglia fue la sintaxis: ésa sigue siendo su locura.

Están sobre todo los amigos, antes que nadie el compositor Gerardo Gandini, y los encuentros en el restaurante de Cerviño y Sinclair, donde servían fetuccini a la Gandini. Fue gracias a Gandini que conocí a Piglia, y Piglia y Gandini se reconocían entre ellos casi como almas gemelas. "Mi mejor amigo es Ricardo Piglia", dijo Gerardo. Ricardo le contesta en el Diario: "Comparada con la música, la literatura es un instrumento tosco. Siempre admiré a Gandini, pero cuando lo conocí resultó mejor de lo que yo me podía imaginar que era un músico. Trabaja con una inspiración constante y no se hace el artista. Una noche lo escuché tocar las piezas para piano de Schönberg en el Goethe y salir con la sonrisa y los chistes de siempre. Hace lo extraordinario como si fuera sencillo y convierte lo sencillo en extraordinario".

Una casualidad un poco mágica hizo que el mismo día en que leí esas líneas revisara unas postales conmemorativas que editó el Goethe-Institut por sus 50 años en la Argentina. Entre ellas, había una con una foto de Gandini al piano, en uno de los recitales en los que tocó, claro, la obra para piano de Schönberg: otra noche (¿la misma?) en que lo escuché yo.

Ya antes de enfermarse, Piglia dijo que estaba abierto a pensar "experiencias" en las que la forma del diario circulara de otras maneras. Gandini, con quien colaboró en la ópera La ciudad ausente, había escrito sus propios Diarios para piano a partir de la idea de los diarios de su amigo. Dije la idea de los diarios y no los diarios porque Gandini, que nunca había leído una página de las libretas de hule, descreía de su existencia. "Los diarios no existen", me dijo. "Son un invento de Ricardo". Aceptemos por un momento que la presunción de Gerardo es cierta. ¿Menoscaba la importancia de estos diarios? Por el contrario, la agiganta.

El último recuerdo que tengo de los dos juntos es en el Teatro Argentino de La Plata, en 2011: saludaban en un palco después de una función de La ciudad ausente, que había tenido una nueva puesta. Quisiera ahora convertir ese momento en un presente continuo.

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