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Deseo, ese motor del mundo

Francis Mallmann

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PARA LA NACION
Domingo 01 de octubre de 2017
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El relato narrativo de un día puede parecer trivial, pero nos muestra la diversidad de acciones y el uso que hacemos del tiempo y del sentir. Al final la unión de miles de jornadas forma la historia de una vida. Única, irreverente o sumisa, académica o aventurera.

En el siglo XVIII hubiera sido un chevalier servant, hoy soy un cocinero boulevardier.

Repentinamente todo se llenó de flores y cada tonalidad del día se pobló de una vasta extensión de brisas que provocaban cosquilleo. Ya no podía hurgar en el pasado, aquellos rasgos y surcos casi ajados parecían esfumarse de mi memoria. Las arrugas de mi frente y las marcas de la comisura de mis labios ya no estaban. Me serví un vaso de agua y lo bebí de un empino como la primera vez; claro, límpido y elemental.

Foto: Flor Sánchez Elia

Un gesto de esperanza en mis ojos y labios recién besados trazaron el curso del día y desde ese momento sólo esperé magníficamente. Anochecía, desde la ventana veía un campesino que con antiguo estilo y usanza cortaba pastizales con guadaña. Mi guitarra estaba apoyada contra la pared, la alfombra colmada de libros me recordaba una frase de la última página del Ulises de Joyce: “Si digo sí, quiero sí”.

Mientras cocino, junto en mi memoria los recuerdos que marcaron mi existencia desde la infancia remota. Me traen escenas de un sendero con muchos puentes; siempre al llegar y antes de cruzar pensaba brevemente recurriendo a mi intuición. Acerté y me equivoqué tantas veces fortaleciendo mis instintos como un gato sagaz y desconfiado que merodea largamente antes de ir. Porque al fin, más allá de cada compañía, cada amor, estamos solos. Somos únicos humanos que se apoyan en la vida, pero cuando aceptamos nuestra soledad comenzamos a vivir y podemos amar.

Tomé un marcador grueso y escribí en la pared sobre el dintel de la puerta: “Si digo sí, quiero sí”.

Ahora es de noche y separo dos docenas de yemas de gallinas colloncas, raza araucana de cáscara verde, celeste con yema muy naranja para un flan de dulce de leche, el molde acaramelado y brillante espera como yo su contenido.

Lo más atractivo de realizar tareas con las manos es aquella libertad de pensamiento que otorga el hacer, las reflexiones parecen transitar simultáneamente al paso de ellas sin sobreponerse, como si ambas potenciaran con franqueza el arte de discernir ideas, sueños, magias.

La extensión de los días que estuve frente a una hornalla o a un fuego forman parte de un deseo. El deseo es el motor del mundo. De sus ramas crecen la belleza y la brutalidad, traición, inspiración y tentación; pinceladas humanas.

Si junto en mi memoria las veces que levantó una copa, las tardes, madrugadas y mañanas en las que caminé por París, la sucesión de veces que tomé las manos de mis hijos, llego a la pequeña esencia que me reúne en lo que soy.

Salteo una habas con manteca desde crudas, me llevan osadamente a esta primavera que me llama muy despierto, moderado o iracundo, me arrebata somnolencia mientras bebo un Negroni con una colosal piedra de hielo.

Otra vez esta noche llegaré a la cama sólo con mi camisón largo, mis ojos cansados de mitigar inspiraciones, carnes y palabras. Contigo, mi amor, abordamos una intimidad como nunca otros; está escrito en nuestros párpados cuando dormimos, en las nubes ajadas de vientos y cielos, lo saben las mariposas celestes y los murmullos del agua de tinas, bañaderas y lagunas.

Y así, con este relato dispar, camino por las cornisas de mi memoria, que redunda una y otra vez en derrames de abrazos y besos. Qué busqué en estas décadas verdaderamente no lo sé, pero ésa es la más grande labor, luchar incansablemente entre magnos puentes caídos y heroicas batallas.

Todo me lleva a un reino de hermoso silencio.

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