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La guerra de las rodillas

Sergio Berensztein

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PARA LA NACION
Viernes 29 de septiembre de 2017 • 11:58
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Con su casco color oro en la mano, su mirada perdida en el horizonte, plenamente consciente del desafío que estaba protagonizando, Colin Kaepernick fue el pionero. En un partido disputado a fines del año pasado de los San Francisco 49ers, el famoso equipo de fútbol americano en el que brillara el legendario Joe Montana, hincó su rodilla en tierra durante la tradicional ceremonia inaugural de cualquier espectáculo deportivo en ese país, cuando se escuchan con solemnidad las estrofas de The Star-Spangled Banner (La bandera tachonada de estrellas), el himno norteamericano. "No me voy a poner de pie para mostrar orgullo por una bandera de un país que oprime a la gente negra y a la gente de color", declaró al final de ese encuentro. Había llevado a su equipo en el 2012, con apenas 24 años, a la final del torneo, el famoso Superbowl. Su futuro lucía muy prometedor. Ahora, ninguno de los 32 equipos que integran la Liga Nacional de Fútbol (NFL) se anima a contratarlo.

En su momento pareció un gesto aislado, pero resultó ser la semilla de un singular movimiento de protesta que se difundió por todo los Estados Unidos. Incluyó a las principales ligas profesionales (la NFL, la NBA y también la MLB que regula el campeonato de béisbol, tal vez el deporte más popular), profundizó una guerra cultural que lleva décadas y de la que Donald Trump es tal vez su máxima y más preocupante expresión, y está trascendiendo las fronteras para sorprender a la opinión pública global. El gesto de protesta es siempre el mismo: atletas apoyando una rodilla en el piso durante la entonación de la canción patria previa a los partidos para protestar contra la violencia racial. Algunos lo hacen ahora justo al final, cuando la letra clama "O'er the land of the free, and the home of the braves" (sobre la tierra del libre y el hogar del valiente).

La visibilidad que alcanzó este tema pone de manifiesto que muchas veces el ámbito del deporte permite expresar tensiones o dar estado público a conflictos latentes o cuestiones relevantes para la agenda de una sociedad que no se canalizan como corresponde mediante procedimientos más institucionalizados. En la Argentina, donde el presidente se proyectó a la arena política precisamente desde su rol como líder deportivo, la relación entre política y pelotas ha sido históricamente muy estrecha, multifacética y sumamente intrincada. Recientemente, el kirchnerismo utilizó Fútbol para Todos como lo que Althusser denominaba un aparato ideológico del Estado, una herramienta comunicacional para transmitir sus mensajes a un público televisivo cuasi cautivo, aprovechando la cuasi religiosa pasión de los argentinos por el juego que mejor jugamos y que más nos gusta. Hace pocos días, Maradona por un lado y el plantel de San Lorenzo, por el otro, buscaron dar visibilidad al caso de Santiago Maldonado. El Mundial '78 constituye, tal vez, el cenit de esta peculiar relación entre deporte y política. Pocos tal vez recordarán la decisión del primer capitán de ese equipo, el gran lateral izquierdo Jorge Carrascosa, que prefirió auto excluirse de esa selección por "motivos personales" (sus diferencias con la dictadura). En esa época cristalizó esa vergonzosa frase: "los argentinos somos derechos y humanos".

En nuestro país, por lo general, el deporte (sobre todo el fútbol) constituye una plataforma para que las élites maximicen su influencia en la sociedad, amplíen el alcance de sus mensajes, ensanchen su nivel de conocimiento, penetren en los sectores populares. A diferencia de esta guerra de las rodillas, en nuestro medio el deporte parece servir más para "bajar línea" que para exponer los reclamos espontáneos de la sociedad, sobre todo de los grupos más vulnerables. Otro hecho notable es que la grieta que abarca prácticamente todos los ámbitos de la vida nacional y nos fragmenta como sociedad parece diluirse en el mundo del fútbol. Los hinchas de un equipo determinado no se dividen entre K y anti-K. Aparece modificada la histórica trilogía del peronismo: primero el fútbol, luego la patria, el movimiento y finalmente los hombres.

Para los norteamericanos, la protesta individual parece en principio más relevante que el deporte, la patria o algún partido o movimiento político. Pero esta guerra de las rodillas plantea un renovado debate: ¿Qué debe predominar? ¿El respeto a los símbolos patrios, como la bandera y el himno, o el derecho constitucional a protestar, sobre todo cuando lo que está en juego es la defensa de los derechos humanos en una sociedad aún lastimada por la violencia racial? ¿Pueden ignorarse acaso los rebrotes discriminatorios contra los negros, el islam, los latinos y hasta la propia comunidad judía?

Donald Trump reaccionó, como era de esperar, con ira y pasión. Pidió a los dueños de todos los clubes que despidan a todos los que se adhieran a esta forma de protesta. Pero estos magnates, que saben que buena parte de su éxito se debe a sus deportistas negros, mulatos, latinos, etc., descartaron la "sugerencia" presidencial: los fanáticos de sus equipos y las audiencias televisivas constituyen demografías multiculturales. Billetera mata ideología. Y la presión comenzó a crecer: del lado de los deportistas se sumaron grandes pesos pesados y hasta estrellas icónicas, desde LeBron James hasta el mítico Michael Jordan (que siempre se cuidó de opinar de temas políticamente polémicos). Los más interesante es que los auspiciantes también privilegiaron tantos los valores del pluralismo como su negocio. Por ejemplo, la empresa Nike se acaba de manifestar a favor del derecho de protesta.

No es la primera gran pelea que encara Trump contra personajes famosos: presentadores de televisión, personalidades del espectáculo y periodistas suelen ser víctimas habituales de sus bullying, excesos de verborragia o de sus tuiteos impulsivos de madrugada (¡y para colmo ahora tendrá el doble de caracteres!). Llegó a presidente a pesar, o tal vez gracias, a esas polémicas disputas. En este caso, puede estar yendo demasiado lejos: está polarizando una pelea contra un ejército de deportistas populares, tan o más ricos que él y en muchos casos con historias personales de sacrificio y compromiso con sus comunidades. Líderes modelo que asumen la paradoja de ponerse de rodillas para poder seguir de pie.

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