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Recorrido de fin de semana: la larga noche de las birrerías

Un cronista se sube al circuito de bares en auge para explorar los matices (y la sociabilidad) que ofrecen las cervezas artesanales

Sábado 30 de septiembre de 2017
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PARA LA NACION
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No me gusta la cerveza. Eso pensé la primera vez que la probé. No recuerdo bien cuántos años tenía, pero sí que estaba en una fiesta con mis compañeros del secundario. Había algo en su sabor amargo que me provocaba rechazo. Pero igual seguí tomando hasta que terminé el vaso. Con cada trago la bebida se volvía más amigable. Incluso empecé a disfrutarla. A partir de ahí, se convirtió en mi bebida preferida.

Son las nueve de la noche de un sábado de septiembre cuando camino por Palermo. Llueve y salí sin paraguas. Mientras recorro las calles del barrio buscando refugio en los techos de los balcones, cuento las cervecerías por las que paso. Una, dos, tres? Diez. Caminé cinco cuadras y pasé por diez cervecerías. Son como las canas en mi cabeza. Cada vez que prestó atención descubro una nueva. Este boom de la cerveza artesanal, que se trasladó a Buenos Aires hace unos años con la llegada de algunas franquicias desde la Patagonia y Mar del Plata, motivó a tres amigos a crear su propio circuito de bares, la noche de las birrerías. Me encuentro con ellos en Bierhof, el primer bar de mi recorrido. "Existía la noche de los museos, de las disquerías y de las librerías, ¿por qué no se podía hacer la noche de las birrerías?", me dice Facundo Soler, periodista y uno de sus creadores. Facundo le acercó su idea a su primo, Emiliano Cortés, y a otro periodista, Pablo Mileo. "Hicimos la primera edición en abril, con cuatro cervecerías. Esperábamos que vengan sesenta personas y vinieron cuatrocientos cincuenta", dice Emiliano. En junio realizaron la segunda edición con diez cervecerías -en Facebook cinco mil personas dijeron que asistirían- y esta noche están haciendo la tercera, con 21 bares.

La leve lluvia se convierte en diluvio, comienza a refusilar y los cuatro nos amontonamos en la parte techada del bar. Un grupo de amigos abren sus paraguas y siguen tomando cerveza bajo el agua como si nada pasara. "Todo evento con mística requiere que haya un sacrificio en el que la gente diga «yo me la banqué»", dice Pablo entre risas. "Imaginate cuando digan «yo estuve en esa edición de la noche de las birrerías que se caía el cielo»", dice Facundo.

Me acerco a la barra y miro el pizarrón en donde se encuentran los nombres de las cervezas que se pueden comprar. A la hora de elegir hay tres cosas fundamentales a tener en cuenta. El primero es el IBU -International Bitterness Unit-, que es la unidad que indica el nivel de amargor. Cuanto más alto sea el IBU, más amarga es la cerveza. El segundo es el porcentaje de alcohol. Tanto el IBU como el porcentaje del alcohol suelen aparecer al lado del nombre de cada una de las cervezas disponibles. El tercero es la cantidad que queremos tomar. Uno puede elegir entre una pinta -un vaso de 560 centímetros cúbicos- o media pinta -de 280-. Pido una pinta de Amber Lager, una cerveza roja, color ámbar. Tiene un sabor ahumado. Me gusta. Al lado mío una pareja se saca una selfie y la comparte en Instagram.

Desde la barra observo cómo la gente que entra cambia tickets por cerveza. Casi nadie paga en efectivo. Esos tickets, que se vendieron a través de un sistema web, se pueden cambiar por pintas en los 21 bares que forman parte de la noche de las birrerías. Al comprar por adelantado, uno pagaba la pinta a mitad de precio -$ 50- y daba la ventaja de poder retirarla sin hacer fila. En ocho días se vendieron 4300.

Encaro para la salida con el próximo bar en mi cabeza, cuando escucho a un grupo de chicas cantando el feliz cumpleaños. Me acerco y nos ponemos a hablar. "Hoy cumplo 32 y me parecía una buena alternativa festejarlo recorriendo bares", me dice Carolina, que es abogada y se enteró del evento por Facebook. "Somos de tomar mucha cerveza artesanal y salimos a birrerías", agrega Paula, otra de las ocho chicas que la acompañan. Después de un rato de charla, me sumo a ellas, y nos vamos para Casa Malta. Ya no llueve.

Ahí me pido una Belgian Blonde, una cerveza rubia y fresca. Tamara y Valeria, dos de las chicas del grupo, la prueban. Valeria pide la misma. Tamara pregunta cómo es la Imperial Ipa y nos dan de probar a todos. Tiene un aroma y un sabor frutal, pero deja un gusto amargo en el paladar. Los bares que venden cerveza artesanal son como heladerías. Uno puede degustar una muestra de cerveza antes de pedirla. Vamos con el resto de las chicas que están sentadas en una mesa esperando que traigan su pedido. En las cervecerías la carta suele incluir hamburguesas caseras, ribs de cerdo, papas o batatas rústicas y nachos, entre otras cosas. Es importante tener una buena base de comida si uno piensa tomar un par de pintas y quiere recordarlo.

No pasó ni una hora desde que me encontré con las chicas, y ya hablamos como si nos conociéramos desde hace meses. Eso tiene la cerveza. Te invita a compartir. Como el mate y el fútbol, tomar cerveza es pertenecer. Pienso en lo que significa en mi vida: amigos y la esquina de casa, el after después de los partidos de los domingos, la playa, la excusa perfecta para invitar a salir a alguien: "Hay un bar nuevo que está genial, ¿vamos por una birra?". Qué mejor forma de relacionarse que con una cerveza de por medio. Por eso en vez de "amor a primera vista", algunos dicen "amor a primera birra".

Antes de seguir con el recorrido, visitamos la fábrica de Casa Malta para ver cómo se hace la cerveza. Es una habitación al costado de la entrada principal del bar, en donde hay varios tanques plateados que pueden contener hasta 450 litros. Los cerveceros mezclan malta molida y agua a una temperatura determinada para crear un mosto, una especie de sopa. Después, en esos tanques, a la mezcla se le agrega levadura y así se empieza a generar el alcohol. Ahí queda estacionada, mientras que con un tablero digital se controla su temperatura, fermentación y maduración, según el estilo de cerveza que uno quiera.

Salgo de la habitación y voy por otra pinta ¿De qué otra forma puede terminar un tour por una fábrica de cerveza? En la barra pido una Imperial Ipa. Me había quedado con ganas de más cuando la probé. Termino mi vaso rápido, busco a las chicas y salimos. Afuera llueve otra vez. Por suerte ellas tienen paraguas.

Llegamos a Prata, un bar que abrió hace dos meses y que se caracteriza por su música. En general las cervecerías pasan rock, funk, o blues. Pero acá suena reggaetón y cumbia. Música de "cachengue" para bailar. Busco el baño y en el medio me intercepta una chica. "Eu, con esa cara no", me dice. "Bailá conmigo". Le digo que está todo bien y que mi cara es porque necesito ir al baño y no lo encuentro. Se ríe y me dice que está en el piso de arriba. Le agradezco y subo.

Cuando bajo, me quedo en la barra unos minutos leyendo los nombres de las cervezas. Una me llama la atención, Nitro Porter. La pido. Es una cerveza negra. El encargado de la barra me explica que usan nitrógeno en vez de oxígeno para hacerla, lo que la vuelve más cremosa. La pruebo. Tiene razón, es cremosa y espesa. Le doy otro trago y me digo que es la última de la noche. Pero ni yo me lo creo. Agarro mi vaso y me voy a bailar. Recién son las tres de la mañana.

Y se viene la cuarta edición

"El espíritu de LNDLB consiste en conocer lugares distintos y probar diferentes variedades de cerveza", dicen los organizadores de este evento cuya próxima edición se celebrará en el mes de diciembre.

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