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Ser para ellos una brújula en el camino

Sábado 30 de septiembre de 2017
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PARA LA NACION
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Antes de poder actuar de acuerdo a los dictados de nuestra conciencia moral tenemos que tenerla. Se trata de algo que vamos adquiriendo en la infancia a través de sucesivas internalizaciones de los mensajes de nuestros padres, quienes funcionan durante muchos años como una brújula para nosotros: no te aproveches de uno más chiquito, no se cancela un programa porque surgió otro más divertido, no se roba, no se hace trampa, seamos veraces y confiables, tratemos al otro como nos gustaría que nos traten, etcétera.

Los temas son muchos y muy variados y tenemos unos cuantos años para ir ayudando a nuestros niños, incluso a nuestros adolescentes, a enriquecerse en los múltiples temas de la vida diaria.

Las neurociencias hoy nos explican que lleva mucho tiempo aprender a tomar buenas decisiones, incluso más allá de la adolescencia. Por eso nuestros chicos necesitan una orientación; el ideal sería que todos los adultos que los rodeamos marcáramos la misma, tuviéramos la misma brújula. Ocurre que cuando no la encuentran en sus padres se desorientan e inmediatamente buscan otra, porque no pueden vivir sin ella. En ese hueco -que sin darnos cuenta podríamos dejar- entran a veces otros chicos (tan desorientados como ellos, pero convencidos de que saben a dónde van) y otros adultos cercanos: un entrenador deportivo, un docente, un tío o un abuelo, un catequista, un "amigo" de Facebook. Nosotros mismos habilitamos a esas personas a orientar a nuestros hijos cuando los dejamos a su merced al distraernos de nuestra tarea de seguir siendo brújula para ellos.

El problema es que los chicos no tienen criterio suficiente para evaluar la información que les ofrecen esas otras personas porque les falta discernimiento, pensamiento crítico, capacidad para evaluar sus fuentes de información... Lleva tiempo y madurez adquirir estas capacidades.

Un niño no siempre tiene la claridad mental suficiente para saber que no tiene que aliarse con sus amigos para molestar a otro compañero, por poner un ejemplo: puede tomar malas decisiones porque teme quedar afuera del grupo si no lo hace, o quizás ser visto como cobarde por ellos. Un adolescente tampoco tiene todas las veces los conocimientos ni el criterio suficiente para saber si lo que alguien le propone es bueno para él.

Algunos lineamientos se van internalizando a medida que crecen y pueden resolver ciertas cuestiones sin orientación externa. Pero si, cuando se pierden o cuando dudan, no tienen brújulas claras a quienes consultar, referentes a quienes acudir, escuchan al que anda por ahí, aceptan e incorporan sin cuestionarse. Incluso refuerzan entre ellos sus argumentos en un efecto "contagio", y no pueden escuchar a aquellos otros, pocos, que tienen algo de criterio propio o adquirido de un adulto cercano, y que se animan a no estar de acuerdo, a declarar "el emperador está en calzoncillos" como hace el niño del cuento El traje nuevo del emperador, el único que puede salirse del embrujo colectivo.

En este sentido, es muy importante que los padres, base segura y figura de apego principal para nuestros hijos, permanezcamos como brújula. Miguel Espeche llama "faro" a esa función parental, otra excelente imagen para representar el concepto. Marcar el rumbo, orientar, señalar los escollos y las piedras, poner límites adecuados, permanecer en vigilia, despiertos, atentos, interesados (distinto a vigilancia), los padres seguimos cumpliendo la tarea que empezamos cuando nuestros bebes tenían seis meses y nos miraban para saber si un objeto era peligroso, o si la persona que llegaba era digna de confianza para mamá. No podemos renunciar a ese papel hasta que nuestra tarea esté terminada y ellos puedan sostenerse a sí mismos, convertirse en sus propias brújulas, o tener criterio suficiente como para saber a quién escuchar, a quién preguntar, qué camino elegir para cada tema que los preocupe.

La autora es psicóloga y psicoterapeuta

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