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Las mafias nuestras de cada día

Héctor M. Guyot

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LA NACION
Sábado 30 de septiembre de 2017
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Estaba ante nuestros ojos, a la luz del día, y la vida seguía como si nada. Él hacía lo suyo y todos callaban. Por indiferencia, por miedo, por complicidad. Las alternativas de la detención de Juan Pablo "el Pata" Medina, un reality que se prolongó durante todo el martes, mostró hasta qué punto el comportamiento mafioso y la impunidad se han convertido aquí en parte del paisaje, en una fatalidad con la que, con mayor o menor grado de resignación, convivimos desde hace décadas. ¿Cuántos Medina hay en el país? ¿Cuántos, como él, han usurpado cargos en forma vitalicia para enriquecerse junto a sus familias y amigos gracias al manejo oscuro de cajas pródigas y de extorsiones, coimas y delitos varios? La pregunta no es ociosa, porque la suma de todos los Medina y de todas las agachadas ha consolidado el sistema que convirtió a la Argentina en un país inviable.

La bravuconada del líder sindical de la Uocra platense ante la inminencia de su arresto parece escrita por un guionista de cuño shakespeariano: "Si quieren a «el Pata» preso, vengan. Les vamos a prender fuego a la provincia". El uso de la tercera persona revela su megalomanía. El hombre no cabe en sí mismo y se mira desde arriba, como si fuera una figura para el bronce. Tal vez lo era en su feudo. En el desafío del "vengan" se reflejan los métodos patoteros y violentos con los que estos personajes se han hecho fuertes. Por último, la amenaza de prender fuego a la provincia pone en claro sus prioridades. Primero él y segundo, también. Todo lo que viene después tributa a su grandeza, incluida la provincia. Habría que informarle que ya la incendió a fuego lento, junto a todos los que, como él, les roban a los trabajadores y los pobres que dicen defender.

Fueron tantos los años de abuso e impunidad que los sindicalistas como Medina se creen intocables. Se saben parte de un sistema aceitado en el que también medran y transan funcionarios, políticos, empresarios y jueces. Son el fruto rancio de un corporativismo fraguado al calor del fascismo europeo, que contó en su momento con la bendición de una Iglesia que, preocupada por su rebaño, miró con buenos ojos los caudillismos paternalistas y la idea de una sociedad organizada. Media década más tarde queda a la vista el orden conseguido. Arriba, una casta oligárquica beneficiada por el control de un sistema corrupto. Abajo, los corderos que con su esfuerzo y sus impuestos hacen el gasto para sostener las quintas, las Hilux, los viajes a Miami y las cuentas en el exterior de los privilegiados. Al margen, excluido, queda el 30% del país al que ese corporativismo nacido a mediados del siglo pasado iba a sacar de la postergación y la pobreza. Lo hizo en parte en sus primeros tiempos, pero entró pronto en una pendiente de degradación hasta llegar a este presente de rasgos patéticos. El caso Medina es sólo un ejemplo.

El sistema se incubó y se consolidó sobre todo a través del peronismo, al que casi le aseguró la hegemonía en el poder, pero hoy lo trasciende. En medio de la actual dispersión del PJ en el llano, su prioridad es sobrevivir. Tal como lo describió Carlos Pagni esta semana, ya son muchos los sindicalistas vitalicios que arriman el bochín a un Macri fortalecido por el resultado de las PASO y una economía que empieza a mostrar signos vitales. Así las cosas, no parece descabellado imaginar a un presidente que enfrenta una disyuntiva crucial: ¿avanza sobre las mafias para sanear el país o aprovecha esos entramados de poder oscuro en su propio beneficio? La respuesta a esa hipotética encrucijada quizá dependa de la forma en que Macri interprete el mandato del voto que lo depositó en el gobierno. A fin de cuentas, es el presidente quien decide a quién representa.

El Gobierno parece haber optado por la primera de las alternativas y, en la medida en que se hace más fuerte, avanza. Hace bien. Porque lo que podría beneficiarlo en el corto plazo lo llevaría a la ruina más pronto que tarde, junto con el país entero. Los datos resultan elocuentes: según un informe del municipio, "el Pata" Medina impidió en los últimos cuatro años la construcción de más de 600 edificios en la ciudad de La Plata, lo que supone resignar más de 31.000 millones de pesos por año y una pérdida de 18.600 puestos de trabajo, y todo porque los empresarios se negaban a darle su tajada. Defender a los trabajadores de sindicalistas así tendría un efecto multiplicador en la economía. Sucedió en la actividad portuaria tras la detención de "el Caballo" Suárez. Bienvenidas las inversiones. Pero no nos engañemos: la verdadera reactivación del país, en todos los órdenes, está en desarticular las mafias enquistadas a lo largo y ancho del territorio.

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