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En la cuna del secesionismo esperan concretar un viejo sueño

El referéndum tiene un respaldo total en el corazón de la región; en medio de la euforia, defienden su derecho a votar y critican a Rajoy

Sábado 30 de septiembre de 2017
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LA NACION
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SANT PERE DE TORELLO. Tierra adentro, a una hora de Barcelona, este pueblo encantado se jacta de ser la cuna del independentismo catalán. "Aquí, en ese asunto, le costará encontrar a uno que piense distinto", previene uno de los primeros vecinos que se cruzan con LA NACION frente a la sede de la alcaldía.

Las huellas están a la vista: no hay una esquina sin "estelada", tal como se conoce a la bandera catalana, y se puede apostar seguro que no se encontrará una española. Nada que recuerde "a los de allá", que es la forma más común de referirse a Madrid.

El acto de cierre de los secesionistas, en Montjuic
El acto de cierre de los secesionistas, en Montjuic. Foto: AFP / Lluis Gene

Con poco más de 2500 habitantes, enclavado en un entorno de masías perdidas entre montañas que presagian el Pirineo y de puentes romanos sobre el río inquieto, el bucólico pueblo de Sant Pere de Torello -el primero en declararse "territorio catalán libre", en 2012- defiende su identidad sin nerviosismos.

No tiene necesidad de ello: la oposición no existe. De los 11 concejales, no hay uno solo de otro partido que no milite en las filas del independentismo radical de Cataluña. Semejante unanimidad de criterios hizo de su popular alcalde, Jordi Fábrega, un manual viviente del secesionismo activo. Hace años que ocupa el puesto y la gente lo adora. "El día que no esté Jordi no sé qué haremos", dice Carles Baños, uno de los vecinos del lugar.

No hacía mucha falta. Pero el vecino saluda que "el Jordi" se haya anticipado con un bando en el que "prohibió" que se precinten escuelas o dependencias públicas del lugar, como fue la orden emitida por la Fiscalía Nacional. Nadie, de todos modos, imagina a la Guardia Civil entrando aquí para una misión semejante. Hace rato que se sabe que un paso de ese tipo sería como encender la chispa de un incendio que vaya alguien a saber dónde termina.

El dato tiene sus antecedentes. Ya hace siete años que, alentados por Jordi, los concejales aprobaron la declaración que convirtió al municipio "moralmente excluido de la Constitución española".

Al igual que muchos otros pueblos de la llamada región de Osona y muchos de ellos en la misma ruta, Sant Pere es un laboratorio político. Un espacio donde el "catalanismo profundo" parece latir y empujar para imponerse sobre las ciudades más cosmopolitas de la región, con Barcelona a la cabeza.

"En las ciudades es más fácil encontrar gente que se oponga al independentismo. Pero en los pueblos de esta zona estamos todos cansados de que los de Madrid se queden con nuestro dinero", explica Marta Vives, en la vecina y más populosa Vic.

En la misma línea de Sant Pere, en Vic es difícil encontrar un monumento público que no tenga pegado un cartel que invite a participar en el referéndum. Sobre lo que ocurre a estas horas, Carme Juniper, 35 años y en busca de "un trabajo estable", dice. "No quieren que votemos porque tienen miedo. Pero los argumentos jurídicos no pueden torcer la voluntad de la gente", sostiene.

Sus amigas llegan y se suman a la conversación. La conclusión es que los catalanes "son diferentes" y que, desde el gobierno central, se los trata injustamente. Una de las voces matiza. "No es con la gente de Madrid, es con el gobierno. La gente de Mariano Rajoy quiere dividirnos. El problema es con el gobierno, no con los madrileños." En medio de la euforia, el intento de no salirse de tono desemboca, sin embargo, en la necesidad de ruptura.

"Es algo que hace años se viene reclamando y toca a esta generación llevarlo a cabo", concluye el corrillo. El camino, desde su perspectiva, parece fácil. La agenda es "avanzar" hacia la independencia. Un objetivo que se perfila como una panacea.

Pero, ¿qué pasará con la Unión Europea? Si Cataluña se independiza, no puede seguir en el bloque. ¿Qué harían en ese caso?, pregunta LA NACION. La cuestión no parece estar hoy en agenda ni en el centro de preocupaciones. "Una cosa es querer la independencia. Otra, salir de Europa. Nadie quiere dejar Europa. Al final, la gente, hablando, se entiende", sostiene Marta, que va a la manifestación cerca de la escuela Salarich. "Tenemos que proteger los centros de votación", dice. Va con sus amigas y lleva lo que considera lo más importante: una bandera catalana.

Los carteles llaman a la "hora patriótica". El "1° de octubre", mañana, es señalado en los almanaques de los bares que rodean la plaza central como una fiesta de guardar. Uno a uno, se le han ido tachando los días previos como los escalones de un camino en su tramo final. El principio de algo que no tiene forma clara, pero que, desde esta geografía profunda, al menos, tiene embriagante sabor de gloria.

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