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Un escenario ausente de autoridad

Miguel Espeche

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PARA LA NACION
Sábado 30 de septiembre de 2017

Los chicos se desbocan. Por eso, son chicos. Están "diseñados" para tener por techo y límite a la generación que los precede. Sin ese "techo" y ese perímetro contenedor y acompañante ejercido por los adultos, se atolondran, y llegan a estar envueltos en situaciones graves, que no saben manejar. Esos casos transparentan aquella verdad que dice que la inteligencia no es sinónimo de madurez integral, y que la diferencia entre las generaciones (y el respeto de las funciones que competen a cada una de ellas) es esencial, sobre todo, cuando las cosas "se salen de madre".

Esto siempre fue así y explica los hechos que recurrentemente han ocurrido en las distintas tomas de colegios como la del Nacional de Buenos Aires. Años atrás fue la destrucción en la iglesia San Ignacio de Loyola, contigua al instituto educativo. Y en estos días fue el manejo del caso del supuesto abuso cometido contra una chiquita de 14 años, ocurrido dentro de un colegio gobernado por? nadie. Y presuntamente cometido por un compañero mayor, al que, según los propios chicos, pareciera amparar una legislación diferente a la del resto de la sociedad. Ambos problemas les quedaron grandes a los chicos, que no supieron qué hacer con la situación.

La sensación de vértigo, desolación y angustia por estar en la "cima" antes de tiempo genera diversos sistemas de defensa psicológica, como la soberbia, la ideologización dogmática y, por último, la acción impulsiva como la de ambos hechos policiales. Esta última podría leerse como un pedido (por supuesto, no admitido) de presencia de aquellos adultos ausentes, que les "tiraron por la cabeza" a los chicos una potestad que les queda grande.

Se aprovecha de los chicos al privarlos de herramientas simbólicas adecuadas para hacer frente a las injusticias, sin pasar en automático a las medidas físicas y beligerantes que los ubican como "infantería" de los diversos intereses de turno. Todos los ejércitos en guerra despedían a sus soldaditos con flores y besos, para luego recibirlos, llenos de mutilaciones, con silencio vergonzante.

El poder no es perverso por ser poder, aunque sí puede serlo su ejercicio. Pensar que toda ley es autoritaria, que el poder (aun el legítimo) es maléfico y que la única salida es la lucha empobrece la visión del mundo hasta puntos angustiosos, sobre todo, para los chicos que van arrimando a la adultez. Por eso, entender que los chicos tienen que ser chicos y los grandes apelar sin miedo a la autoridad que les compete permite evitar que se "desmadren" quienes hoy están en el camino a ser adultos, pero no lo son aún.

El autor es psicólogo especialista en vínculos

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