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La virtuosa habilidad de transformarse en múltiples criaturas

Actualmente en dos obras al mismo tiempo, Lorena Vega es una de las actrices más notorias de la escena oficial y alternativa, tal vez la más requerida por directores reconocidos

Domingo 01 de octubre de 2017
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PARA LA NACION
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"Siempre me llamaron la atención los actores que mutan", afirma Vega
"Siempre me llamaron la atención los actores que mutan", afirma Vega. Foto: LA NACION / Daniel Jayo

Varias obras bien distintas y muy exigentes a través de 2017; el protagónico del primer largo dirigido por su marido, Gonzalo Zapico, El bosque de los perros (en proceso de edición); dictado de clases de teatro y -algo de la mayor importancia en su vida- la crianza de un hermoso niño de 4 años, Dante. Ciertamente, a Lorena Vega se le podría aplicar aquello que dijera Patrice Chéreau de Isabelle Huppert: "Una formidable máquina de actuar". Salvo que, en esta etapa de apogeo, Vega es muy capaz de hacer paralelamente varios trabajos sin que se le caigan los anillos, mudando radicalmente de personaje, de registro, de director, siempre con infalible destreza. Todas esas cualidades la convierten en una de las intérpretes más requeridas por la escena porteña.

Docente de larga trayectoria que ha incursionado en la dirección teatral y en la dramaturgia, en estas horas, con su vibrante interpretación de la mujer de Rosas en el unipersonal Yo, Encarnación Ezcurra, Vega está agotando entradas con anticipación, y seguirá en 2018. Recién salida de la piel de la magnífica Anna Petrovna que hizo en Parias -la versión de Platónov que se ofreció en el San Martín-, y culminando las funciones de Teatro x la Identidad -donde dirigió Rosaura y protagonizó Idéntico, con la conducción de Mauricio Kartun-, Lorena sigue ensayando Todo tendría sentido si no existiera la muerte, de Mariano Tenconi Blanco, que se estrenará esta semana en el marco del FIBA. Como si tan intensiva actividad no fuera más que suficiente, la actriz formada con maestros del relieve de Nora Moseinco, Ciro Zorzoli, Paco Giménez, Cristina Moreira, Kartun, se apresta a estar hacia fin de año en Prueba 6, La Rima, de Matías Feldman, en cuya compañía participa.

-¿Descubriste una faceta importante de tu identidad en el oficio de actuar?

-Sin duda, esta profesión me configuró como sujeto por la forma en que empecé a pensar la existencia, la condición humana a través del arte. En cuanto a la actividad docente creo que, en parte, dar clases de teatro -cosa que he hecho en varias instituciones- es una tarea social, por la transformación que puede significar en mí y en los otros. Comencé a los 21, siendo asistente de Nora Moseinco, quien me marcó en la manera de enseñar y en propuestas de cosas que nos sirven a los actores. Nos llevábamos bien, nos divertíamos, el trabajo era valorado y autogestado. Cuando ella se iba de viaje, la reemplazaba; hasta que un día me dijo: "Vos estás para dar clase". Y fui avanzando hasta que me largué sola, siguiendo el consejo de Nora: "Tenés que hacer tu propio camino, contás con la fuerza necesaria".

-¿Diste clases en paralelo a tus actuaciones en teatro?

-Sí, siempre. Mi primera obra fue Anteboda, que dirigió Nora: una experiencia tan fuerte y tan precisa, determinante para mí como actriz. En su estudio hice onda con Juan Pablo Garabante y con Valeria Lois. Él nos invitó a las dos a armar algo juntos, empezamos a ensayar y vimos que había que sumar a un niño. Era la época de Magazin for Fai, se me ocurrió sugerir a Martín Piroyansky, lo convocamos y Capítulo XV fue su primera obra de teatro. Un disparate, un goce, un aprendizaje.

-Con el tiempo fueron llegando a tu vida directores enormes como Gustavo Tarrío, Alejandro Catalán, Matías Feldman, Kartun...

-Conocer a Kartun fue un punto de inflexión. Mirá lo que pasó primero: hice la audición para El niño argentino, con la letra aprendida pero sin una propuesta propia. Antes de que me respondiera, ya sabía yo que había desaprovechado esa oportunidad. Me quedé mal. Y cuando llegó la hora de Salomé de chacra, Mauricio me dijo: "Sos la primera pero no la única". Y yo en la prueba hice todo lo que se te pueda ocurrir: ensayé como dos meses, a la audición llevé objetos, vestuario. Ese día fui a la peluquería, me hice las manos, los pies... Pensaba: si no me llama, él sabrá por qué, pero yo voy a dar todo. Y lo hice. Al final de la jornada, Mauricio me pidió una semana. Pero a los dos días me llamó: "No quiero dilatar más, quiero que lo hagas". Alrededor de un año después, le mencioné que me había bochado anteriormente y se sorprendió: "¿Qué? Menos mal que no me acordé, si no, no te llamaba". Obvio que Salomé fue un antes y un después, una obra tan descollante en todos sus aspectos. Mauricio iba palabra por palabra, detalle por detalle. Desde el principio, sentí que comprendía bastante ese texto, me resonaba mucho.

-Es llamativa tu plasticidad para encarar roles y géneros muy dispares.

-Siempre me llamaron la atención los actores que se transforman, que mutan. En mis inicios, esa especie de metamorfosis que podía experimentar al actuar, me alejaba de un lugar bastante melancolizado. El juego teatral me hacía entrar en otro territorio, canalizar una cantidad de energía. Por otra parte, me atrae hacer más de una obra a la vez, profundizar en distintos autores con diversos directores. Lejos de ser un problema, la simultaneidad me potencia.

-Dos personajes titánicos entre los que hiciste este año fueron Anna Petrovna y la Encarnación Ezcurra, de Cristina Escofet, dirigida por Andrés Bazzalo.

-A la hora de asumir la responsabilidad de llevar adelante la línea de Anna en la fiesta, con Platónov, empecé a disfrutar más. Me decía: Oh, esto tiene aire. Porque en Encarnación puedo tener momentos donde respiro más, pero no hay descansos. Y sucedió que un trabajo iba retroalimentando al otro.

-Tu voz se escuchaba rica y poderosa en toda la sala Martín Coronado, y ahora prosigue sonando modulada y profunda en Yo, Encarnación...

-Hice entrenamiento de canto en tiempos de Nora Moseinco; también con Zorzoli, con Angelelli. En la época de Salomé estuve trabajando con Sonia Baylac, porque en esa obra era importante el uso de la voz, y empecé a quedarme disfónica. Sonia me ayudó a sanar y a quedar con mejor rendimiento vocal. Lo noté este año, con obras simultáneas y el rodaje de El bosque... Y cuando terminé de filmar, empecé a ensayar cuatro veces por semana, a la mañana, Todo tendría sentido si no existiera la muerte, de Mariano Tenconi, un director amoroso y paciente, aunque se nota que adentro tiene una bomba de tiempo. Es un melodrama con referencias a Puig, a Almodóvar.

Yo, Encarnación Ezcurra

Domingos, a las 17.

Teatro del Pueblo,Av. Roque Sáenz Peña 943

Todo tendría sentido...

Viernes y sábado, a las 20.

C.C. Rojas, Corrientes 2038. Gratis

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