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El negocio le está ganando a la esencia del fútbol

Diego Latorre

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LA NACION
Domingo 01 de octubre de 2017 • 18:36
Neymar, en foco
Neymar, en foco.

La incorporación de Neymar presupone un salto de calidad en PSG. Las figuras, sin embargo, deben estar dispuestas a cooperar con el equipo. Esto significa que el grupo -con individualidades muy marcadas, con un potencial futbolístico indudable-, debe ensamblar todas las personalidades, algo que requiere de un gran liderazgo por parte del entrenador. Hay que entender que lo más importante es el bien común y definir los objetivos.

La forma de conducción, en esos parámetros, exige un mayor control. Debe estar muy claro el orden jerárquico, así el jugador conoce cuáles son los límites. Para que un equipo de fútbol no se vuelva una anarquía, hay que empezar por los dirigentes, seguir por el director deportivo y terminar por el entrenador. No debe distorsionarse el sentido deportivo: cuando el futbolista percibe que el entrenador es débil, puede complicarse todo. Además, los jeques del PSG no son dirigentes convencionales: el fútbol se transformó en un gran negocio, manejado por millonarios que buscan solucionar conflictos con la prepotencia del dinero. En lugar de charlar y buscar una convivencia pacífica, encuentran otros caminos.

Neymar quedó en el centro del debate, en tiempos en los que la fama y el dinero nos obliga a centrarnos menos en el fútbol y mucho más en lo artificial, en los derivados del juego. El futbolista también se ha alejado de la profesión. Neymar siempre fue un jugador al que se le escapaba una sonrisa, que destilaba alegría. Y si él se empieza a contaminar y entra en este tipo de actitudes, el efecto en el mundo fútbol puede ser devastador.

Competir por un penal, simplemente por una estadística, sobre todo contra un compañero que hace varios años que está allí, que está consolidado, como Cavani, no suena bien. En cuanto a lo futbolístico, PSG está en condiciones de discutir el trono a los principales aspirantes de Europa. Las llegadas del brasileño y Mbappé generaron revuelo. De hecho, la victoria por 3 a 0 sobre Bayern Munich en la Champions League asustó, porque venía precedido de grandes partidos y grandes goleadas, pero el adversario fue de otro calibre. Esta situación debe ser manejada por un líder, que también debe estar nutrido de afecto, porque hay que saber administrar los egos. Ayer, en la goleada por 6 a 2 sobre Bordeaux, Neymar marcó de tiro libre, de penal y asistió a Cavani. Pareció una sociedad sin fisuras en el campo de juego.

Hay que tener reglas claras para la convivencia y, sobre todo, tener un entrenador que pueda sacarles a los jugadores el espíritu amateur, el que no está teñido con el dinero. Poner por delante los grandes logros, los desafíos que tiene cualquier deportista. Neymar llegó a París porque lo mueve el desafío de ser el mejor del mundo. Y necesita que el equipo lo considere como el mejor del mundo y por eso pretende engrosar las estadísticas, por eso quiere adueñarse de los pequeños detalles. El liderazgo no se impone, no se gana con estas actitudes. Sobre todo, hay que saber interpretar las jerarquías, para meterse en el corazón del plantel.

Qué papel juegan los egos

Siempre, a lo largo de la historia, los grandes jugadores tuvieron un ego muy grande. Una personalidad fuerte; algunos son más silenciosos, otros son más introvertidos. Esos jugadores llegan a determinados niveles luego de superar diversas pruebas. No sólo porque tienen cualidades sobresalientes, sino porque tienen una personalidad que los mantiene en la elite. Siempre hubo jugadores de este estilo, pero hoy hay una mayor repercusión. Hoy se sienten admirados como una influencia en la sociedad; ahí está la principal diferencia. El trabajo del futbolista y del entrenador es encontrar los mecanismos para crear un ambiente de armonía.

A la industria del fútbol, de algún modo, le conviene alejarse cada vez más de la esencia del juego. De pronto, lo más frívolo pasó a ser lo esencial y lo esencial, el fútbol, no encaja en el mundo del negocio. Tiene que estar contaminado de todo esto para convertirse en un producto vendible. El jugador, convertido en un producto, en un objeto, es potenciado por el dinero. Detrás de la vanidad, el futbolista nunca debe olvidarse quién es, y, en todo caso, el técnico debe recordárselo. Tiene que ser solidario, debe conservar pertenencia y compromiso. El negocio le está ganando a la esencia del futbolista.

El éxito no convalida todo. La obsesión por el éxito creó grandes monstruos. Y hay cosas que están bien o están mal, más allá del resultado.

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