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Cristina y Macri, el yin y el yang de la política

Domingo 01 de octubre de 2017
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Son dos movimientos disociados pero, paradójicamente, convergentes: en uno, Cristina Kirchner retoma su verdadera personalidad tras la impostada suavidad que representó durante la campaña para las PASO; en el otro, el Gobierno siembra transformaciones culturales y económicas paulatinas, pero profundas. Son el yin y el yang de la política argentina actual: se repelen, pero al mismo tiempo se necesitan, se complementan y hasta se otorgan mutua razón de ser.

La buena noticia es que la sociedad, en las elecciones del 22 de octubre, podrá dirimir en las urnas cuál de estos caminos quiere seguir y qué potencia desea darles, o no, a las calles laterales (Massa, Randazzo, la izquierda). Lo que determine la voluntad popular tendrá consecuencias trascendentales y duraderas.

Más allá de sus ideas de fondo, el kirchnerismo conforma con sus gestualidades y comportamientos revulsivos una epidermis áspera. Altera y distorsiona la convivencia política, fatiga a sus actores e impide las discusiones de buena fe que debe observar cualquier sistema institucional maduro. Fogonea la conflictividad social, y del caso Maldonado lo que más le interesa es que el Gobierno quede de la peor manera posible.

Altísima toxicidad que malversa constantemente datos elementales y que se expresa en eslóganes de barricada ("frenar", "así no se puede seguir", "hay que poner un límite") con el obvio deseo de complicar el orden constitucional, el mantenimiento del relato idílico de lo que fueron sus gestiones y apenas una microscópica autocrítica de haber usado "tonos" que no gustaron (a los que, por otra parte, ha vuelto su máxima exponente) conforman lo que ya a estas alturas es la más grave anomalía de la democracia argentina restaurada en 1983.

Cristina Kirchner no se expresa con el aplomo y la sabiduría de un ex presidente. Al recobrar su verdadera personalidad pronuncia extravagancias como que los jóvenes no necesitan que nadie les dé clases de nada, para atizar las tomas de los colegios cuando aún estaban en su apogeo. Pero lo peor es su persistente banalización de la tragedia desatada en 1976 al igualar "revisar" las redes sociales, que son de dominio público, con el secuestro de agendas personales por parte de la dictadura militar, que las extraía para obtener información que le permitiera detener y desaparecer a más personas. Insólita la justificación que dio en una entrevista al diario español El País de por qué ella y su marido no habían presentado habeas corpus por los desaparecidos de Santa Cruz. Respondió que no los hubo. Con sólo googlear las palabras "desaparecidos" y "Santa Cruz" se accede a abundante cantidad de documentación, reclamos y homenajes a quienes el Estado totalitario se llevó para siempre en esa provincia. Y en medio de la sarta de frivolidades personales que le reveló a Chiche Gelblung, un bocado envenenado: "El Estado no tuvo la culpa de Once". ¿Cuántos puntos más le habrá restado el desfile incesante por los medios de comunicación de humildes sobrevivientes y familiares de las víctimas de esa tragedia ferroviaria entristecidos o enojados con esa irresponsable aseveración?

Como en un juego de paralelismos contrastados, el mismo jueves en que Cristina hablaba con Gelblung, el presidente Mauricio Macri, de muy buen humor por los últimos auspiciosos índices económicos y la baja de la pobreza, dijo a la cadena de TV norteamericana Bloomberg: "Estoy abierto a un segundo mandato".

Fue una semana pródiga en postales iconográficas de lo que se pretende dejar definitivamente atrás: desde un vencido Julio De Vido sentado en el banquillo de los acusados hasta la detención del gremialista "el Pata" Medina, que sumó su inquietante imagen al álbum de personeros y amigos de la anterior gestión que el Gobierno viene armando con tanto esmero: casco y chaleco antibalas, el nuevo "uniforme" de los corruptos detenidos, y las ya clásicas parvas de billetes malhabidos. Y así como hace algunas semanas vimos el yate "recuperado de la corrupción" de Ricardo Jaime, en estos días le tocó el turno a la exhibición del avión de Lázaro Báez, en sus nuevas funciones de lucha contra el narcotráfico. El anuncio del regreso de Milagro Sala al penal de Alto Comedero ponía una nueva nota de alta confrontación entre el oficialismo y el kirchnerismo al cierre de una semana intensa y a pedir de boca de Cambiemos.

Pero el Gobierno no quiere funcionar sólo en contraste con el kirchnerismo. Siembra su propia impronta con los timbreos, los gabinetes ampliados, los spots televisivos y las abundantes comunicaciones en las redes sociales de los principales funcionarios, en las que se privilegian la conversación con personas de carne y hueso y las obras concretas en marcha. Son videos al paso, casi rudimentarios, pequeñas historias que en Instagram apenas duran 24 horas y al día siguiente son reemplazadas por otras. No son estridentes y el Presidente aparece entremezclado casi como uno más.

A fuego lento se gesta la tentación de una nueva hegemonía presidencial. Definitivamente los argentinos tememos o execramos los gobiernos débiles. Macri lo sabe y, ahora sí, empieza a acumular poder muy en serio.

psirven@lanacion.com.ar

Twitter:@psirven

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