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El arquitecto pop de un teatro de la masculinidad

Víctor Hugo Ghitta

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LA NACION
Domingo 01 de octubre de 2017
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Fue casi una premonición: Hugh Hefner perdió la virginidad a los 22 años, en 1948, cuando un estudio sobre el comportamiento sexual de los norteamericanos realizado por Alfred C. Kinsey echó por tierra prejuicios y sentó las bases de una revolución sexual que habría de desplazar las ideas moralizantes de la posguerra. Hefner encontró en el informe Kinsey su Nuevo Testamento y se convirtió en el gran predicador de esa fe que comenzaron a abrazar multitudes de hombres sofocados durante años por las ideas del puritanismo. El libro sagrado de esa congregación fue una revista con imágenes de mujeres desnudas y textos de excelencia que lavaba culpas y arropaba el placer hedonista del voyeur con piezas de grandes escritores de la época. Quizá para ahuyentar cualquier sentimiento pecaminoso y de ese modo ganar lectores en la naciente economía del deseo, Hefner dejó sentadas las bases de su propósito en el número inaugural de Playboy: su revista estaba destinada a hombres que –cocktail en mano y envueltos en una atmósfera musical elegantemente insinuante– sabían invitar a una chica a disfrutar de una buena charla acerca de Picasso, Nietzsche o el jazz. Era 1953. Hefner eligió para la primera portada a la rubia de sus sueños e ícono sexual del sueño americano: le compró una fotografía de Marilyn Monroe a una compañía de pósteres de pin ups que se negó a distribuirla por temor a ser acusada de prácticas obscenas. Ese año, Marilyn –a secas– filmó una de las películas que contribuyó a forjar su leyenda: Los caballeros las prefieren rubias. Hefner creyó entender que había en ese título una verdad y durante más de medio siglo Playboy mostró en papel satinado a las rubias más despampanantes, junto a textos de Hemingway, Nabokov, Clarke o Bradbury. Sus entrevistas extensísimas –que incluyen verdaderas obras maestras, como las de Marlon Brando y Miles Davis– siguen estando entre los materiales de estudio del oficio periodístico en las universidades de todo el mundo.

Ese número inaugural –se vendieron 54.000 ejemplares– incluyó fragmentos de Sherlock Holmes, de Conan Doyle, un artículo sobre jazz, un cuento sobre el adulterio del Decamerón, de Boccaccio, un texto sobre las exigencias financieras que trae el divorcio y una producción fotográfica sobre las tendencias de diseño para la oficina moderna. Toda una declaración de principios. Una nota en Los Angeles Times recuerda el clima de época: “Había apenas contracultura en Estados Unidos, ni tan siquiera una forma de bohemia, excepto en Greenwich Village. El movimiento beat todavía no existía, Elvis estaba aún conduciendo un camión en Memphis y pasearse con el Trópico de Cáncer de Henry Miller bajo el brazo podría hacerte pasar por degenerado e incluso llevarte a la cárcel unos días”. A Hefner no le faltó coraje: se había prohibido la publicación de Hojas de hierba, de Walt Whitman, y Mae West había sido llevada a prisión por estrenar la obra Sex. Movido por un espíritu libertario, en números sucesivos les dio lugar en las páginas de su revista a Muhammad Ali, Malcolm X y Miles Davis.

Hefner entendió como pocos las demandas de ese vigoroso mercado del placer. En 1959 compró una casa estilo Tudor en Chicago, donde organizó bacanales. La Mansión Playboy se convirtió en su Shangri-La, refugio y santuario, escenario de una fabulosa puesta en escena de fantasías y deseos de una nueva masculinidad. Como lo señala espléndidamente Beatriz Preciado en Pornotopía, arquitectura y sexualidad en Playboy durante la Guerra Fría, con sus grutas tropicales y sus habitaciones temáticas, con sus piscinas vidriadas y sus termas romanas, con sus camas redondas y sus circuitos de vigilancia, la Mansión Playboy se constituyó como una Disneylandia para adultos, un burdel multimedia a la vista de todos, una pornotopía moderna creada por un arquitecto pop que entiende a la perfección la cultura de masas y el funcionamiento de un capitalismo que encuentra sus medios de producción en el sexo, las drogas y la información. Ese teatro de la masculinidad fue su imperio. Quizá su muerte, a los 91 años, se lleve en parte una época en la que la mujer fue objeto de deseo y de consumo, y víctima de excesos. Ese tiempo, lentamente y por fortuna, empieza a quedar lejos.

En 1992, enterado de que en el cementerio de Westwood Village estaba disponible una tumba junto a la de una mujer con la que había soñado toda su vida, Hugh Hefner la compró. Desde ahora, descansará junto a Marilyn Monroe.

PLAYLIST

Mientras escribí este texto escuché:

All the Best, Dean Martin; Time Out,

The Dave Brubeck Quartet; Pyramid,

The Modern Jazz Quartet

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