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La separación, un objetivo inaplicable en la Europa actual

Domingo 01 de octubre de 2017
PARA LA NACION
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"Tanto monta, monta tanto, Isabel como Fernando." Como expresaba un dicho popular a fines del siglo XV, el casamiento de la reina Isabel de Castilla con el rey Fernando de Aragón instaurando la unión de las dos coronas selló la unidad política de España y constituyó las bases del actual Estado español.

A esta realidad política que lleva cinco siglos, el gobierno regional de Cataluña quiere ponerle fin. Y la particularidad del referéndum convocado para hoy es que no exige una mayoría de votantes, sino que la simple mayoría de quienes vayan a votar basta para declarar la independencia.

El gobierno español ha manifestado su oposición y la Unión Europea (UE) comunicó claramente que no se reconocerá una república catalana bajo ningún concepto.

Algunos independentistas catalanes intentaron apelar a la ONU, buscando apoyo en el concepto de la " autodeterminación de los pueblos" (como también lo pretenden los isleños en Malvinas), pero no obtuvieron repuesta favorable, ya que su pretensión no resiste el mínimo análisis.

En ese marco, la pregunta pertinente, más allá de sentimientos nacionalistas, es si resultaría conveniente para los catalanes declararse independientes y si es mejor para los ciudadanos y residentes que allí habitan dejar de pertenecer a España, a la UE, dejar la eurozona y no ser miembro de la ONU.

El criterio de mayor peso esgrimido por los separatistas para convencer a los votantes es apelar al dinero que ganarían al separarse; mejor dicho, el dinero que dejarían de pagarle al Estado español si se separaran.

El argumento es que Cataluña mantiene con su esfuerzo y trabajo a las comunidades menos ricas de España y que la "independencia" les permitiría quedarse con esa renta y repartirla sólo entre catalanes. Es decir, Cataluña dejaría de "sostener" a esas regiones y comenzaría a vivir con "lo nuestro", como lo enseñara, hace un siglo, l'Avi ( el abuelo) Francesc Macia, creador de la idea del separatismo catalán en 1922, cuando no existía la globalización y España vivía en un caos político interminable que terminó en su cruenta guerra civil y, luego, en el advenimiento de la dictadura de Francisco Franco por 40 años.

En nuestros días España, Cataluña y el mundo son otros; Occidente pierde poderío ante el avance de las potencias emergentes, que sumadas a la constante amenaza del fundamentalismo islámico hacen crecer a las ultraderechas (como en Alemania), incrementan las divisiones y debilitan a la UE.

Cataluña nunca se llevó bien con los dos partidos que gobernaron España, el PSOE y el PP. Nunca hubo un líder catalán como primer ministro de España y, poco a poco, los dos partidos políticos nacionales fueron perdiendo poder en Cataluña.

En otros escenarios donde se buscó la independencia -como en Quebec (Canadá), en Escocia o en los países bálticos- los instrumentos para lograrla fueron consensuados entre el poder regional y el central y no fueron llevados a cabo por la voluntad exclusiva de la región que pretendió separarse.

Ésta debería ser la lección que los dirigentes aprendan y ejecuten y negociar con Madrid una salida inteligente, en paz; una solución para ambas partes, y no como pasa ahora, con el llamado a un referéndum que no tiene legalidad jurídica y que es inaplicable en la Europa de hoy.

Todos saben que, más allá del relato de los partidos independentistas que levantan las banderas de la soberanía nacional, la diversidad cultural y el derecho al autogobierno, está la idea de negociar una autonomía fiscal con mayores ventajas.

Hoy la independencia es irrealizable, además de un pésimo negocio y una irresponsabilidad histórica. Ello lo saben mejor que nadie el presidente catalán, Carles Puigdemont, y su gobierno.

Nosotros, mientras tanto, desde aquí preferimos que no se concrete esa salida de España. Sería muy triste ver jugar en el Camp Nou a Lionel Messi una final del campeonato catalán contra el Girona o el Tarragona. Preferimos verlo jugando la Liga española y la de Europa.

El autor fue representante permanente de la Argentina ante la ONU y embajador en Canadá y China

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