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Referéndum en Cataluña: uniformes negros y armas antidisturbios versus desayuno popular y urnas

Domingo 01 de octubre de 2017 • 06:40
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LA NACION
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Un frente de uniformados detiene el paso de los vecinos catalanes, en Barcelona
Un frente de uniformados detiene el paso de los vecinos catalanes, en Barcelona. Foto: Reuters

BARCELONA.- "¡Que ahí vienen!" A media mañana, el grito que advirtió la presencia de la Policía Nacional disparó la inútil resistencia contra la fuerza.

Hasta ese momento, con más folclore que papeletas, la ilusión independentista había hecho carne entre quienes montaban guardia en el patio de la escuela.

"¡Votaremos, votaremos!", fue el pertinaz grito de resistencia que recibió a los efectivos.

Fue más que nada un acto de fe. Porque, apenas los tuvieron en frente, con el uniforme negro, los cascos y escudos antidisturbios desplegados, los padres y vecinos que a lo largo de la noche custodiaron la escuela Jaume Balmes supieron que la batalla del voto estaba perdida.

"Son bestias. Contra eso, qué podemos hacer", protestó Ignasi Valls. Temeroso de que las cosas pasaran a mayores, tomó a su novia, Aina Serra, de la mano, y abandonaron el puesto de guardia en el que resistieron toda la noche.

Fuera, dos efectivos de los Mossos d´Esquadra, la policía regional catalana, observaban, sin intervenir. "Esos, como siempre, hacen como que nadan, pero no se mojan la ropa", protestó una vecina contraria a la votación.

La imagen se repitió a lo largo de toda la mañana. Policía y armas antidisturbios contra urnas y el escaso chocolate con el que desayunaron los resistentes.

Enfrentamientos entre la Policía y los vecinos que fueron a votar el referéndum
Enfrentamientos entre la Policía y los vecinos que fueron a votar el referéndum. Foto: Reuters

"Esto es lo que no queríamos hacer", se justificó el gobierno nacional. Pero la imagen daba vuelta al mundo, abierta a las interpretaciones.

De hecho, ese parecía ser el objetivo fundamental de los resistentes. "Filmen todo y súbanlo a Internet. Que el mundo sepa lo que hace el gobierno de [Mariano] Rajoy contra la democracia".

Junto con la mochila, el celular fue el arma de la jornada. "Resistamos. La policía ya está cerrando colegios electorales", fue la advertencia a media mañana.

El primer golpe fue en el centro donde el presidente del gobierno regional, Carles Puigdemont, había anunciado su voto. Lo había comunicado con horario y todo. Como un desafío a la Policía.

Poco después toco el turno al Balmes. "Señores, tenemos una orden judicial", dijo el jefe del pelotón que, en cuestión de minutos, abrieron la puerta y cargaron con las dos urnas. "¡Se llevan los votos de la gente!", gritaban, entre silbidos.

No todo era fracaso. El bloqueo electoral era, también, el triunfo de un poderoso simbolismo. Nada que, a esas horas, causara sorpresa: desde las primeras horas ya se sabía que, más que una votación, la jornada buscaba una fuerte movilización popular.

Atrás quedaba una noche de baile y expectativa. "Hasta los tamboriles vinieron a darnos ánimo", dijeron en el colegio Antoni Balmanya, en el barrio de El Clot. Cerca del mediodía, la fiesta había quedado muy atrás.

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