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Referéndum en Cataluña: la violencia dinamita todos los puentes

Domingo 01 de octubre de 2017 • 12:59
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BARCELONA.- Era un desastre y ahora es peor. La crisis de Estado por el proceso independentista catalán saltó definitivamente por los aires con las escenas impactantes de una multitud movilizada en desobediencia a la legalidad española y la consiguiente represión en las puertas de las escuelas.

Las escenas de policías que golpean a gente desarmada y secuestran urnas quedarán por años en la memoria de agravios de los catalanes. En lo inmediato funcionaron como una llamada a salir a la calle para muchísimos ciudadanos que no pensaban convalidar un referéndum declarado ilegal por la Justicia y que a las claras no ofrecía solución alguna. Los "equidistantes" se inclinan por el corazón.

La represión en las puertas de las escuelas
La represión en las puertas de las escuelas. Foto: Reuters

El presidente Mariano Rajoy hizo cumplir la ley, como había prometido. Dinamitó la votación, pero a un precio carísimo. La convirtió en una inmensa movilización contra su gobierno y el Partido Popular (PP) cuya magnitud definitiva todavía no se alcanza a vislumbrar.

Nadie tomará en serio el resultado frío de una elección que se celebró con reglas improvisadas sobre la marcha y sin los mínimos controles. Pero hubo urnas, hubo papeletas, hubo escuelas llenas de votantes. Y hubo, sobre todo, más de 500 heridos. Los editores de medios tienen a disposición todas las fotos que la Moncloa quería evitar.

El independentismo es ahora más fuerte: sus líderes recuperan, en su condición de víctimas, una cierta legitimidad que habían dilapidado al convocar un referéndum sin respetar la Constitución española ni el Estatuto de Autonomía de Cataluña.

Cualquier posibilidad de un acuerdo que encauce el vínculo suena ahora a lisa y llana utopía. Rajoy no es interlocutor aceptable para la gran mayoría de la dirigencia catalana, no sólo los separatistas. El presidente catalán, Carles Puigdemont, lo es menos para la Moncloa, que lo considera casi un delincuente.

La batalla por las urnas, en las escuelas catalanas
La batalla por las urnas, en las escuelas catalanas. Foto: AFP

El 1 de octubre no fue el final de un camino, sino el inicio del drama político que pone a España ante el momento más delicado de su etapa democrática. Están en juego la unidad del país y la convivencia. El rencor es palpable en las calles de Barcelona entre los propios catalanes.

La ebullición independentista se mantiene desde al menos 2012. En cinco años el gobierno de Rajoy fue incapaz de encontrar una carta política para detener el conflicto. El separatismo jugó sus cartas. Tocó techo en apoyo social, pero decidió reescribir las reglas para imponer su proyecto a fuerza de voluntarismo. Unos y otros pusieron los trenes -metáfora que tanto gusta- en rumbo de colisión.

¿El choque era esto? No. Envalentonado por las multitudes en las calles, Puigdemont y sus aliados meditan ahora si harán de cuenta que ganaron un referéndum y declararán la independencia en 48 horas. La respuesta se presupone implacable.

Queda mucho daño por hacer.

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