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Imaginar un Macri ganador, el juego de moda

Sergio Suppo

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LA NACION
Domingo 01 de octubre de 2017 • 20:20
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Con más intenciones que razones, el deporte político del momento es dibujarle el futuro a Mauricio Macri. En ese juego, las buenas noticias que su gobierno recibió en los últimos días anticipan un presidente más poderoso, menos condicionado y con mayor capacidad para planificar sus pasos y los del país. Es demasiada dulzura.

Los principales hombres de la Casa Rosada se preparan esta semana para decir en público lo que ya comenzaron a repetir en privado casi como una invocación a la buena suerte. Todos los buenos presagios –argumentarán– deben ser confirmados en las elecciones del 22 de octubre, sin confiar tanto en las encuestas. Esos sondeos, por si hiciese falta recordarlo, no marcan ningún triunfo arrasador de Cambiemos; apenas coinciden en destacar que el oficialismo está adelante por algunos puntos sobre Cristina Kirchner en la provincia de Buenos Aires. En el resto del país, el Gobierno puede aspirar a mejorar algo los resultados de las Paso, sin mayores sorpresas.

Precisamente antes de las primarias, instalar cierta inquietud sobre lo que podía suceder fue una parte importante de la estrategia oficialista. Por eso se agitó la preocupación por la posibilidad de que Cristina regresara y de que el Gobierno quedara debilitado. Fue como un despertador de indiferentes. “Ya no podremos repetir lo mismo”, aceptan en Cambiemos.

Será clave, sin embargo, aumentar el índice de participación. En 2015, el número más grande de votantes en la primera vuelta respecto de las Paso hizo la diferencia que abrió las puertas del poder. Y ocurrió así porque los que se agregaron fueron a votar mayoritariamente por Macri. Esta semana, o a más tardar la próxima, comenzaría un operativo específico para estimular la asistencia a las urnas.

Empujar votantes remisos se añadirá al plan que surgió apenas se completó el análisis del resultado del 13 de agosto. Contar con el Estado para hacer campaña fue y sigue siendo una enorme ventaja para el partido en el poder. Cambiemos aprendió rápido esa ventaja que el peronismo exhibió sin escrúpulos durante décadas.

La semana pasada, el Gobierno celebró en silencio la coincidencia –tal vez no tan casual– de los primeros signos positivos en la economía, la detención de un emblema de la corrupción y el patoterismo sindical como “el Pata” Medina y el comienzo del juicio a Julio De Vido. Un plus bienvenido resultaron los nuevos desbarranques de Cristina en las entrevistas que dio en los últimos días.

Los niveles de crecimiento, como la baja del desempleo y de los índices de pobreza, no tendrán un impacto directo en las urnas, según previenen en el mismo Gobierno, aunque se estima que morigerarán el descontento y frenarán el voto en contra. “Dan una idea de que el esfuerzo no fue en vano y de que lo peor ya pasó”, explica un hombre de trato semanal con el Presidente.

La caída en desgracia de Medina, el hombre fuerte del sindicalismo platense, es un deseo cumplido para Macri. Hablaba de él y de varios más cuando en sus discursos se quejaba de las mafias sindicales y de la inacción judicial. Los tiempos cambian también en los tribunales: los sistemas de protección a las figuras del anterior gobierno fueron reemplazados por oídos más atentos a los mensajes del actual poder.

“Medina es el pasado y Cristina también es el pasado”, se regodea el macrismo. Los estrategas de la campaña de Unidad Ciudadana parecen no haber previsto que los periodistas que se sientan a entrevistar a Cristina quieren saber más de su gestión como presidenta que de sus propuestas electorales. Al contestar esas preguntas, el jueves, terminó por culpar al maquinista por la tragedia de Once, apenas un día después de que comenzará el juicio por esa causa a De Vido, el hombre más importante del ciclo kirchnerista después de ella misma y de su marido. Cristina mantiene su lealtad con De Vido, al que le garantizó los fueros parlamentarios hace dos meses y del que no se desprende como hace con otros ex funcionarios.

Jaime Durán Barba tiene razones para estar conforme. El trazo central de su estrategia es poner en competencia “el pasado contra el futuro”.

Los signos positivos son no necesariamente señales de aliento para el oficialismo. ¿Cómo será un Macri ganador? La pregunta enciende más alarmas que simpatías dentro y fuera del Gobierno.

Como es natural, el kirchnerismo lo presenta como un siniestro ajustador montado en el apoyo electoral. Cristina no parece decidida a moverse de ese lugar en sus discursos.

Del otro lado, en la sociedad que Pro comparte con el radicalismo y con Elisa Carrió, se preguntan qué hará Macri. Ahí, los accionistas minoritarios temen ser absorbidos por la fuerza concéntrica que tienen los presidentes en alza.

“Macri no hará nada que no sea gobernar. Nuestra lógica no es una lógica de reparto de cargos ni de poder. Si ganamos tendremos que seguir negociando con los gobernadores y en el Congreso. Seremos un gobierno un poco más fuerte, pero seguiremos haciendo lo que estamos haciendo”, responde un macrista de todas las horas.

El triunfo, si se concreta, servirá para algo más que para tener razón. Macri será un presidente encaminado a la reelección sobre un mapa político que presenta al peronismo desmembrado en varias fracciones y con Cristina todavía influyendo en la oposición, aunque resulte derrotada.

Como si el tiempo pudiese adelantarse y todo fuese realidad, hoy se da por cierto lo que todavía no ocurrió. Pero estamos en la Argentina.

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