La revolución será tuiteada, pero con eso no alcanza

Martes 03 de octubre de 201700:37

Muchos vimos con dolor las imágenes de Cataluña durante el fatídico domingo pasado. Calles por las que algunos alguna vez caminamos, ahora inundadas de personas frustradas, procurando hacer oír su voz. La gran mayoría de estas imágenes no surgieron de los canales de televisión, sino de los millones de celulares que, dispuestos a mostrar lo que sucedía, se convirtieron en fuentes de información no mediada. Como un ejército de ojos que muestran lo que de otro modo seguramente no podríamos ver.

En la crudeza de estas imágenes podían reconocerse escenas repetidas en todo el mundo. La Primavera Árabe, el movimiento Occupy, los Indignados, los estudiantes chilenos, son algunos de los ejemplos en los que fueron tuits los que marcaron el pulso mismo de lo que pasaba. En un brillante análisis de la euforia por las redes sociales y su influencia en lo político, Malcolm Gladwell en 2010 sostenía que “la revolución no será tuiteada”: no alcanza con las redes sociales para generar el cambio social. Aunque este análisis sigue vigente, la relevancia de Twitter durante las manifestaciones políticas desde entonces no hizo más que exacerbarse.

No hace falta ser un fanático tecnoutopista para sostener que todo suceso histórico relevante fue atravesado por la tecnología de su época. En una entrevista hace algunas semanas me preguntaron si se me ocurría algún cambio que la tecnología haya introducido en nuestra vida cotidiana. Un poco anonadado por lo descerebrado de la pregunta tuve que confesar que no tenía respuesta: no podía pensar en un sólo aspecto de lo diario que no hubiera sido atropellado por el avance de la tecnología. Sin embargo, parecería que somos mayormente analfabetos cuando se trata de entender el modo en que la tecnología nos atraviesa y hace pesar su influencia sobre el modo en que vivimos y las decisiones que tomamos.

En los días previos al referéndum catalán se hizo público el pedido del gobierno español a Google para que impidiera la descarga de una app que permitía encontrar dónde votar. Google accedió, y esto reavivó el debate sobre si las fronteras físicas deberían (o no) tener su influencia en internet. También circularon rumores de que se desconectaría por completo al territorio catalán, incluso con algunos reportes de cortes no confirmados. En cualquier caso, se hizo obvio que el control del acceso a la información no sólo era una prioridad para el estado español, desesperado por la situación, sino que gran parte del conflicto político giraba en torno al mismo. Durante aquel domingo, más de un usuario de Twitter hizo la obvia reflexión de que la solidaridad con los ciudadanos catalanes estaba posibilitada, una vez más, por la tecnología.

En aquellas partes del mundo donde de hecho puede ejercerse la actividad política, como parte fundamental de la vida en sociedad, son las distintas tecnologías de la información las que lo hacen posible. Es en este sentido que la política—o lo político, en términos de Rosanvallon—no necesariamente es algo que debe ser modernizado y llenado de tecnología, sino que ella misma es parte de la política. Es por esto que la clase política, los gobernantes, no pueden darse el lujo de la ignorancia. No sólo su imagen del mundo será incompleta si no entienden cómo funciona la tecnología que rige gran parte de nuestras vidas, sino que en efecto están faltando a sus deberes como funcionarios.

Lo que sucede en Cataluña trasciende lo que pueda verse por redes sociales. Pero estas no son un factor accesorio, una nota de color que ilustra lo que sucede. Cuando se trata de movimientos sociales y sucesos políticos es indispensable resistir a la tentación de reducir su complejidad a un sólo aspecto. Por detrás hay una historia que atraviesa lo político, lo social, lo económico, pero también, lo tecnológico. Seguir tomando estas dimensiones por separado como si el objeto de estudio se prestara a ello puede resultar interesante, pero no deberíamos enamorarnos demasiado de ninguna de ellas. La revolución será tuiteada, sí, pero también será parte de procesos que trascienden su mero aspecto técnico. La revolución, si es, será política.

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