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Puigdemont: el líder menos pensado puso patas para arriba todo el sistema político español

Cuando llegó, casi de casualidad, a ser presidente de Cataluña, pocos confiaron en él; pasó de ser un desconocido a llevar al extremo la causa nacionalista

Lunes 02 de octubre de 2017
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LA NACION
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Puigdemont: el líder menos pensado puso patas para arriba todo el sistema político español
Puigdemont: el líder menos pensado puso patas para arriba todo el sistema político español. Foto: Reuters / ALBERT GEA

BARCELONA.- Cuando, hace sólo 20 meses, se convirtió en el presidente de la Generalitat, pocos se lo tomaron en serio. Un error de cálculo en el que cayeron muchos en la Moncloa e incluso en esta comunidad.

Se cebaron con su parecido al mago Harry Potter o con el pertinaz flequillo, al que se suele definir como "la síntesis del que usaron todos los Beatles" o comparar, incluso, con el que caracterizó al fallecido cómico Jerry Lewis.

Hoy, Carles Puigdemont -de 54 años, casado y con dos hijas- acaba de poner patas para arriba el mapa político español y de sacar a luz la peor crisis en las cuatro décadas que lleva la democracia española. Ha dejado atónita no sólo a España, sino a la Unión Europea (UE), que anoche no podía creer lo que sucedía. A su manera, prometió la independencia sobre la base de un referéndum que, a lo largo de la jornada, derivó más bien en una fiesta popular. Una toma de la calle. Una rebelión. La jugada más audaz que se haya ensayado en muchos años en la materia.

Todo un récord para un político que se asomó hace relativamente poco a la actividad y que, según cuenta la historia, llegó a la cúpula del poder catalán poco menos que de forma circunstancial. "Él mismo se define de esa manera -dicen quienes lo conocen-. Un candidato circunstancial." Uno de esos por los que poco se apostaba.

Tan meteórico ha sido todo que no abundan las biografías que explican al personaje y su circunstancia. Sí queda claro que es un independentista convencido. Que comenzó su carrera en el Partido Nacionalista, de Jordi Pujol, pero que, en rigor, lo suyo fue, desde el comienzo, el secesionismo. Lo tenía entre ceja y ceja.

Siempre hay anécdotas al uso para ilustrar las posiciones de figuras políticas. La que en ese terreno se cuenta de Puigdemont asegura que, en más de una ocasión en que tuvo que viajar a Madrid, se dio el gusto de sacar el pasaje triangulando con algún destino fronteras afuera de España. ¿Para qué? "Pues para ingresar en un vuelo internacional y regalarse la sensación de que entraba en otro país", escuchó LA NACION. De ser cierta, la anécdota serviría, también, para dar pie a quienes asocian las convicciones de este políglota con un grado de obsesión. O sea: difícil que dé marcha atrás.

Filólogo de formación y con un fuerte pasado en el periodismo, su forma de comunicar tal vez sea el punto en el que mejor se diferencia de quien hoy es su antagonista. El presidente Mariano Rajoy prefiere el silencio y comunica "lo justo". Prefiere no extenderse, no anticiparse y esperar. Lo que en ajedrez se define como "jugar con el tiempo del otro". Esperarlo. En teoría política muchos dirían que, en los tiempos que corren, gobernar sin comunicar es bastante parecido a no gobernar. En todo caso, Puigdemont es lo contrario: no pasa un día sin que intente mantener fresco un mensaje político y no espera. Más bien... se apura y sorprende.

No es que Rajoy, quien ha estado a cargo de exitosas campañas políticas del Partido Popular (PP), no conozca esos mecanismos. Al contrario, al igual que Puigdemont -que se ha curtido en los vericuetos del periodismo político-, los conoce a la perfección. Pero es el catalán quien no se cansa de explotarlos.

En la recta final, por caso, le sacó varios cuerpos de ventaja en el contacto con la prensa internacional. Mientras en el PP lo ridiculizan, Puigdemont seducía a los principales medios de Europa y de Estados Unidos con el relato de una Cataluña "victimizada" por una España "opresora". Si es cierto o no, es otra cosa.

Protagonista de varias biografías escritas en cuestión de semanas, en ellas se destacan su infancia en la Cataluña natal así como la huella que le dejó un accidente de auto que por muy poco no le cuesta la vida. Tanto, que considera ese día de enero de 1983 como el de su segundo cumpleaños.

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