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Los chicos crecen

Martes 03 de octubre de 2017
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Veníamos mal. Las reservas de Robert Dahl, Luis Pescetti o Isol se nos habían agotado y nada, pero realmente nada que estuviera escrito, parecía captar su interés. Yo andaba desorientada, penando la batalla perdida, emperrada en que lo último que viera mi hijo antes de terminar el día no fuera un videojuego más.

Entonces alguien me pasó la reedición de El equipo de los sueños, de Sergio Olguín. En la tapa, un par de botines con una pelota; en el interior, asomos de una gráfica atractiva; el rótulo "literatura juvenil", que por un instante me hizo dudar: ¿no será mucho para un chico de nueve años? Pero estaba el fútbol -junto a la tablet, carta ganadora-, la necesidad de probar nuevos rumbos a la hora del cuento de las buenas noches. ¿Por qué no intentarlo?

Probamos, nomás. No me tomé siquiera el tiempo de hojearlo por las mías o bucear alguna anticipación en Internet. Me sumergí junto a mi hijo en un relato que para ambos iba a ser nuevo. Ocurrieron dos cosas: desde la primera frase, el oyente disperso al que hasta hacía pocas noches era imposible mantener quieto en la cama quedó como hechizado. Y yo, que había fantaseado con una liviana trama de pibes futbolistas, descubrí que de ligereza y de fútbol, ay, no había tanto.

Lo que sí había eran entrañables personajes de entre 13 y 14 años, rincones del conurbano (Villa Fiorito, Camino Negro) que mi porteñito apenas conocía y algo así como una historia de iniciación: primer amor, primera incursión de tres chicos de clase media en la dureza del mundo de la villa.

"No desees, que se te cumple", dictamina una malévola frase. Porque el milagro tan buscado estaba ocurriendo: cada noche, venían el pedido -"¿me leés, no?"-, la escucha atenta, los ojos brillantes, como iluminados por las imágenes que brotaban del texto. Pero con el milagro vinieron los sobresaltos, la necesidad de confrontar alguna que otra duda. ¿Pacaterías de madre?

Pronto vino el capítulo donde dos personajes adolescentes, en pleno enamoramiento, iban solos al cine, hacían sus descubrimientos, y yo leyendo en voz alta y mandándole saludos mentales al autor ("Olguín, no me hagas esto, que no pasen de darse unos besos. Te lo pido"). O el pasaje donde esos mismos personajes confrontaban con unos policías coimeros, brutales, propensos al gatillo fácil, y mi hijo pidió detener la lectura, me miró, preguntó: "¿En serio eso pasa? ¿Por qué?". Así que a explicar. O intentar hacerlo. Y seguir con los ruegos mentales: "Todo bien con el realismo. Todo bien con esta trama tan bien escrita. Pero dame final feliz. Olvídate del verosímil, danos un final feliz".

Lo mismo con cada capítulo. Fascinación, inmersión en la historia. Preguntas. El niñito que se indigna porque no lo dejamos ir solo a la escuela, a él, "que ya es grande", me pedía detalles sobre los porqués de la pobreza, no entendía cómo es que a dos chicos otros chicos de la misma edad les podrían robar las zapatillas ni por qué a Pato -sospecho que uno de sus personajes favoritos- vivir en la villa la distanciaba tanto del resto. La búsqueda imposible del punto justo. Disfrutar de la lectura, sí, sí. Contarte en qué mundo estás viviendo, pero qué ganas de no hacerlo.

Hubo un momento culminante: cuando, en la sala de espera del odontólogo, no hubo ni pedidos de celular ni añoranzas de jueguitos, sino ganas de seguir con El equipo de los sueños. Me encontré, ya no en la intimidad del hogar, sino en un espacio público, leyendo las reflexiones de Ariel, el protagonista, sobre lo crudo del mundo que estaba descubriendo. Otra madre, sentada delante de nosotros, se dio vuelta y me miró. Me miró mal. Opté por seguir leyendo. "Qué le vamos a hacer, señora. No sólo de duendes, hadas y mundos edulcorados está hecha la literatura -me hubiera gustado decirle-. ¿O se piensa que Hansel y Gretel nacieron de la más dulce de las anécdotas?"

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