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Rajoy ya no manda en Cataluña

Martes 03 de octubre de 2017 • 14:33
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Foto: AFP / Pierre-Philippe Marcou

BARCELONA.- Cinco palabras, gritadas hasta herir las cuerdas vocales, con el puño en alto. “¡Els carrers seran sempre nostres!” El clamor que desborda una Cataluña en huelga describe con la síntesis de los buenos eslóganes la crisis inmanejable a la que se enfrenta el presidente Mariano Rajoy .

Las calles siempre serán nuestras, cantan los cientos de miles de catalanes que salieron a protestar contra la represión de los cuerpos policiales del Estado durante la votación independentista del domingo. Y el mensaje no podía ser más inquietante: si el gobierno catalán se lanza a declarar en las próximas horas la independencia, habrá multitudes determinadas a resistir.

Así se fabrican las revoluciones. Un conflicto político. Una elite “iluminada” que toma decisiones en apariencia temerarias. Una multitud que compra la idea. Y un dueño del poder que pierde el control, lastrado por sus errores.

La huelga general de hoy exhibió una realidad dramática: Rajoy ya no manda en Cataluña. Hay un gobierno en la región que pretende proclamar una república sobre la base de una legalidad inventada ad hoc y que se escuda en una porción muy movilizada de la población para resistir la previsible respuesta del Estado.

¿Cómo hará Rajoy para imponer la legalidad si el presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont, cruza la línea? La fría aplicación de la ley no le sirvió. Con la política ni lo intentó. Le queda el uso de la fuerza. Ya se vio el domingo lo que significa lanzar a la policía contra una población desarmada.

Foto: Reuters / Yves Herman

Su futuro es incierto. Pero está lejos de recalcular. El discurso del rey Felipe VI, seguido con expectativa histórica, reafirmó el curso de colisión.

El simulacro de referéndum, flojísimo de papeles, sólo adquirió un sentido político real con las imágenes indefendibles de los antidisturbios golpeando ancianas para arrancarles unas urnas de plástico compradas en Alibaba.

A Rajoy se lo cuestionó por el inmovilismo ante la crisis catalana. Cinco años de agitación separatista sin que el gobierno central pusiera sobre la mesa una propuesta política para solucionarlo. Lo que pasó el fin de semana lo deja aún peor parado: una impericia rampante para aplicar la estrategia con la que pensaba detener unos de los mayores desafíos a la legalidad al que se enfrentó España en 40 años de democracia.

A los líderes independentista se les abrió el cielo. Estancados, sin poder convencer de su deriva a al menos la mitad de los habitantes de Cataluña, se arrojaron al vacío rogando el error del adversario. Eran el arquero que sube a cabecear un córner.

Manifestantes gritan en un helicóptero durante la manifestación convocada por la Confederación General de Trabajadores
Manifestantes gritan en un helicóptero durante la manifestación convocada por la Confederación General de Trabajadores. Foto: AFP / Lluis Gene

La violencia ensanchó sus apoyos. El separatismo tenía una consigna excluyente, insolidaria: “España nos roba”. A los propios promotores les pesaba decirlo en público. Es la nación, no la pela, se justificaban. Hoy miles de jóvenes marchan con carteles escritos a mano que ponen “España nos pega”.

El cambio de una sola palabra resume cómo fue que Rajoy perdió, acaso para siempre, el corazón de Cataluña. Una cosa es rechazar la ruptura; otra quedarse impasible cuando golpean a tu vecino. Lo decían esta tarde muchísimos barceloneses angustiados por verse arrojados a un conflicto entre sus dos almas, la española y la catalana.

Añoran algo de empatía. Lloran con las lágrimas de Gerard Piqué -y los insultos que le dedican en Madrid-. Se horrorizan con los videos de guardias civiles despedidos de sus bases en Andalucía al grito de “¡A por ellos, oé!”.

Nadie regala un abrazo. Hay catalanes en posiciones importantes en el resto de España que empiezan a flaquear. A la mañana renunció el director de los Teatros del Canal, Àlex Rigola, incapaz de seguir en un puesto público de Madrid después de la acción policial. Aclaró que no es ni será independentista. Muchísimos periodistas catalanes de grandes medios empiezan a alzar la voz contra Rajoy sin atenerse a ninguna línea editorial.

La ruptura de vínculos afectivos facilita el plan de Puigdemont y sus aliados. Hace tiempo quieren un Maidán; la plaza de Kiev donde estalló la revuelta contra el gobierno pro ruso en 2013. Lo imaginan festivo, con música, banderas y porritos. Pero en los maidanes suele haber sangre.

Los activistas tienen cercados a los policías estatales desplazados a Cataluña. Entre los que protestan y los efectivos se posan los Mossos d’Esquadra, la fuerza de seguridad autonómica. A ellos los respetan. Los abrazan. Lloran juntos. Los consideran héroes por haberse negado a desalojar colegios electorales el domingo, pese a que se los había ordenado una jueza.

Es una situación crítica. ¿A quién defenderán los Mossos si hay desbordes entre independentistas y la Policía Nacional?

Puigdemont sacó a la gente a los cuarteles cuando exigió a Rajoy que retirara a las fuerzas policiales. El gobierno español respondió con igual tacto: “Se quedarán hasta que sea necesario”, dijo el ministro del Interior, Juan Ignacio Zoido. Y acusó a la Generalitat de “empujar al pueblo catalán al abismo y alentar la rebelión en las calles”.

La policía nacional española ha sido expulsada de sus hoteles en Cataluña por vecinos furiosos por la violencia policial que marcó el domingo la prohibición del voto de independencia
La policía nacional española ha sido expulsada de sus hoteles en Cataluña por vecinos furiosos por la violencia policial que marcó el domingo la prohibición del voto de independencia. Foto: AFP / Lola Bou

¿Faltaba dureza? Bueno, el portavoz parlamentario del partido de Rajoy, Rafael Hernando, lanzó: “Parece que algunos desean un muerto en las calles de Cataluña”. Una palabra que sobrevuelas las conversaciones, pero que nadie decía.

Después de la huelga masiva, los jacobinos del separatismo no permitirán que Puigdemont dude. Quieren la independencia ya.

En el ambiente político español cada vez se instala más la intriga de si Rajoy tiene un plan para detener el desastre.

Los secesionistas parecen seguir una lógica. “Podemos poner dos millones de personas en las carreteras de Cataluña: ¿alguien cree que no somos capaces de parar la economía catalana durante una semana? Y si lo hacemos, ¿qué impacto tendrá sobre el PIB español? ¿Y qué opinión tendrán los acreedores de la deuda española? Nosotros también tenemos nuestros instrumentos.” Parece una descripción casi perfecta de lo que pasa hoy y de lo que puede venir en los próximos días. Lo dijo el actual vicepresidente Oriol Junqueras el 13 de noviembre de 2013 en una visita al Europarlamento. Entonces nadie lo tomaba en serio.

Ya están ahí. El plan a partir de ahora es más rudimentario. Tirar para adelante y ya se verá.

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