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Argentina-Perú, Eliminatorias. Levantarles el ego, la receta de Jorge Sampaoli para sacar a los jugadores del bloqueo mental

El entrenador prescindió de ayudas externas para buscarle la solución al que considera el problema central: el impacto de las críticas

Miércoles 04 de octubre de 2017
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LA NACION
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Messi y Di María, en Ezeiza
Messi y Di María, en Ezeiza. Foto: AFP

A Di María hay que darle una palmada en el hombro. Banega necesita menos indulgencia y más rigor. Icardi debe entender que él no tiene nada que ver con las frustraciones anteriores, lo suyo empezó recién. Regla número uno: dos personas no responden igual ante un mismo problema.

No hay una receta común que baje como un mantra de Sampaoli y destrabe el bloqueo mental de la selección. El diagnóstico está claro a esta altura: el problema no son las piernas, es la cabeza. Lo terminó de aceptar el cuerpo técnico la noche del 1-1 contra Venezuela en el Monumental. Vieron dos equipos en uno, pero los conmovió el segundo, "el de los últimos 35 minutos", cuando las mentes se nublaron y el murmullo del estadio aprisionó a la mayoría de los jugadores.

¿Qué hacer ante eso? Lo primero, cuentan cerca del entrenador, fue terminar de "sacar la ficha" de cada jugador. Entender quién necesita una caricia (Di María), quién un mensaje directo (Banega) y quién una inyección de paciencia (Icardi). Entonces, como una verdad demorada, cayó la sentencia: había que viajar otra vez a Europa a reunirse con ellos y bajarles una línea clara. La gira de Sampaoli y Sebastián Beccacece tocó puertas puntuales: las de Di María (París), Biglia e Icardi (Milán), Messi y Mascherano (Barcelona) y Banega y Mercado (Sevilla). En el medio, mientras en la atmósfera futbolera argentina se instalaba como una verdad la idea de que hacía falta un revulsivo psicológico para salir del problema, Sampaoli tomaba otra decisión: buscar la salida sin terapias externas ni especialistas en la materia. Tradicionalmente enemigo del diván, el fútbol no hizo una excepción esta vez. El entrenador creyó que había que apuntar a la cabeza, claro, pero desde adentro del grupo. Que la presencia repentina de desconocido podía confundir, o no lograr el efecto deseado. Los argumentos debían ser aquellos que levantaran el ego. "Biglia tiene que saber que si Milan pagó 20 millones de euros por él, es por algo. Y Otamendi no puede perder de vista que juega de titular en un equipo de Guardiola", ejemplifican desde el predio de Ezeiza.


Lo virtual, entendido como las cargadas vehiculizadas en las redes sociales -y apuntadas especialmente contra Gonzalo Higuaín-, impacta en cuerpos que acumulan el lastre de tres finales perdidas.

Esa es la estrategia general amasada en los días posteriores al último empate, los más difíciles. Sampaoli necesitó salir de esos días de turbulencias para aceptar que en algo habían fallado: obsesionados por la pelota, en el cuerpo técnico habían subestimado el peso real que tiene lo que ellos llaman "lo virtual", que separan fuertemente de "lo real". Lo virtual, entendido como las cargadas vehiculizadas en las redes sociales -y apuntadas especialmente contra Gonzalo Higuaín-, impacta en cuerpos que acumulan el lastre de tres finales perdidas. Esos segundos puestos, motivo de orgullo en otras latitudes, en éstas se leen como fracasos. Pero los jugadores no pueden darle valor a esos logros, que encarnarían lo real. Entonces lo real se desvanece y lo virtual se hace carne.

Jorge Sampaoli, en la práctica del seleccionado
Jorge Sampaoli, en la práctica del seleccionado. Foto: LA NACION / Mauro Alfieri

La declaración de Paulo Dybala ("es difícil jugar con Messi") detonó en Ezeiza como un pequeño temblor. Si bien la frase venía acompañada de una explicación futbolística, puso sobre la mesa otro problema: cómo gestionar la convivencia en la cancha entre el mejor futbolista del mundo y los demás. Que la selección tenga a futbolistas consagrados en los mejores clubes de Europa no se relaciona, está visto, con la propiedad transitiva: la mayoría baja el nivel con la camiseta nacional. Para Dybala, la presión de haber sido señalado como el nuevo socio de Messi lo apichonó, le restó rebeldía. Y hasta terminó quitándolo del equipo: en este momento cumbre, su aporte partirá desde el banco, sin que las luces lo enfoquen desde los largos días previos, con cámaras posadas en el predio 24 horas por día.

"Necesitamos líderes en la cancha, que saquen la cara cuando Leo se corre del partido. Hay una sensación de que él siempre lo va a resolver, e inconscientemente a veces alguno puede descansar en eso", sigue el diagnóstico. Si la Bombonera va a latir, tendrá que ser también porque Di María y Banega, por ejemplo, den un paso al frente. O porque lo haga Marcos Acuña, que representa la antítesis de aquellos a los que se les congelan los músculos ante semejante instancia. El volante de Sporting de Portugal es la desfachatez o la pretendida inconsciencia, justamente. Así lo describen. Sampaoli valoró su aporte ante Venezuela, cuando entró y jugó desatado, sin complejos, en el momento más oscuro del recorrido de la Argentina en unas Eliminatorias ya muy chamuscadas.

¿Y el factor Messi? El cuerpo técnico apoya sus convicciones en las del capitán: lo ven implicado, con el deseo intacto, comprometido como siempre y como nunca. "Se bajó del avión y ya estaba a full", destacaban ayer, al verlo entrenarse durante la mañana, apenas cinco horas después de que hubiera llegado desde Barcelona. Rodearlo bien sigue siendo el desafío no cumplido, porque el de afuera de la cancha lo perciben asegurado: ven al 10 ganado para la causa, enchufado en una dinámica grupal positiva. Lo ven terrenal: Beccacece se sorprendió una tarde en la que Messi le hizo un comentario sobre Defensa y Justicia, el equipo que antes entrenaba el asistente de Sampaoli. En eso se puso el foco, también: llegar a Rusia será más fácil si todos ven al número uno como un número más. Como el que va sentado en el asiento de al lado del avión y no como el que tiene poderes para hacerlo despegar.

La campaña de apoyo a la selección en redes sociales

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