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Lastrado por sus errores, Rajoy perdió el corazón de Cataluña

Miércoles 04 de octubre de 2017
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Una marcha de opositores a la independencia, ayer, en Barcelona
Una marcha de opositores a la independencia, ayer, en Barcelona. Foto: AP / Francisco Seco

BARCELONA.- Cinco palabras, gritadas hasta herir las cuerdas vocales, con el puño en alto. "¡Els carrers seran sempre nostres!" El clamor que desbordó ayer una Cataluña en huelga describía con la síntesis de los buenos eslóganes la crisis inmanejable a la que se enfrenta el presidente Mariano Rajoy.

Las calles siempre serán nuestras, coreaban los cientos de miles de catalanes que protestaron contra la represión policial de la votación independentista del domingo. Un mensaje inquietante: si el gobierno catalán se arroja a declarar la independencia, habrá multitudes determinadas a resistir.

Así se fabrican las revoluciones. Un conflicto político. Una elite "iluminada" que toma decisiones en apariencia temerarias. Una multitud que compra la idea. Y un dueño del poder que pierde el control, lastrado por sus errores.

El paro general de ayer desnudó una realidad dramática: Rajoy ya no manda en Cataluña. Hay un gobierno en la región que pretende proclamar una república sobre la base de una legalidad inventada ad hoc y que se escuda en una porción de la población para aguantar la previsible respuesta del Estado.

El rey Felipe VI salió a escena por la noche. El último recurso. Expectación histórica. Estaba escrito que Cataluña le iba a dar su 23-F. La sombra del padre. Aquella noche de 1981 en que Juan Carlos I paró por televisión un golpe de Estado.

Sus palabras confirmaron el rumbo de colisión. Se ató a Rajoy. Acusó a los secesionistas de "deslealtad inadmisible" con el Estado. Les exigió que depusieran su actitud. Como su padre al infame teniente Tejero. Su 3-0 plantea un reto de eficacia: no tiene que rendir a unos fascistas con pistolas, sino mandar a casa a miles de personas desarmadas y empecinadas en llenar plazas. ¿Cómo hará Rajoy para imponer la ley si el presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont, cruza la línea roja de la independencia? La férrea aplicación de la Constitución no le sirvió. Con la política ni lo intentó. Le queda el uso de la fuerza. Ya se vio el domingo cuál es el peligro.

El simulacro de referéndum sólo adquirió un sentido real con las imágenes indefendibles de los antidisturbios golpeando ancianas para arrancarles unas urnas de plástico compradas en Alibaba.

A los líderes independentista se les abrió el cielo. Incapaces de convencer de su deriva a una mitad de los habitantes de Cataluña, se habían arrojado al vacío rogando el error del rival. Eran el arquero que sube a cabecear un córner.

Una palabra

La violencia ensanchó su terreno. El separatismo tenía una consigna excluyente, insolidaria: "España nos roba". A los propios promotores les pesa decirlo en público. Ayer muchísimos jóvenes marchaban con carteles que ponían "España nos pega".

El cambio de una palabra resume cómo fue que Rajoy perdió el corazón de Cataluña. Una cosa es oponerse a la ruptura; otra quedarse impasible cuando golpean a tu vecino. Lo decían ayer barceloneses angustiados por verse arrojados a un conflicto entre sus dos almas, la española y la catalana.

La fractura afectiva beneficia a Puigdemont y compañía. Hace tiempo quieren un Maidán; la plaza de Kiev donde estalló la revuelta ucraniana contra el gobierno prorruso en 2013. Lo imaginan festivo, con música, banderas y porritos. Pero en los maidanes suele haber sangre. Los activistas tienen cercados a los policías estatales desplazados a Cataluña. Entre los que protestan y los uniformados se posan los Mossos d'Esquadra. A ellos los respetan. Los abrazan. Lloran juntos. Los consideran héroes por haberse negado a desalojar colegios electorales. ¿A quién defenderán los Mossos si hay desbordes con la Policía Nacional?

Puigdemont empujó a la gente a los cuarteles cuando exigió a Rajoy que retirara a las fuerzas policiales. "Se quedarán hasta que sea necesario", replicó el ministro del Interior, Juan Ignacio Zoido. Con Barcelona desbordada, Rajoy felicitó por Twitter a los policías estatales por su actuación en Cataluña. Con el hashtag #EstamosporTI.

¿Faltaba firmeza? Bueno, el vocero parlamentario del partido de Rajoy, Rafael Hernando, dijo: "Parece que algunos desean un muerto en las calles de Cataluña".

En el ambiente político español se instala la intriga de si Rajoy tiene un plan para detener el desastre. Después del discurso del rey, la sospecha es que esperará a que Puigdemont apriete el botón nuclear, si tiene el coraje. Tal vez entonces intervenga la autonomía catalana. El problema es que de hacerlo puede perder el apoyo endeble del socialismo, hoy por hoy su sostén.

Tiene otra opción. Aprovechar la condena europea que podría desatar la secesión unilateral para que la República Imaginaria de Cataluña se hunda sola. El ahogo financiero podría ser más efectivo que las porras. Después de la huelga de ayer los radicales del separatismo presionarán a Puigdemont para que no dude: independencia ya. Ellos siguen una lógica. "Podemos poner 2 millones de personas en las calles: ¿alguien cree que no somos capaces de parar la economía catalana durante una semana? Y si lo hacemos, ¿qué impacto tendrá sobre el PBI español? ¿Y qué opinión tendrán los acreedores de la deuda española?" Lo dijo el actual vicepresidente Oriol Junqueras en 2013 en Bruselas. Ya están ahí. El plan a partir de ahora es más precario. Tirar para adelante y ya se verá.

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