El arte de las dedicatorias en las obras literarias

Daniel Gigena
LA NACION
Martes 03 de octubre de 201721:28

Hasta quienes jamás leerán Zama, la novela de Antonio Di Benedetto revistada por el estreno de la película de Lucrecia Martel, conocen la misteriosa dedicatoria del libro: “A las víctimas de la espera”. Es una frase ambigua. La historia de las dedicatorias y la de las obras literarias van juntas. Siglos atrás, los destinatarios de esa práctica eran los mecenas y otros personajes poderosos, entre los que estaban Dios, la Virgen y los santos. Como una especie de retribución por los servicios prestados, de homenaje al más allá y de tributo a príncipes y reyes, los escritores dedicaban odas, fábulas y comedias. Hoy nos daría vergüenza ajena si en una novela leyéramos: “Al ministro Fulano de Tal”.

En una época quise escribir la historia de las dedicatorias en la literatura nacional y con ese propósito anotaba en un cuaderno las que leía en todo libro que cayera en mis manos. Formas de perder del tiempo existieron desde el origen de la humanidad y ninguna es mejor que otra. Había aprendido a amar las dedicatorias con Don Segundo Sombra. Entre los homenajeados, en primer lugar aparecía Don Segundo; luego, la memoria de varios finados, nombres de amigos del autor, de paisanos y de reseros. Al final, Güiraldes dedicaba la novela al gaucho que creía llevar dentro de él (algo que se podía leer con irreverencia).

“Los autores solemos insistir en que se lea a nuestros narradores como figuras construidas, puro artificio –cuenta la narradora Carolina Bruck-. La dedicatoria, sin embargo, es la pista que dejamos para desmentirlo. Dedicar es poner el cuerpo.” En su caso, la autora de la ciudad de La Plata incluye dedicatorias para ofrecer una clave de lectura, celebrar un pacto secreto o invocar una escena compartida. “Cuando leo, intento rastrear esas claves en los textos de los otros. Afinidades, homenajes, deudas y hasta sexo implícito. Livianas como haikus, privadas como contraseñas, lo lindo de las dedicatorias es que nos dejan fantasear”, dice. Ella dedicó No tenemos apuro, un libro de cuentos publicado por Club Hem, a su pequeña hija: “A Luna, cuando sea tiempo de leerlo”.

Con el tiempo las dedicatorias dejaron las cortes reales y el paraíso celestial y se enfocaron en la vida privada. Las menciones amorosas, amigables y familiares se multiplicaron. Un listado dentro del inventario total de los libros dedicados a madres y padres, a hermanos y amigos, a parejas e hijos sería interminable. Mi favorita en ese registro es la de Pedro Lemebel en Zanjón de la Aguada: “Para ti, mamá, estos tardíos pétalos”.

“El acto de dedicar es un agradecimiento por estar a mi lado en el proceso de creación –comenta Patricia Sagastizábal-. Pero también dedico porque cierto libro convoca el poder de la memoria y quiero, como pasa con mis hijos, que no olviden algo que deben recordar siempre.” La autora de Un secreto para Julia señala que nunca agradecería o dedicaría un libro suyo a una persona que ha muerto. “No podría leerlo y para mí dedicar es un acto que se hace en vida de las personas.”

No sólo los que publican libros con dedicatorias impresas trascienden. En libros encontrados por milagro en locales de usados, antes de la dedicatoria de los autores leí muchas veces las dedicatorias que un lector le hacía a otro. El verbo “esperar” estaba casi siempre presente: “Espero que disfrutes este libro como lo disfruté yo”. Esa tradición tuvo su apogeo durante años y después, como todo, llegó su decadencia; actualmente, se la practica poco y nada. En estos días, cuando regalamos un libro evitamos escribir a mano frases sentidas o de ocasión con puntos suspensivos o entre signos de exclamación. ¿Y si el que lo recibe quiere cambiarlo por otro libro?

Que el apego a la conveniencia no nos arruine una costumbre encantadora.

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