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La fractura de una sociedad que convivía en paz y sin temores

Miércoles 04 de octubre de 2017
El País

MADRID.- Escribo esto con la cara encendida. No de vergüenza, sino de rabia. Dos individuos con banderas esteladas atadas al cuello me increparon en la puerta de mi casa: "Fascista, ¡debería darte vergüenza!". Yo bajaba a pasear al perro y al principio, como estaba medio dormida, no creí que hablaban conmigo. Seguí mi camino. Continuaban gritándome y les dije: "¿Pero no les da vergüenza decirme esto a mí sin conocerme?". Continuaron con sus gritos. El perro tiraba de mí. Me alejé.

Seguí en shock. Poco a poco, una rabia sorda, malsana, se apoderó de mí. Desde hace meses, quizás años, los insultos y las descalificaciones a los que, como yo, no seguimos el pensamiento único del independentismo y manifestamos nuestro desacuerdo han sido constantes. Y estos últimos meses el odio está alcanzando cotas inusitadas.

Hasta ahora se circunscribían al linchamiento mediático. Pero ésta es la tercera vez que me gritan fascista en la semana (la primera que contesto) y hay algo en mí que se está rompiendo. Me doy cuenta con una claridad espeluznante de que, pase lo que pase, no hay sitio para mí ni para nadie que se atreva a pensar por su cuenta en este lugar que me ha visto nacer, que hoy será esto; ayer fue el insulto a mi familia y mañana será algo peor.

No importa que condenes la brutalidad policial o que pidas la renuncia de Mariano Rajoy. Como a la vez que condenas el comportamiento del gobierno no condenas el de las autoridades catalanas, inmediatamente eres un enemigo, fascista, franquista. Y piensas en todo el miedo que se instaló como esporas en la piel de los que callan y en secreto vienen a decirte que están contigo, que te agradecen lo que haces, que ni en la intimidad del hogar pueden hablar para que los chicos no los oigan y en el colegio no se metan con ellos. No hablo de anécdotas: ésta es la realidad que vivimos los de aquí. La fractura pasmosa de una sociedad que convivía en paz y sin temores, con diferencias lógicas de opiniones y valores y criterios, pero con respeto.

Recurro, como en muchas ocasiones, a minimizar lo que me pasa para no alimentar más el monstruo del odio que no me haría diferente de los que me insultan. Nunca creí que el precio a pagar por decir con respeto y honestidad lo que uno piensa iba a ser tan alto. Y, sin embargo, no cambiaría por nada esta silenciosa tierra de nadie en la que me hallo, en la que sé que muchos nos hallamos, en la que no suenan himnos, ni gritos, ni proclamas, en donde el aire sólo mueve banderas blancas que susurran al viento "socorro" con la vana esperanza de que alguien, en algún lugar, antes de que sea demasiado tarde, las escuche.

La autora es directora de cine

El País

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