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Si tan sólo el tirador hubiera sido islámico todos sabríamos lo que hay que hacer

Miércoles 04 de octubre de 2017
The New York Times
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NUEVA YORK.- Si por lo menos Stephen Paddock fuese musulmán... Sí por lo menos hubiese gritado "Alá es grande" antes de abrir fuego sobre los asistentes a ese recital en Las Vegas... Si por lo menos fuese miembro de Estado Islámico (EI)... Si por lo menos hubiera uno foto de él posando con el Corán en una mano y un rifle en la otra...

Si hubiese pasado todo eso, nadie nos estaría recriminando por deshonrar a las víctimas y "politizar" el asesinato en masa de Paddock cuando hablamos de remedios preventivos.

No, no, no. En ese caso, sabríamos lo que hay que hacer. De inmediato el Congreso convocaría a una audiencia sobre el peor atentado terrorista en territorio norteamericano desde el 11 de Septiembre. Cada media hora recibiríamos un tuit de Donald Trump con la frase "Yo les dije", como lo hace minutos después de cada atentado terrorista en Europa, precisamente, para politizarlo de inmediato. También habría una urgente convocatoria a una comisión investigadora que establezca qué leyes habría que aprobar para que no vuelva a pasar. Y a continuación estaríamos "sopesando todas las opciones" contra el país de origen del atentado.

Pero ¿qué pasa cuando el país de origen es el nuestro?

¿Qué pasa cuando el asesino es sólo un estadounidense desequilibrado y armado hasta los dientes con armas de tipo militar, compradas legalmente o adquiridas fácilmente debido a nosotros mismos y a la laxitud demencial de nuestras leyes de control de armas?

En ese caso, también sabemos lo que pasa. El presidente y el Partido Republicano se abroquelan para asegurarnos de que no pasa nada. A continuación, y contrariamente a lo que hacen ante cada ataque de EI, insisten en que el hecho no debe ser "politizado" con requerimientos a nadie, y menos aún a ellos, de mirarse un poco al espejo y repensar su oposición a una ley de armas que sea sensata.

Así que repasemos: somos capaces de poner el mundo patas para arriba para rastrear hasta el último combatiente de Estado Islámico en Siria. Les pedimos a nuestros mejores jóvenes que estén dispuestos a hacer el sacrificio definitivo para matar o capturar hasta al último terrorista. ¿Y a cuántos norteamericanos mató EI en Medio Oriente? Ya no me acuerdo. ¿Eran 15 o eran 20? Y nuestro presidente no para de repetirnos que cuando se trata de Estado Islámico, la derrota no es una opción, la indulgencia no está en el menú, y que él es tan duro que hasta tiene un secretario de Defensa apodado "Perro Loco".

Pero cuando hay que pelearse con la Asociación Nacional del Rifle (NRA, por sus siglas en inglés), que ha obstaculizado más que ningún otro grupo la aprobación de leyes de control de armas sensatas, la victoria no es una opción, la moderación no está en el menú, y el presidente y el Partido Republicano pasan de ser perros locos a gatitos falderos.

Y no se les puede pedir que hagan el menor sacrificio para que defiendan una legislación que quizás haría un poco más difícil que cualquier norteamericano pueda acopiar un arsenal como hizo Paddock, con 42 armas de fuego, algunas de ellas rifles de asalto, 23 en la habitación del hotel y otras 19 más en su casa, varios "dispositivos electrónicos" no especificados y miles y miles de rondas de municiones. Será otro cazador de ciervos, supongo.

Para aplastar a EI, el presidente y su partido están siempre listos. Para pedirle un mínimo de moderación a la NRA, son ausentes sin aviso. No importa cuántos inocentes mueran, no importa siquiera que uno de sus propios líderes parlamentarios haya sido baleado mientras jugaba al béisbol: nunca es buen momento para discutir cualquier política seria para aplacar la violencia armada.

Tomarse en serio a EI en el exterior, pero después no hacer nada para reducir las amenazas en nuestro propio patio trasero, en nuestros recitales y en nuestras ciudades costeras, es una locura absoluta.

Y también es corrupción. Porque detrás está el dinero y la avaricia de los fabricantes y vendedores de armas, de las compañías petroleras y mineras, y de todos los legisladores y controladores a los que han comprado para que no abran la boca. Saben perfectamente que la mayoría de los estadounidenses no pretende negarle a la gente el derecho a cazar o a defenderse. Lo único que queremos es negarle a la gente el derecho a amasar un arsenal militar en su casa o en un cuarto de hotel y usarlo contra norteamericanos inocentes cuando se vuelven locos. Pero la NRA los tiene cobardemente agarrados del cogote.

¿Qué hacer entonces? Olvídense de convencer a estos legisladores. Ni están confundidos ni están desinformados. O fueron comprados o fueron intimidados. Así que hay un solo remedio: llegar al poder. Si están tan hartos como yo, entonces logren que alguien se registre para votar, preséntense a elecciones por algún cargo público, o donen dinero a alguien que esté en campaña, para reemplazar a estos legisladores cobardes por una mayoría que apoye una ley de armas con sentido común. Hablamos de poder crudo, no de persuasión. Y la primera oportunidad que tenemos de cambiar el actual equilibrio de poder es en las elecciones de medio término de 2018.

Hay que enfocarse en llegar al poder. Y hay que empezar ahora.

Traducción de Jaime Arrambide

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