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Argentina-Perú: épica, redención y Bombonera

Ezequiel Fernández Moores

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PARA LA NACION
Miércoles 04 de octubre de 2017 • 01:06
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Los estadios, es cierto, no son escenarios "neutrales". Vimos el domingo pasado cómo un Camp Nou desnudo confrontó con un Bernabéu disfrazado de España. Hay estadios que cargan con nombres de tragedia deportiva (Maracanazo). Y tragedia real (Heysel, Sheffield, Hillsborough). El mayor desastre sucedió en el Estadio Nacional de Lima. Fue en 1964. En un Perú-Argentina sin 6-0, sin cacerías de Luis Reyna sobre Diego Maradona y sin goles agónicos de Ricardo Gareca o de Martín Palermo. Pero con 320 muertos. Viejos hormigones de cemento se llaman hoy Arena. O Wanda Metropolitano. Hasta Wembley fue demolido. Una Argentina más "moderna" inició Superliga que incluye horario chino y proyecta Mundial 2030. Sin embargo, para ir a Rusia se aferrará mañana a la Bombonera. Al viejo coliseo que hasta el propio Boca amaga jubilar.

No hay explicación seria sobre la mudanza. La necesidad del cambio como fruto de la desesperación. Y de un ambiente más caliente, tanto que su último recuerdo en partidos decisivos remite al gas pimienta lanzado contra gladiadores que tenían prohibido salir victoriosos del fortín. Lo recordó la propia Federación Peruana en su protesta ante la FIFA. Paolo Guerrero, su figura, cotiza en 4 millones de euros, un caramelo comparado con Leo Messi. Eso no es garantía de nada. La Argentina de atacantes VIP, bicampeona mundial, improvisa nerviosa ante un rival con muchos menos pergaminos, pero más calmo. No sólo cambió estadio, sino también de DT. La AFA llamó a Jorge Sampaoli para que su revolución táctica sacuda a una selección bloqueada. Pero, tras la decepción del 1-1 contra Venezuela, le decimos a Sampaoli que no arriesgue cambios, que la revolución puede ser un sueño eterno. Que la Bombonera y La 12 nos llevarán a Rusia.

Difícil que Paolo, el Guerrero, sienta miedo en esa Bombonera de cercanías intimidantes y que en la salida del túnel no deja ver el cielo. De la infancia pobre en el barrio de Chorrillos, Paolo se fue casi directo al Bayern Munich. "¿A Bayern?", cuentan -y niegan- que preguntó Franco Navarro, su DT en Alianza, cuando se enteró de la trasferencia. "Será a preparar Baygón y a matar cucarachas". Cuatro temporadas después pasó al Hamburgo. Explotó en Brasil. Máximo goleador extranjero en la historia de Corinthians, superando a Carlos Tevez. Ahora estrella de Flamengo. Artillero récord de la selección peruana, Paolo lloró al ver "Guerrero", el filme sobre su vida estrenado este año, que busca mostrar, con poco éxito, que "cualquier niño puede alcanzar sus metas".

Estuve en la cancha de las finales mundiales del '78 y del '86. Y estuve también de niño cuando la Argentina no se clasificó a un Mundial. Fue en 1969, contra Perú y en la Bombonera. Para Perú fue ganar la Copa. "Perú campeón", la canción más emblemática de la selección, fue escrita tras la hazaña en La Boca. "Perú campeón, Perú campeón, es el grito que repite la afición", cantaban "Los Ases del Perú". La épica peruana incluye a la selección de Lolo Fernández que le ganó 4-2 a Austria en un alargue accidentado y fue obligada a jugar otra vez el partido en Juegos Olímpicos de Berlín 36, plena Alemania nazi. El gobierno peruano se negó. Los jugadores fueron recibidos como héroes. Exagerado, el relato peruano incluyó a Hitler en la cancha, supuestamente furioso por el triunfo de esa selección de negros, cholos, zambos y mestizos.

"No hay nadie, ni siquiera los editores de este diario, que piense que Perú no puede sacar un buen resultado en la Bombonera. ¿Se volvieron todos locos?", me dice un colega peruano desde Lima. "El chauvinismo peruano -añade otro- es hijo del iluso 'sí-se-puede'; el argentino de una canchera estadística". Ricardo Gareca conoce a ambos. Su gol del '85 (Perú siempre reclamó empujón previo de Pedro Pasculli a Javier Chirinos) eliminó al rival. Pero tampoco Gareca fue al Mundial de México. Treinta y dos años después, Perú y Gareca buscan su Copa. "Mayor redención -escribió Ricardo Cisneros-, imposible". El Flaco, claro, ya conoce el ambiente. Barras de Boca llegaron a cantarle que tenía cáncer. Los de River lo apuntaron con revólveres.

"¿Qué ha cambiado en el siglo 21? Que los jugadores -escribió una vez el peruano Santiago Roncagliolo- se han vuelto superhombres en lo físico.y bebés en lo psicológico". Mañana se jugará a la pelota dentro de una vieja caja de bombones. En un estadio "caído como un meteorito", "único, ilógico y surrealista", que "resiste encogido de hombros", sin espacios, y con hinchas que vuelven al fútbol como "rito tribal". Es el italiano Alessandro Baricco quien describe a la Bombonera como "algo nunca visto". Otras crónicas hablan de una energía acumulada en décadas de iras, angustias, alegrías, coros y saltos. De cenizas, espíritus y fantasmas. Y de ruidos nocturnos, que otros atribuyen en cambio a fierros que se dilatan y a las palomas. La Bombonera puede latir o temblar. Pero no juega. Juegan los jugadores. Con piernas, cabeza y corazón.

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