Perder a un hermano; una historia de dolor y aprendizaje

Tenía un lazo especial con sus hermanos y tuvo que atravesar una de las experiencias más desgarradoras; su testimonio es duro, pero también es una gran lección de amor

Carina Durn
PARA LA NACION
Viernes 06 de octubre de 201700:02

Esta es una historia triste. Pero también es una historia de esperanza; una para creer y sentir que es posible ayudar y que, los sucesos inesperados que nos toca vivir, no son en vano. Y, aunque el relato podría haber sido escrito desde la perspectiva de los padres, la que comparte sus emociones es Lourdes, una hermana menor de tres hermanos inseparables. Lo hace, porque siente que ese lazo fraternal es único en su especie y que atesora sentimientos inigualables.

“Todo en la vida tiene solución, menos la muerte y pasado pisado. Dos frases que me repetí tantas veces en mis 23 años de vida", comienza a contar Lourdes, decidida. "Parecía que con esas dos sentencias, podía ponerle el pecho a cada complicación que se me presentara. Pero el 17 de diciembre del 2016, dejaron de servirme."

Los hermanos sean unidos

Lourdes creció en una de esas familia donde era costumbre mirarse a los ojos, recurrir a abrazos sorpresivos y decirse "te amo" cada día. Esas en donde las peleas duraban 5 minutos, porque olvidaban por qué habían empezado; una en donde ella, junto a sus dos hermanos, saltaba las olas de la mano, y la navidad significaba bailar en el living de forma ridícula, sin vergüenza. Fue así, hasta la navidad del 2016; una en donde no hubo festejo.

Por aquellos días, estaba estudiando licenciatura en Recursos Humanos y vivía con su hermana Anita y con su hermano Gusti en Córdoba Capital. Gusti en realidad iba sólo los fines de semana, porque estaba pupilo en la escuela de Sub Oficiales de la Fuerza Aérea. Él ya era esposo y padre, y se encontraba ampliando su formación para darle un mejor sustento a su familia.

"Era jueves 15 y mi única preocupación era rendir bien la última materia de mi carrera", recuerda Lourdes. "Era todo un tema, porque al otro día se iba a llevar a cabo el acto de colación de Gusti. Para la cena de celebración de la nueva camada de Sub Oficiales, también se vino mi papá desde Comodoro Rivadavia. ¿Qué paso con mamá, los hijos de mi hermano y su mujer? Se quedaron en Comodoro porque acaba de nacer Pío, que en la intimidad le decimos Pionchi, el hijo de Gusti que nunca alcanzó a tener entre sus brazos."

Un abrazo y un te amo

Lourdes dice que lo que hace hoy es "turismo memoria" por recuerdos que le cuesta pronunciar porque, inevitablemente, se le hace un nudo en la garganta; uno que se instala firme y que le cuesta remover. Y, sin embargo, no puede evitar hablar de él. Lo describe como una de esas personas que se reía y hacía reír hasta doler la panza. "Era fantasioso e inquieto, de esos seres que te dan fuerzas e invitan a soñar grande, a tirarse a la pileta y a hacerle frente al miedo. ¿Te pasó alguna vez que cuando abrazás a una persona, te sentís a salvo y que es tu hogar? Bueno, esa magia me transmitía Gusti.", cuenta Lourdes, emocionada.

“Lamentablemente, el Cabo Gustavo Ruiz ha fallecido. Esa es la frase textual con la que el Comodoro nos transmitió la noticia en la puerta del departamento donde vivía con mi hermana Anita y Gus", rememora. "Todo en la vida tiene solución, menos la muerte. Sí, esa sentencia me dejó de funcionar el día en el que él, con sus 26 años, fue atropellado por una persona a la salida de su cena de egresado, provocándole la muerte instantánea. Lo que debería haber sido una celebración que le marcara la vida de forma alegre -era el primero de los tres en egresar- terminó siendo la más trágica de todas. Gus se fue, nos dejó….. o más bien no tuvo opción, alguien pasó a toda velocidad el semáforo en rojo, llevándoselo por delante y quitándole la posibilidad de ver crecer a sus tres hijos; quitándole el sueño de conocer a su hijito recién nacido."

Lourdes recuerda que ese día, con el cansancio del año que venían arrastrando, se fueron temprano de la cena con Anita y su papá. Cuenta que, a primera hora de la madrugada, y afuera del salón, su padre se fundió en un abrazo con Gusti y se dijeron que se amaban. "¿Y yo?", dice Lourdes, "Por no caminar unos metros, me perdí un abrazo y un te amo. ¿Mi consuelo? Saber que nos quisimos como hermanos tanto como pudimos y nos abrazamos toda una vida, todo esto gracias a una mamá que nos enseñó a brindar afecto, a decir lo que se siente sin vergüenza, y a tener poca memoria para las peleas."

La esperanza de Lourdes

Ya pasaron 9 meses y 19 días de aquel 17 de diciembre y, para Lourdes, el presente a veces resulta aterrador. Sus papas crían a sus nietos, su cuñada vive por sus hijos, su hermana no para de soñarlo y ella no termina de llamarlo cuando despierta en la madrugada. Nunca antes había sentido tanto dolor. Por momentos, lo que la atraviesa es demasiado; dice que es como un tsunami de dolor, donde las olas golpean su alma y la dejan atónita.

“¡Pasado pisado!, me dije fríamente como respuesta a esta tristeza que me abrazaba por completo", Lourdes suena determinante, "Hasta que alguien me dijo No es cualquier pasado. ¡Y cuánta razón tenía! Ahora me encuentro acá, enfrentando el mayor de mis miedos: que alguien que amo mucho, muera. Nadie es eterno, es así….. nacemos y morimos….. la ley de la vida, los hijos entierran a los padres. Mil millones de veces escuché eso de boca de papá. Lo loco es que papá hoy no habla, no le salen las palabras para pronunciar esa oración que me solía decir. Y cuántas veces en el pasado me dije: tengo tanta fuerza que, si les pasara algo a mis hermanos, yo sacudo el mundo. Lo cierto es que el mundo me sacudió a mí. Me sacudió de tal manera, que rompió con mis estructuras, con mis frases “motivadoras” y con la Luli de antes. Ahora soy otra totalmente distinta: nadadora olímpica en aguas de la nostalgia."

Pero si hay algo dentro de Lourdes que siempre la hizo mover montañas, es la esperanza. Por eso, ahora vienen los para qué. Por más que no tenga las respuestas y sienta que el tiempo es demasiado efímero como para buscar algo que probablemente nunca encuentre, sí optó por fijarse en lo que aprendió de todo esto:

"Esa noche me fui antes de la graduación, como nunca. Me fui sin abrazarlo ni decir te amo, porque supuse que lo iba a ver en el departamento. ¿Aprendizaje? Ser más consiente de los momentos de disfrute. Hoy por hoy, me ocupo de grabar cada detalle en mi memoria. De decir te amo hasta cuando alguien que quiero se va al kiosco.

Muchos problemas no son problemas. Lo peor ya pasó, el resto son situaciones. Aprendí que la tristeza es una emoción que es parte de la vida. Conversando con mi amiga Viole, le decía: Esto no es vivir, este dolor es tan fuerte que me desagrada vivir así. Existo pero no vivo. Ella me indicó que si siento esta tristeza, quiere decir que estoy viva, que amé y que por eso duele. Que el dolor se transita y es parte de la vida.

¡El hecho de que el peatón cruce cuando para los autos está en rojo, no te garantiza nada! Antes de cruzar la calle, hay que asegurarse de que el auto frene en rojo y luego cruzar. ¡Por favor, presten atención a este punto y aplíquenlo para su vida diaria!

Gus tenía un escrito donde afirmaba que quería que se donen sus órganos. Lamentablemente, lo encontramos días después de su muerte y no pudo llevarse a cabo. Pero a través de su deseo, me hizo entender que estamos de paso, que nuestro cuerpo es un templo que guarda nuestra alma, pero un templo que queda en la tierra cuando morimos. Que hay alguien que se muere por vivir; por favor, que el dolor no nos saque la lucidez de tomar la decisión de dar vida, de donar los órganos y darle oportunidades a otras personas que se encuentran en la lucha por vivir. Esa, me parece que es la mejor huella que puede dejar una persona que se va; ese, es uno de los actos más puros de amor que conozco… Es acá donde se me viene a la mente mi mamá, que cada vez que ve una foto de Gus, se arrepiente de no haber estado lo suficientemente lúcida como para solicitar la donación de órganos de su amado hijo; de no haberlo hecho por instinto y antes de descubrir que ese era su deseo.

Seguramente, y a medida que pase el tiempo, aprenderé más cosas. También aceptaré la realidad de forma completa, pero no por ello quiero dejar de compartir lo que aprendí; lo que creo que está bueno que todas las personas tengamos presente."

La de Lourdes, es una historia que narra los sentimientos de una hermana. También es una historia de anhelo, de esperanza de que nos esforcemos por cuidarnos y amarnos mejor.

Porque para nosotros, aquellos que aún respiramos en esta tierra, todo tiene solución, menos la muerte.

Si tenés una historia propia, de algún familiar o conocido y la querés compartir, escribinos a GrandesEsperanzas@lanacion.com.ar

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