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El arte de decir lo que no admite ser dicho

Pablo Gianera

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LA NACION@gianera
Domingo 08 de octubre de 2017
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No hay género más impuro que el de la biografía: ensayo, narrativa, crítica, historia e incluso (también, sí) ficción son dosificados por el biógrafo según las demandas de esa vida que se propuso contar. Tal vez, por eso mismo, la biografía tiene una conexión existencial con su objeto que es única: en lugar de ser el libro el que organiza un mundo, es la vida la que da forma a un libro.

¿Y qué pasa cuando esa vida que se va contar no tiene casi espesor exterior y está, se diría, desprovista de peripecias? Eso parece haberse preguntado la escritora Penelope Fitzgerald, la escritora inglesa muerta en 2000, y su respuesta fue su testamento literario: La flor azul. La vida que Fitzgerald quiso contar era la del poeta alemán Novalis, pero antes de que él adoptara ese alias, viejo nombre familiar que significaba “tierra nueva”; es decir, quiso contar la vida de Friedrich von Hardenberg. Más que una vida en minúsculas, la del poeta fue una vida exteriormente minúscula, tanto por la escasa profusión de aventuras como por la brevedad: murió a los 29 años. Una única peripecia parte en dos esa vida: la relación sentimental con Sophie von Kühn, de la que Hardenberg se enamoró cuando ella tenía doce años. La muerte de Sophie, a los 15, se convirtió en el punto fijo alrededor del cual giró la vida interior del poeta. De esa muerte nacieron los poemas de Himnos a la Noche, especie de sol negro de la melancolía habitado sin embargo por la esperanza futura y núcleo de toda una filosofía poética y una poesía filosófica.

Pero los escritos de Novalis hablan por sí mismos y, en cuanto reflejos de la catástrofe interior, no admiten glosa ni explicación. La flor azul se interrumpe justo con la caída al abismo de la muerte de Sophie y nada nos dice de esa obra, pero esa obra (la de la Novalis) se lee de otra manera después de leer el libro de Fitzgerald. Esto sucede porque Fitzgerald, que no puede hacer una biografía con tan poca cosa, tuerce la biografía a la ficción. Todo lo contado es cierto pero el hecho mismo de ponerlo en narración le confiere una verdad que se le escapa para siempre a la biografía.

Fitzgerald entiende que la aguda espiritualidad de Novalis sólo puede ser capturada por medio de la materialidad más cruda, y no es casual que su novela se arranque así misma de la nada con el día en que la familia Hardenberg poner a lavar la ropa blanca y las sábanas caen de las ventanas a los patios como fantasmas, desencarnados pero visibles. Cuando hace falta, le cede la palabra al poeta, a veces sin que el lector se de cuenta, porque parte del arte de Fitzgerald consiste en la ventriloquia entre la voz propia –aun multiplicada en los personajes– y la del poeta: “Tal como están las cosas, somos los enemigos del mundo y unos extraños en esta tierra. Nuestra comprensión del mundo es un proceso de extrañamiento”. Fitzgerald consigue que lo maravilloso se revele en los hábitos, en la periodicidad de las estaciones, en los ambientes pueblerinos de Weienfels y Grüningen, en lo más cercano. “Si una historia empieza con un hallazgo, debe terminar con una búsqueda”. Un acto de justicia al tour de force romántico: decir lo que no admite ser dicho.

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