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Ronda, tan misteriosa como romántica

Iván de Pineda

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LA NACION
Domingo 08 de octubre de 2017
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Una pequeña verja abierta da espacio al nacimiento de una empinada escalera natural, formada sobre la ladera de la colina y producida por añares de uso, arriba y abajo sin parar.

Abajo se ve un valle, verde y en parte sembrado, poblado con la vegetación tan característica de esta región de Andalucía.

Mientras uno baja se da cuenta de que, atencion, la subida va a costar un Perú, pero la belleza que encontramos frente a nuestros ojos nos compele a seguir descendiendo hasta un pequeño promontorio desde donde podremos observar la magnífica escenografía que nos regala la siempre romántica y misteriosa ciudad de Ronda.

Ésta, llena de pequeñas calles y cuestas, de tranquilas plazas y de fabulosos balcones, lugares ideales para que todo se detenga y pongamos el tiempo de nuestro lado, nos quedará impresa en nuestra memoria y será uno de los tesoros que recordaremos de nuestras andanzas de viaje.

Por aquí pasaron en una línea de tiempo continua celtas, fenicios, romanos, suevos y visigodos. Musulmanes y cristianos se la disputaron.

Todos y cada uno de los pueblos y civilizaciones que pasaron por aquí dejaron su huella. Dejaron vestigios por momentos imperceptibles pero importantísimos para la creación de la cultura e idiosincrasia local.

Ya llegada la epoca moderna y con las invasiones napoleónicas, Ronda y los asentamientos vecinos se transformaron en un foco de resistencia tenaz, donde grupos de bandoleros bajaban de las sierras para combatir a los invasores. Las historias de estas feroces bandas que se transformaron posteriormente en asaltadores de caminos, por momentos contrabandistas y a veces especies de Robin Hood hispanos, retratadas por escritores, hispanistas y viajeros como Washington Irving o Richard Ford, donde se mezclaba la realidad con la ficción, terminaron de darle ese aura de crudo romanticismo que muy bien lleva esta ciudad.

También cada una de las importantes obras arquitectónicas de la ciudad esconderán secretos y leyendas dispuestas a ser descubiertas para deleite de nuestros oídos e imaginación.

Como la de la Casa del Rey Moro y su imponente escalera de 60 metros que desciende hacia la mina de agua, que abastecía a la ciudad desde el río Guadalevin. Al ser Ronda conquistada por el Marqués de Cadiz, se pensó (o así cuenta la leyenda) que uno de los últimos reyes musulmanes, Abomelic, había tallado la escalera en la roca a razón de un escalón por día, de ahí los 365 escalones originales, para que su hija, de cautivadora belleza, pudiese bañarse sin ser vista por los rondeños.

Pero ahora es tiempo de volver a mi momento de contemplación, con los aromas agrestes y silvestres de los matorrales que trae consigo el templado viento que dentro de poco se transformará en torrido verano. Con el río Guadalevín allí abajo y el majestuoso Tajo de Ronda abierto por las aguas con su Puente Nuevo, que se yergue a 100 metros de altura, uniendo la parte histórica con la moderna de la ciudad.

La imagen es única: edificios abigarrados sobre la cornisa, las inmensas arcadas del puente, el agua cayendo por la roca y otra leyenda que cuenta la historia de Jose Martín de Aldehuela, uno de los artífices de esta maravillosa obra de ingeniería, quien desde su creación mas emblemática se arrojó al vacío para evitar así construir un puente que lo superara en belleza.

Como dijo Rainer Maria Rilke: "Aquí corre un aire fuerte y magnífico, las montañas se abren para entonar salmos por sus vertientes y, apilada sobre una meseta, se levanta una de las más antiguas y extrañas ciudades españolas".

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