Vim Vandekeybus: "Quizá cambié algo en la danza porque no sabía nada de danza"

El gran coreógrafo belga, creador de obras de una potencia escénica única, estrena hoy uno de los montajes más esperados

Viernes 06 de octubre de 2017

Como si se tratara de una escena circular, el talentoso coreógrafo belga Wim Vandekeybus, junto a su compañía Última vez, estuvo en la primera edición del Festival Internacional de Buenos Aires (FIBA). Aquella oportunidad, presentó 7 for a Secret never to be told. Veinte años después, en el mismo festival escénico, hoy estrena In Spite of Wishing and Wanting, en el Coliseo.

Apenas llegado a Buenos Aires, de casualidad vio en la Fundación Proa Manifiesto, la magnífica instalación protagonizada por Cate Blanchett. Llega al reportaje impresionado por esa propuesta. No es extraño de imaginarlo: Vandekeybus es un creador, tan coreógrafo como cineasta. Su producción es tan increíblemente física (sus bailarines son verdaderas fieras escénicas) como de un fino y potente trabajo sonoro y visual.

De aquella primera visita a la ciudad recuerda poco. Sí se entusiasma con la idea de volver dentro de dos años al FIBA para mostrar otro trabajo. Tanto es ese entusiasmo que pregunta si seguirá el mismo equipo artístico del festival para poder avanzar en esa gestión. Claro que cuando se le comenta que en menos de dos años la ciudad ya tuvo dos ministros de Cultura, cae en la realidad local.

In Spite of Wishing and Wanting se estrenó en 1999. Implicó para él un giro rotundo en relación con sus montajes anteriores: trabajar con el elenco exclusivamente masculino. Fue un éxito, algo ligado a un hito. En la propuesta, la danza, el teatro, el cine y la música logran una personal simbiosis. La banda sonora fue creada por David Byrne, que aporta un clima en el cual conviven monólogos sobre el miedo, el deseo de seguridad y la magia del sueño. En el trabajo de capas, de la obra forma parte la película The Last Words, basada en dos historias de Julio Cortázar. Hace pocos años, la reflotó.

"Nosotros no somos una compañía de repertorio -explica en un generoso castellano-, pero la retomamos porque, casi, diría que es más contemporánea ahora que cuando la estrenamos. Es una muy física frente a una tendencia actual de danza conceptual. Por eso creo que el público busca ver algo como más tosco, ver a estos bailarines hombres que son como fieras. Y la música de David Byrne no suena a vieja, aunque en algún momento pueda sucederte, en medio de una película deliberadamente surrealista.

-¿Y por qué Cortázar?

-En aquel tiempo leí muchas historias suyas. Estando en Japón, decidí escribir libremente mi versión sobre dos de sus cuentos ["Acefalía" y "Cuentos sin moraleja"]. Entré en contacto con Carl Dunlop, quien era la mujer de Cortázar, le mandé mi versión y, aunque me hizo notar que no tenía el mismo final, me dio el permiso porque les había gustado mi versión. El estreno mundial de la obra fue en Italia y por eso hice que los actores hablaran italiano para dar un atmósfera fellinesca. Cortázar fue de una enorme inspiración, ya que toda la obra está basada en la idea de comprar algo que no te pertenece. Y es muy sabio ese concepto y muy actual con ese imaginario de que te podés quedar en casa recorriendo el mundo por Internet o comprando cosas como el amor. Los cuentos de Cortázar tienen ese don visionario que tuvo George Orwell en 1984. Es como si la ciencia ficción de los setenta y los ochenta ahora fuera la realidad.

-¿Cómo fue el trabajo con David Byrne?

-Una vez nos conocimos y nos pusimos de acuerdo para hacer algo juntos. El proceso fue fantástico, no paraba de mandarme material. Es una persona muy intuitiva.

-¿Vos no? Sos coreógrafo y cineasta, pero estudiaste fotografía y psicología.

-En verdad, piscología sólo dos años... Pero no he estudiado danza ni dirección de cine, aunque haya hecho dos largometrajes. Cuando empecé no sabía cómo escribir un guión, no sabía nada. Fui aprendiendo. Con lo coreográfico me pasó lo mismo. Cuando [en 1988], en Nueva York, ganamos un gran premio por haber "revolucionado la danza" [se refiere al Bessie Award que obtuvo su obra What the Body Does Not Remember y que el jurado consideró "una brutal confrontación entre danza y música"] desde ese momento quedó establecido que soy coreógrafo. Quizá cambié algo en la danza porque no sabía nada de danza. Si hubiera estudiado, seguramente habría salido otra cosa. En los inicios trabajé con gente que tenía mucha más experiencia que yo, pero entiendo que tenía ideas. También contaba con músicos que me enseñaron a elaborar la estructura. Si querés cambiar algo, tenés que cambiar el modo de trabajo. A veces es más fácil no conocer el medio para poder modificarlo.

-¿Esa libertad creativa en algo tiene que ver con Bélgica? Es que en el mapa coreográfico Bruselas es una verdadera usina y laboratorio de creación.

-Pienso que a los belgas no nos gusta admirar a los maestros. Salvo el caso de Anne Teresa de Keersmaeker, muchos de los que terminamos haciendo montajes coreográficos (desde Alain Platel hasta Jan Fabre) llegamos desde otras disciplinas. Cuando yo inicié mi trayectoria, la única compañía establecida era la de Maurice Béjart. Esa característica hizo que cada uno siguiera caminos muy personales por fuera de escuelas, maestros y tendencias.

-En medio de ese panorama, ¿cuál considerás que es tu marca?

-Me considero un contador de historias, sean abstractas o no. No soy un conceptualista, aunque todos mis trabajos comiencen con una idea. No tengo una marca, por eso los programadores me tienen un poco de miedo, puedo cambiar mucho de una obra a otra. Se me hace difícil definir una forma propia, aunque, seguramente, toda mi producción tenga un temperamento que se reconoce.ß

In Spite of Wishing and Wanting

Hoy y mañana, a las 19. Coliseo, Marcelo T. de Alvear 1125

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