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Hermetismo y divisiones dentro del ecléctico bloque de separatistas

En un momento de alta intensidad, hay dudas sobre cómo gestionar las expectativas generadas

Viernes 06 de octubre de 2017
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MADRID (De nuestro corresponsal).- "Esto ya no está en nuestras manos." La descripción de un alto cargo del gobierno catalán refleja el momento de incertidumbre y sobrecarga emocional que embarga a los cabecillas del movimiento que prometió crear una república independiente por obra y gracia de la voluntad política.

Son horas de hermetismo y divisiones. El bloque separatista es un collage que aglutina a la burguesía tradicional y a los anarquistas; a liberales y socialdemócratas; a católicos y anticlericales. Celebraron todos juntos el triunfo que significó haber montado el referéndum del domingo a pesar de los obstáculos legales y represivos del Estado. Pero ahora dudan sobre cómo gestionar las expectativas que generaron.

La presión de la calle es inmensa. La porción de los catalanes que confiaron en ellos y llevan cinco años movilizados quiere la independencia ya. Del otro lado está la realidad: el gobierno de Mariano Rajoy les advierte que la reacción será terrible. La suspensión de las instituciones catalanas y la cárcel para sus autoridades, para empezar a hablar. Los grandes bancos huyen de Cataluña. Europa les da la espalda.

El presidente Carles Puigdemont se anota en el bando de los que quieren declarar la independencia el lunes y asumir las consecuencias. "Hay que completar el camino", suele decir. En su partido dudan. Es la antigua Convergencia, la maquinaria que fundó el patriarca Jordi Pujol, caído en desgracia por la corrupción. Ahora se llama Partido Demócrata Europeo Catalán (Pdecat).

Acaso por recuerdo de la etapa pactista, muchos de sus dirigentes creían en buscar una vía intermedia que evitara un contraataque fulminante de Rajoy y la Justicia. Algunos de ellos mantenían canales de diálogo con la Moncloa. Al fin y al cabo, los convergentes tuvieron durante años mucho en común con los conservadores del PP. Los separaba el nacionalismo, pero compartían visiones del mundo, de la economía y de la política.

La comunicación se cortó hace dos semanas. "Los últimos contactos fueron dramáticos. «Os vamos a machacar», fue el mensaje desde Madrid", cuenta uno de los protagonistas. En el entorno de Rajoy confiaban que aquellos políticos surgidos de la burguesía catalana detendrían en algún punto el desafío. Al descubrir su error entraron a jugar otras pasiones: el rencor.

Los moderados descubrieron qué significaban esas palabras cuando, el 20 de septiembre, la guardia civil detuvo a 10 altos cargos de la Generalitat que estaban en los preparativos del referéndum.

Entonces se abrieron dos bandos entre los convergentes. Unos dicen: si igual van a venir a aplastarnos que sea por una causa histórica. Otros todavía creen que se puede reconducir la crisis y evitar una situación ruinosa en lo social (disturbios, violencia) y personal (cárcel, embargos económicos). El anuncio de la mudanza de las sedes de los dos gigantes de la banca catalana (La Caixa y Sabadell) agigantó ayer su angustia.

De ese sector surge la idea de edulcorar la declaración de independencia. Un dirigente catalán lo define así: "Sería declarar que vamos a declarar la independencia en un determinado plazo". Puigdemont iría al Parlamento y daría un discurso ambiguo. No habría votación, de modo que no se produciría ningún hecho jurídico susceptible de despertar una intervención de la autonomía o una imputación penal.

La idea no seduce a la gran mayoría del otro partido del gobierno, Esquerra Republicana de Catalunya (ERC). Allí es mayoritaria la posición de cumplir lo que dice la ley que amparó el referéndum. El artículo 3 dispone que en caso de que la votación sea afirmativa el Parlamento celebrará una sesión en los dos días siguientes a la proclamación del resultado "para efectuar la declaración formal de la independencia de Cataluña, sus efectos y acordar el inicio del proceso constituyente".

La gran incógnita sobre ERC es si su líder, el vicepresidente Oriol Junqueras, apoya esta deriva. "Dice que sí, pero creemos que trabaja para que no", resumió el jefe de uno de los bloques de la oposición.

Junqueras tenía todo para ser el próximo presidente catalán en unas elecciones autonómicas. Es un católico practicante, de formación jesuita. Se lo señala como impulsor de una posible mediación de la Iglesia, vía el Vaticano. Rajoy se niega.

Quienes más presionan son los anticapitalistas de la CUP. Quieren independencia sí o sí el lunes.

Es clave la posición de las organizaciones cívicas de impulso al separatismo, Asamblea Nacional Catalana (ANC) y Òmnium Cultural. Sus líderes, Jordi Sànchez y Jordi Cuixart, respectivamente, ya están imputados por un delito de sedición. Ellos son los responsables de las marchas que desbordarán Barcelona para apoyar la secesión. Pero también quienes tendrán que gestionar la calle en caso de una ola represiva.

"Los Jordis" meditan qué hacer. Cuixart está más cerca de la posición de la CUP. Sànchez preferiría la opción intermedia, indica otra fuente del mundo independentista. El problema son las bases. Les pasa a todos: nadie aceptará que se ahoguen en la orilla.

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