La utilidad del conocimiento inútil

Nora Bär
LA NACION
Viernes 06 de octubre de 2017

Alfred Nobel fue químico, ingeniero, inventor y fabricante de armas. Se lo recuerda por la dinamita, pero además llegó a registrar 355 patentes. En una nota necrológica que erróneamente se le dedicó en 1888, en un diario francés, 10 años antes de su verdadera muerte (cuando en realidad el que había fallecido era uno de sus hermanos, Ludvig), se lo recordaba como alguien que "se hizo rico buscando maneras para matar a más gente y más deprisa que nunca".

Afortunadamente, los premios que se anuncian cada octubre desde 1901 y que convierten inmediatamente a los elegidos en celebridades, a tal punto que su apellido ya se usa como adjetivo (suele decirse "el Nobel" tal y tal), no celebran métodos destructivos cada vez más efectivos, sino el trabajo, la constancia y la creatividad.

Por eso, más allá de lo discutible que puede ser cualquier distinción, siempre son excitantes e inspiradores. Ayudan a iluminar el talento, particularmente el de científicos que raramente atraen a los medios masivos. Este año, como comentó hace un par de días horas el notable investigador argentino Alejandro Schinder, presidente del Instituto Leloir, vuelven a dejar en claro la crucial importancia de la ciencia básica en momentos en que existe una enorme "presión de los gobiernos y las agencias de financiamiento respecto de lo que deben producir los científicos como «delivery» hacia la sociedad: curar enfermedades y producir tecnologías innovadoras. Por supuesto, ¿quién se opondría a alcanzar semejantes logros -comentó-? ¡Ése es el sueño de todo científico! Pero se espera que esto ocurra salteando el paso intermedio de buscar los mecanismos fundamentales que nos permitirían, justamente, curar enfermedades y producir tecnologías".

Las evidencias que respaldan este razonamiento son difíciles de pasar por alto. Helmut Schwarz, profesor de Química de la Universidad Tecnológica de Berlín y presidente de la Fundación Alexander von Humboldt, cita algunas en un artículo para Nature Reviews: "La mayoría de los grandes avances no son ni podrían ser planificados", asegura. Surgen de la pasión de personas sobresalientes que necesitan espacio, libertad y confianza para desarrollar todas sus potencialidades.

Como menciona Schwarz, las meditaciones de Einstein que dieron lugar a la esotérica teoría de la relatividad parecían irrelevantes, pero nos dieron el GPS y una miríada de aplicaciones vinculadas. Los Curie contribuyeron al estudio de la radiactividad guiados sólo por su obsesión, el hallazgo de los rayos X se produjo a partir de ensayos al azar realizados por Röntgen y un ejercicio de curiosidad llevó a Watson y Crick a dilucidar la estructura de la doble hélice del ADN. Los primeros láseres se describieron como "una solución en busca de un problema". Y la predicción de la existencia de antimateria por Paul Dirac, en 1927, que se creyó desprovista de toda significación práctica, hizo posible la tomografía por emisión de positrones que hoy se usa para el diagnóstico temprano del cáncer.

Peter Gruss, presidente de la Sociedad Max Planck, se refirió a esto el año pasado durante una charla en el instituto asociado de Buenos Aires. Y dio algunos datos: el 73,3% de las patentes norteamericanas se originan en estudios solventados por instituciones públicas; los papers que se encuentran entre el 1% de los de más impacto son nueve veces más citados en patentes que los elegidos al azar; cada uno de los 3800 millones de dólares invertidos en el Proyecto Genoma Humano generó actividad económica por 140 dólares.

"Los gobiernos que quieren que la investigación que financian promueva la innovación deberían enfatizar la ciencia de excelencia", afirmó. Las tecnologías que nos cambian la vida son el resultado de una combinación de creatividad, inteligencia, curiosidad, perseverancia... y buena suerte. Cada octubre volvemos a recordarlo.

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