Ishiguro, un Nobel de Literatura que crea mundos irrepetibles

El autor británico nacido en Japón lo recibió por una obra que descubre "el abismo bajo nuestro sentido ilusorio de conexión con el mundo"; un fan de Dylan, después de Dylan

Pedro B. Rey
LA NACION
Viernes 06 de octubre de 2017

El británico de origen japonés Kazuo Ishiguro fue distinguido ayer con el Premio Nobel de Literatura 2017. La Academia Sueca subrayó al anunciar el galardón que el autor de Lo que queda del día "ha puesto al descubierto el abismo que hay detrás de nuestro ilusorio sentido de conexión con el mundo" con sus novelas de "gran fuerza emocional".

No hubo polémicas, como en las dos últimas ediciones, cuando fueron elegidos la cronista bielorrusa Svetlana Alexiévich y el cantautor Bob Dylan, aunque sí un resto de sorpresa porque el contendiente, a pesar de sus muchos pergaminos, no figuraba en ningún pronóstico.

Ishiguro declaró que se enteró por su editor, que creía haber escuchado la información en la radio, aunque durante un buen rato el escritor pensó que se trataba de una más de tantas fake news que circulan por ahí. A diferencia del año último, cuando Dylan jugó a volverse inhallable, esta vez el comité sí logró dar con su homenajeado, aunque llegó tarde: antes alcanzó a entrevistarlo la BBC. El novelista recibirá nueve millones de coronas suecas (1.100.000 dólares). Si se mezcla Jane Austen con Franz Kafka, y se le agrega un poco de Marcel Proust, tenemos a Ishiguro, describió Sara Danius, secretaria permanente de la Academia. La extraña receta, que agrupa bajo una misma frase a una autora fundacional para el género novelístico y dos figuras clave de la modernidad, busca llevar calma literaria después de la agitación causada por el huracán Bob Dylan.

Ishiguro, sin embargo, seguramente verá como un honor ser el sucesor del bardo estadounidense. En su juventud, durante los años setenta, antes de volcarse a la literatura, cruzó de mochilero Estados Unidos mientras componía canciones que seguían la línea de álbumes clásicos como Blonde on Blonde o Blood on the Tracks. Dylan era su guía y norte. Ishiguro se hubiera dedicado al folk si no fuera porque sus demos fueron rechazados con la misma constancia con que más tarde serían aceptadas sus novelas. La música, en todo caso, es uno de los hilos de seda de su obra. En su único libro de cuentos, Nocturnos (2009), se convierte, de relato en relato, en tema absoluto.

Como otros premiados ingleses (Doris Lessing, que nació en Irán y se crió en Rodesia; V.S. Naipaul, indio de Trinidad), Ishiguro no nació en Gran Bretaña. Vino al mundo en Nagasaki, Japón, en 1954, aunque pronto, a los seis años, su familia se mudó con él a Gran Bretaña. Se suponía que de manera temporaria. Su padre, oceanógrafo, fue contratado para investigar pozos petrolíferos en el sudeste de Inglaterra.

Frustrada su vocación musical y ya afincado sin retorno en su país de adopción (se nacionalizaría inglés en los años ochenta), Ishiguro se anotó en la Universidad de Kent y, más tarde, en la de East Anglia. Allí se encontró con el novelista y crítico Malcolm Bradbury, que acababa de inaugurar una hoy famosa maestría en escritura creativa. Fue discípulo del autor de Doctor Criminale, como Ian McEwan, y ese impulso lo llevaría a formar parte de la generación de escritores ingleses más leída de la posguerra (Julian Barnes, Martin Amis, Hanif Kureishi, Graham Swift son parte de ese combo).

¿Una particularidad contra corriente de Ishiguro? Le gusta dedicarles años a sus narraciones, como si la porosidad del tiempo empleado en la escritura de alguna manera ayudara a que la elegancia inglesa de su prosa se vea alterada por una disposición contemplativa nada británica. Son apenas siete novelas: Una pálida luz en las colinas (1982), Un artista del mundo flotante (1986), Lo que queda del día (1989), Los inconsolables (1995), Cuando fuimos huérfanos (2000), Nunca me abandones (2005) y El gigante enterrado (2015).

Otro rasgo infrecuente. Si no fuera por el estilo, que sugiere la figura de un mismo artesano literario, los títulos podrían pertenecer perfectamente a autores distintos.

La más reciente, por ejemplo, El gigante enterrado, recurre al fantasy, la fantasía heroica. En una Inglaterra anterior a Inglaterra, una pareja de ancianos sale en busca de su hijo mientras pululan en las sombras de su trayecto un ogro, un monstruo y... sir Gawain, más parecido a Don Quijote que a un caballero del rey Arturo. Pero Nunca me abandones, la que la precedió, participa de la ciencia ficción: es una historia de amor que transcurre, como el lector entrevé de a poco con horror, en una escuela de clones. Y Cuando fuimos huérfanos, la anterior, es un policial situado en la Shanghai prerrevolucionaria, que homenajea a su manera algún glamoroso policial clásico de Hollywood. Los inconsolables, por su parte, funciona como una extraña evocación kafkiana en la que un pianista, invitado a tocar en una neblinosa ciudad centroeuropea, se pierde en múltiples postergaciones indefinidas.

En el comienzo, Ishiguro se había dado a conocer con dos novelas de una parquedad perfecta que transcurrían en Japón, el país natal al que nunca había vuelto (regresaría a la isla, finalmente, de visita, en los años noventa). Pálida luz en las colinas y Un artista del mundo flotante son, en comparación, obras menores, pero reveladoras. En la primera, una mujer japonesa instalada en Inglaterra rememora la antigua vida en Nagasaki y el suicidio de su primera hija y lidia con las dificultades de su nueva familia occidental. En la segunda, un distinguido pintor, asociado estéticamente al período de oro del emperador derrotado en la Segunda Guerra Mundial, echa una mirada a su carrera sin lograr entender por qué el arte tradicional que practicaba se volvió un anacronismo.

Un lector de Ishiguro podría preguntarse cómo hubiera sido el resto de su literatura si hubiera seguido cultivando sin pausa, de manera igual de magistral, los rincones de ese Japón más imaginario que real. La pregunta quizá tenga respuesta en algún mundo paralelo. En éste, el escritor decidió romper con las previsiones a las que parecía condenarlo la crítica. De hecho, nunca más volvería a escribir sobre Japón y Los restos del día, la tercera novela, es una voluntaria -y brillante- sobreactuación de los estereotipos ingleses. La película realizada por James Ivory, con Anthony Hopkins en el papel protagónico, convirtió al libro en un clásico inmediato.

Pero ¿es Lo que queda del día el colmo de lo británico? La lealtad del mayordomo Stevens, que se inclina por su profesión y no por su propio destino, revela en gran medida cuál es el encanto contradictorio de todo Ishiguro. Stevens, detrás de su flemática fachada, es tan impasible como un samurái que se guía por el más estricto de los códigos.

Algo de eso tiene el propio Ishiguro. Ya sin los bigotes de sus tiempos de mochilero, instalado con su mujer en un cottage de la campiña inglesa, escribe con la constancia y la precisión de un artista del bushido, esos arqueros zen que pueden dar en el blanco incluso a ciegas.

Fragmento de "Nunca me abandones"

Fragmento de "Nunca me abandones"

¿Qué es lo que tenía de especial esa canción? Bueno, lo cierto es que no solía escuchar con atención toda la letra; esperaba a que sonara el estribillo: "Oh, baby, baby... Nunca me abandones...", y me imaginaba a una mujer a quien le habían dicho que no podía tener niños y que los había deseado con toda el alma toda la vida. Entonces se produce una especie de milagro y tiene un bebé, y lo estrecha con fuerza contra su pecho y va de un lado para otro cantando: "Oh, baby, baby... Nunca me abandones...", en parte porque se siente tan feliz y en parte porque tiene miedo de que suceda algo, de que el bebé se enferme o de que se lo lleven de su lado. Incluso en aquella época me daba cuenta de que no podía ser así, de que tal interpretación no cazaba con el resto de la letra. Pero a mí no importaba. La canción trataba de lo que yo decía, y la escuchaba una y otra vez, a solas, siempre que podía.

La novela Nunca me abandones se publicó en 2005 y propone un escenario distópico. Fue candidata al Premio Booker. Hubo una versión para cine dirigida por Mark Romanek

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