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Un equipo que todo el tiempo se enfrenta a sí mismo

Diego Latorre

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LA NACION
Jueves 05 de octubre de 2017 • 23:20

Nada consigue cambiar el sino de esta selección. Ni el factor Bombonera, ni Messi, ni nadie. Es un equipo atado, que más allá de las intenciones que se le pueden vislumbrar, pelea contra sus fantasmas, contra sus propios nervios y contra su evidente falta de funcionamiento. Un conjunto al que le importa poco el rival que tiene enfrente porque en realidad se enfrenta todo el tiempo a sí mismo, a su karma, al maleficio que parece perseguirle.

Cuesta creer que se haya llegado hasta este punto. Porque si bien es cierto que falta soltura y lucidez durante largos lapsos de los partidos, también es verdad que también hay momentos de buena generación de fútbol. Ocurrió en el primer tiempo contra Venezuela y en el segundo de ayer. Pero es allí donde ninguna de las 6 o 7 situaciones creadas se transforma en ese gol que divide la frontera entre victoria y derrota.

Se puede llamar contundencia o eficacia. O también jerarquía. Es notable que Argentina no ha encontrado la suficiente jerarquía en algunos roles para complementar a Messi, y que esa carencia explica en parte la previsibilidad en el movimiento de la pelota o las dificultades para lograr superioridades numéricas en diversos sectores del campo. Pero al mismo tiempo es cierto que no siempre es necesaria la excelencia para conseguir un gol, y sin embargo, este equipo jamás lo marca.

A veces se me ocurre pensar que quizás el destino haya querido juntar todo lo que hicimos mal durante tantos años y está conspirando contra nosotros. Pone en la bolsa los malos manejos, el enorme daño que entre todos le hemos hecho al fútbol argentino y lo coloca como un frontón delante del arco rival, se llame Perú, Venezuela o cualquier otro nombre.

En lo futbolístico, no hubo anoche grandes cambios respecto a tantos partidos anteriores. Se modifican los dibujos, se ensayan variantes, pero nos seguimos encomendando al 10. Messi es la única expectativa, la esperanza a la que nos aferramos. Puede haber algún rendimiento individual aceptable -Otamendi, Mascherano, algunas cosas de Biglia y el Papu Gómez- pero solo la imaginación de Leo parece ser capaz de abrir los caminos.

Por lo demás, el juego del equipo es muy anunciado, sin atrevimiento, cuesta ver sociedades y pases ágiles porque hay demasiada distancia entre los jugadores y entonces al rival de turno le resulta muy sencillo controlar los ataques.

Quedan 90 minutos de este suplicio llamado eliminatorias. El adversario que viene se llama Ecuador, pero eso da igual. En realidad, el rival es y sigue siendo la propia Argentina.

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