La herejía de poner a Messi al borde del naufragio

Jueves 05 de octubre de 201723:34

Los minutos pasaban, muertos de goles, y el ritmo enloquecedor de las tribunas había bajado los decibeles hasta parecerse a esa musiquita que las señoras dejan bajita en la radio mientras bordan al sol de la tarde. Pero ya no era la tarde, ni había sol. Las luces del estadio no iluminaban, enceguecían. La noche se hacía cada más oscura y la Bombonera, recinto de pasión desbocada venida a menos, era una sala de espera nerviosa, desilusionada, tristona. Messi, siempre Messi, intentaba, porfiaba, quería, deseaba. Pero no encontraba cómo hacer que la selección se alejara de esa cornisa por la que camina desde hace meses. Conmovía verlo así, capitán de un barco a punto de naufragar, tratando por su cuenta y orden de sacar el agua que se colaba por todas las hendijas. A babor y estribor. Por la proa y por la popa.

La paradoja de que el Mundial no tenga al mejor futbolista del planeta pasó de ser un chiste de borrachos a una posibilidad real, concreta, que pueden servir a la vuelta de una esquina ecuatoriana. Una figura amasada pacientemente en las entretelas de un fútbol argentino quebrado, sin orden, plan estable ni algo de vergüenza de quienes lo dejaron al borde de un golpe histórico. Durante muchos años, estos mismos, la selección fue una falla de ese sistema que se llevaba todo puesto. Pero ya ni eso queda.

Messi se fue de la Bombonera primero, al frente de un grupo que no logra gambetear ese murmullo que anticipa la hecatombe. Es fútbol, es verdad. Ni más ni menos que eso. Lo más importante de las cosas menos importantes de la vida, se repite por ahí. Para el que tomó la posta de Maradona, se trata de una de las razones de su vida. Él no merece que su historia con la camiseta que lleva tatuada termine un martes en Quito. Aunque el devenir de este ciclo negro haga pensar que sí, que la herejía es posible.

Cada movimiento había sido la trama de una cuidada escenografía montada en la tribuna que siempre ocupa la barra de Boca. Faltaban 40 minutos para el partido cuando los titulares de la selección -a excepción de Romero, que ya trabajaba en un arco- saltaron al campo a poner los músculos a punto; él, primero de la fila, no tardó más de medio minuto en escuchar el “¡Messi, Messi!” que bajó de la popular. Y levantó el brazo derecho para agradecer. Enseguida, una bandera gigante se desplegó en el mismo sector: “Messi, el más grande del mundo, bienvenido a la Bombonera. Jugador n° 12”, decía. El clima era efervescente, había sensación de primera vez, aunque no lo fuera. O sí: al fin, después de un largo peregrinar por todos los continentes, Leo Messi jugaba su primer partido oficial en este estadio icónico. “Templo del fútbol mundial”, lo describía otra prolija bandera de más de 50 metros colocada sobre los palcos. “¡Messi, querido, la 12 está contigo!”, arreció el grito desde el corazón de la popular, para ponerle firma a todo lo anterior -como si hubiese hecho falta-, cuando el partido apenas iba a empezar.

Las piezas ornamentales -como otra gigantesca bandera argentina con letras negras que decían “Homenaje al mejor jugador del siglo”- eran el cotillón de lo que debía ser una fiesta. O el preludio. A ella debía animarla un equipo con la soga al cuello, sin traje de fiesta que ponerse, aunque el olorcito dulzón de una noche de octubre invitara a salir por ahí. El problema, desvelo de Sampaoli, es quién puede bailar con la más linda. Esta vez, la apuesta fue por Benedetto, el mejor delantero del momento en el fútbol local, capaz de entenderse bien con el 10 en los entrenamientos. Pero una cosa son los ensayos y otra sucede cuando se levanta el telón, por más que el escenario le resultara especialmente estimulante al atacante: jugaba donde lo aclaman cada vez que llega con la camiseta de Boca.

Messi lo buscó al 9 con generosidad y precisión, tanta que lo colocó tres veces de cara al gol. Ninguna de esas -la tercera, un mano a mano con Gallese- le alcanzó a Benedetto para romper la pobrísima estadística goleadora de la selección. Estaba visto: otra vez iba a tener que ser el capitán quien sacara las papas del fuego. Él o nadie, la historia de siempre. Y trabajó de distintas maneras para conseguirlo. Bien seguido por los volantes peruanos en el primer tiempo, un quiebre y un remate que se fue apenas afuera había sido lo mejor suyo en el comienzo. Fue la vez que el estadio entero -los interesados de la tribuna popular mencionada y los genuinos del resto de la cancha- le tributó el “que de la mano de Leo Messi todos la vuelta vamos a dar”.

Lo mejor suyo vino después, coincidentemente con el bajón de sus compañeros. Gamebeteó, asistió, pateó. Estrelló un tiro libre en la barrera, ejecutó mal un centro... Se rebeló de la mejor manera posible, tomando la pelota y el mando de un equipo ahogado por el riesgo inminente. Y lo volverá a hacer, cómo que no, cuando la tortuosa película de la selección en las Eliminatorias sudamericanas ruede su última escena en Ecuador. Competidor voraz, no habrá argumento que lo consuele si el director tiene en mente un final infeliz. ¿O será que el capitán Leo tendrá un nuevo truco en su manga para tapar los agujeros del barco y enfilarlo hacia Rusia? Como ayer y como mañana, parece ser el único portador de la esperanza.

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