Es mentira que el rayo no cae dos veces en el mismo lugar

Jueves 05 de octubre de 201723:59

Un gol atragantado que enmudeció a una nación. Otra pelota al palo que ahogó a un país al borde de una crisis futbolística con derivaciones ilimitadas. El asombro de lo que parece irreal es uno de los secretos del deporte. Se creía que la devastadora angustia del 69 había agotado la perplejidad de todo un pueblo?, no podía haber otro mazazo esperando en el futuro. Menos, uno peor. Pero a la Argentina se le heló la sangre cuando la peor de las pesadillas tocó a su puerta. Se escurre el sueño del Mundial con trágica anticipación. ¿Otro Bombonerazo casi medio siglo más tarde? Sí, ocurrió. Y pese a eso, la Argentina será dueña de su destino: si vence a Ecuador se asegura disputar el repechaje.

Nada ni nadie rescató a la selección del desfiladero, cuando el ingobernable destino le estrujaba el alma. Cuando la Bombonera era un Coliseo moderno que imploraba por un héroe no hubo conjuro que desactivara el trance. Esa arena feroz tampoco soltó a los hambrientos leones al final, como reconociéndolo a ese equipo -íntimamente arrumbando- que el orgullo había quedado a salvo. Pero no alcanza. Esta vez no alcanza.

Al final el seleccionado buscaba un manotazo salvador, pero el descreimiento se lo llevaba como un torbellino. También a él, claro. Porque las responsabilidades del Jefe son intransferibles. Volvía sobre huellas que parecían olvidadas, las del deambular incómodo y atribulado, desprovisto del halo angelical. Lionel Messi se consumía, con la rebeldía intacta pero sin puntería en esos tiros libres de despedida. Asomaba un bramido quejoso para esa selección que por estas horas está imaginando un viaje al destierro.

Semejante desengaño provoca un aleteo en el estómago. El seleccionado siente el mareo y sólo las manos de Sergio Romero salvaron la derrota en el último vuelo de la noche. Desde entonces se desató un remolino que desempolva las peores sensaciones del pasado y viaja entre el cachetazo de Checoslovaquia en 1958 al mazazo del alemán Götze a minutos de los penales en Brasil 2014. Con espectrales escalas en el baile de Holanda en 1974, la paliza de Brasil en 1982, el puñal de Camerún en 1990, la hiriente frustración del 2002, la vergüenza ante Alemania en 2010, las cuatro finales perdidas en las recientes Copas América? Y Perú 1969. Instantáneas espectrales que sumaron el peor capítulo: la idea de no estar en Rusia 2018 decididamente tomó impulso.

Messi terminó como otro rehén de un equipo sin plan de contingencia. Todos creían que iba a entrar Aladino a la Bombonera para escabullirse en ese botín zurdo y concederle a la selección ese deseo que se obstinaba por desobedecer a los merecimientos. Nuevamente, como había sucedido con Uruguay y Venezuela en la doble serie anterior, cuando los arqueros rivales se habían disfrazado de superhéroes. Pero falló. Todo falló.

La selección fue un trozo de intención, una porción de magnetismo. No alcanzó, es cierto. A la selección no la contiene un funcionamiento reconocible, pero nadie puede reprocharle insistencia y corazón. Pero no alcanza y se acaba el tiempo. Condicionado por las emergencias, hay una crisis de identidad y el contagio intoxica todo lo demás. Esa espiral negativa que se devora la confianza, la paciencia y el tiempo. La Argentina quedó en la cornisa y ya nadie puede asegurar que tenga arnés.

El cuerpo tiembla, en realidad, por una frustración, una más, que vuelve a revolver explicaciones. La Argentina se acostumbró, en todos estos años, a explicar derrotas, más o menos injustas, más o menos justificadas, pero siempre lacerantes. Y anoche la selección perdió.

La Argentina llegará a la última fecha de las eliminatorias en el sexto puesto, afuera hasta del ayer deshonroso repechaje al que hoy cualquiera se aferraría con desesperación. Sexto, obligado a ganar en algunos días en Quito y estar pendiente de los partidos de Chile y Perú.

Este calvario sudamericano ha dejado huellas impensadas. Cada minuto en el cierre del empate se volvió flamígero, con la selección desfilando por un despeñadero hacia el derrumbe. La Bombonera, todavía estremecida y hechizada, había vivido uno de esos momentos en los que se cae la quijada y los ojos se desorbitan. Desafiando hasta a la madre naturaleza, el rayo otra vez cayó en el mismo lugar.

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