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La Argentina, derecho al descalabro: no encuentra estadio, rival ni formación que le venga bien

Para la Argentina no hay un remanso y está en máximo riesgo: el cambio de escenario y la rueda de nombres no dio soluciones; el martes, ante Ecuador, definirá su futuro

Viernes 06 de octubre de 2017 • 00:20
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LA NACION
La búsqueda de la Argentina incluyó acciones como esta de Benedetto, casi un intento improbable en el área peruana, rodeado de rivales
La búsqueda de la Argentina incluyó acciones como esta de Benedetto, casi un intento improbable en el área peruana, rodeado de rivales. Foto: LA NACION / Santiago Filipuzzi

Nada mejora, todo empeora. Tampoco hubo redención en la caliente y acogedora Bombonera. Pero a la Argentina se le hiela la sangre al ver lo complicada y atravesada que está. No hay escenario, rival ni formación propia que le venga bien. Se tuerce, demasiado ya, lo suficiente como para que la clasificación al Mundial entre en una zona de máximo riesgo. No suenan las alarmas, aturden. Hoy la Argentina está afuera de Rusia y sólo le queda una posibilidad, en la altura de Quito, para enderezar un destino que sigue yendo derecho al descalabro. Busca a ciegas y no encuentra un atajo ni un remanso. Depende de sí misma, aunque eso tampoco sería para ilusionarse porque este seleccionado se ayuda poco, como si no aprendiera a socorrerse en la emergencia. Y se sabe que nadie de afuera lo va a ayudar ni compadecerse. Perú fue otro rival que se nutrió de la impotencia y esterilidad argentina.

El partido se cerró con Romero tapando al ángulo un tiro libre del indomable Guerrero. Unos minutos antes, las esperanzas se habían ido por el desagüe con dos tiros libres a los que Messi no les sacó el mismo provecho que se suele ver en Barcelona. De todas maneras, sería injusto cargar toda esta pesada mochila sobre la espalda de Messi, que fue el que más hizo en el segundo tiempo para ganar el partido. Compañía tuvo poca y así todo es más complejo.

Como si fuera una continuidad del segundo tiempo contra Venezuela, se extendió la intrascendencia durante el primer tiempo. El seleccionado siguió instalado en esa atonía de la que no la sacaba ni el juego colectivo ni el fulgor de alguna individualidad. Se ejerció una iniciativa sin desequilibrio ni ideas.

La furia que había proclamado Sampaoli no estuvo durante los primeros 45 minutos. Tampoco un juego pensado, bien construido. Sin encontrar soluciones en la rueda de cambios a la que está sometida la formación, perdura la impresión de que no se encuentra al equipo. Los une la camiseta, no un plan de juego aceitado.

Perú no se dejó intimidar por el marco; tuvo más presente la pobre actualidad argentina para afirmarse en un esquema sólido. El 4-1-4-1 de Gareca le fue negando espacios a un rival impreciso y previsible. Cuando buscó por afuera con Papu Gómez –no se lo vio cómodo sobre la izquierda, teniendo que resolver con el perfil cambiado–, Acuña o Mercado, la Argentina no terminaba bien las jugadas. Los centros eran imperfectos, sin destinatario, con un Benedetto fuera del radio de acción. El que mejor lo encontró al delantero de Boca fue Messi, con una asistencia cruzada, pero su cabezazo salió desviado. La posibilidad más clara para la Argenina llegaba en el último minuto del primer período. Como otras veces, faltó eficacia, serenidad en la última puntada.

Las mejores triangulaciones pasaban por los pies de Perú, reconocible en su escuela de buena técnica. A un toque, por momentos salía del ahogo al que intentaba llevarlo la Argentina. Guerrero estableció con Otamendi un tremendo duelo físico, dos titanes luchando por arriba y por abajo, con saldo más favorable para el zaguero de Manchester City.

Messi se lanzó a varias aventuras individuales en zona central, en medio de un bosque de piernas que le mordía la pelota. Aun así, Messi era la mayor esperanza, por no decir la única. Aunque intermitente, una luz en medio la oscuridad. Messi de salvador, todo un síntoma de las carencias del resto, de un equipo sin ensamble ni “las relaciones” que Sampaoli pretendió encontrar en los dos días de práctica en los que varió la alineación hasta el mareo.

Mascherano con la lanza saliendo desde el fondo también era un signo de que la usina de juego en el medio no funcionaba, con un Banega que volvió a desaprovechar una oportunidad, mientras que Di María, por la derecha, no acertaba una, como si fuera un principiante. No lo salvó su condición de histórico, fue reemplazado por Rigoni.

Messi tuvo un comienzo iluminado en el segundo tiempo. Creó y asistió. Y ahí aparece la otra secuencia del drama del seleccionado: erra goles increíbles, el arco se le transforma en el ojo de una aguja. Benedetto, Gómez y Rigoni tuvieron el gol en sus pies, en situaciones que el 10 había generado. Todas desperdiciadas, y detrás de eso, la confianza que se extravía, la ansiedad que crece, la mente que se nubla. La tormenta perfecta. Pero quedaría más. Los angustiantes minutos que rodearon a la lesión de Gago a poco de haber ingresado perturbaron más a un equipo muy susceptible a cualquier adversidad. A eso después se sumó Mascherano en una pierna y con los cambios agotados. Con Messi dispuesto a gambetear y chocar, la Argentina se fue consumiendo. A veces da la sensación de que le resultará más sencillo llegar a Rusia a nado que marcar un gol.

El fútbol, la mente, el sistema nervioso, la personalidad. Todo sigue siendo un problema para la Argentina. La Bombonera cobija, pero no cura. Cuando el equipo, cabizbajo, se metió en el túnel, en las tribunas se cantó por Boca. La felicidad hay que buscarla en otro equipo, no en esta Argentina.

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