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El secreto de la felicidad: vivir fuera de Capital y trabajar cerca para no tener que viajar

Según un estudio, la peor decisión es mudarse lejos en busca de verde y viajar todos los días a la Ciudad

Viernes 06 de octubre de 2017 • 16:09
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LA NACION
Miguel se mudó a Florida con su familia y mejoró su calidad de vida
Miguel se mudó a Florida con su familia y mejoró su calidad de vida. Foto: Santiago Filipuzzi

Hace cuatro años, Ana Valdez y Juan Ignacio Ferri se mudaron a Pilar con grandes expectativas y proyectos de vida verde. Se instalaron en un barrio cerrado, en el kilómetro 38,5 de la Panamericana. Pero, a los tres meses de haberse mudado, el sueño de la vida natural se desintegró. Ella trabajaba en el centro porteño, en una empresa exportadora y eso implicaba pasar una buena parte de su vida arriba de una autopista gris. Muchas más horas de las que podía sentarse en el parque de su casa a disfrutar de la vida lejos de la gran ciudad.

"A los tres meses, ya no lo aguantaba más. Llegaba de muy malhumor a casa. Y a nuestras hijas, de dos y cuatro años las veía menos que antes, cuando vivíamos en Palermo. No era la vida que había soñado", reconoce Ana. En cambio, su marido, que trabaja en Pilar, estaba feliz. Entonces, Ana, que tiene 39 años y es licenciada en marketing, decidió cambiar de trabajo. Renunció y empezó a trabajar desde su casa. Ahora, trabaja medio día en una empresa radicada en el parque industrial del partido y el resto desde su casa. "Ahora sí que lo disfruto, porque casi no voy a Capital. Pero cuando pretendí seguir con mi rutina, como si no me hubiera mudado, mi vida se volvió un infierno", cuenta.

Cuando llegan los hijos, son muchas las parejas que deciden dejar la gran ciudad y mudarse a Provincia, ya sea a un barrio cerrado o a uno abierto, a una localidad de casas con jardines. La ecuación casi siempre es la misma, por el precio de un departamento se compra una casa donde se escuchan los pajaritos cantar, con más espacio, más habitaciones y algo (poco o mucho) de verde. La pregunta es si una casa más grande pero lejos de nuestro circuito nos hará más o menos felices.

Miguel Weiskind, tiene una agencia de comunicación está casado con Griselda y tiene dos hijas, Margarita y Catalina, de 11 años. Se mudaron de de Belgrano a Florida: "Desde enero de 2011 vivimos en Florida en una casa en la que casi podría decir que nos sobra lugar, con jardín, pileta, parrilla y una enorme salamandra a leña en el living. Nuestras hijas siguen yendo al mismo colegio, en Belgrano y la única diferencia es que tenemos que salir 15 minutos antes de lo que lo hacíamos", asegura.

"Nos levantamos a la mañana escuchando los pajaritos y a la noche nos dormimos con silencio. Parece mentira pero eso es algo que uno no registra viviendo en Capital: el silencio. En cuanto empieza el calorcito, nuestras hijas llegan del colegio y se dan un chapuzón en la pileta y, muchas veces, hasta despuntamos el vico del asado no sólo los fines de semana. Honestamente, es todo ganancia. Un viaje de ida", se entusiasma Miguel.

Ir y venir, la peor decisión

Un estudio que se hizo en zona Norte apunta, entre otras cosas, a que cuanto más lejos vive la gente de la Capital, mejor es su relación con su familia. Y que los que más satisfechos se sienten con su vida son los que logran un buen equilibrio entre lo personal y el trabajo en la comunidad a la que se mudaron. Los que peor la pasan son los que se mudan de la gran ciudad pero no cambian de estilo de vida sino que lo compensan yendo y viniendo a la ciudad, a costa de pasar más de dos horas diarias arriba de la autopista.

Las conclusiones surgen de un relevamiento que realizó la Universidad Abierta Interamericana, entre 1450 personas que viven en San Isidro, Tigre, Vicente López, Escobar, San Fernando, Pilar y Malvinas Argentinas. "Vivir más o menos lejos de una gran urbe como Capital modifica sustancialmente el nivel de vida. ¿Puede medirse el "nivel de felicidad" de una comunidad? La respuesta es sí. Y depende de varios indicadores", explica Sergio Doval, director del Programa de Opinión Pública de la UAI, a cargo del informe. "El hecho de ser más o menos feliz en determinado lugar depende no sólo de nuestra percepción sino también de nuestros lazos con nuestra familia, nuestra comunidad, nuestros niveles de estrés, la posibilidad de tener trabajo y de encontrar en nuestro municipio las soluciones a aquellos problemas que nos aquejan", detalla.

La investigación se hizo en una primera etapa en el Norte del conurbano bonaerense y que se replicará en el Sur y en el Oeste. Según los resultados, el 90% de las personas que viven en zona norte se sienten satisfechos o muy satisfechos con su familia. Pero hay matices: los que viven en partidos cercanos a la Capital, tienen peor relación con su familia que los que más viven lejos.

En Escobar, están los habitantes más contentos con su núcleo familiar: el 94,5%, seguidos por San Isidro (93,5%) y Pilar, (92,8%). En cambio, en Vicente López el porcentaje baja a 87,7%. En Malvinas Argentinas, sólo el 83,6% se siente satisfecho con su familia y en San Fernando, el 83,6%.

Cuando se les preguntó cómo es su estilo de vida, sólo uno de cada tres habitantes del corredor Norte (el 32,7%) dijo que lleva "una vida desestresada. En cambio, casi el 40% dijo que su vida es muy estresada, y el 27,5% algo estresada. Los habitantes de Vicente López están entre los más estresados: apenas uno de cada cuatro habitantes (25%) considera que lleva una vida alejada sin preocupaciones.

Florencia Roca tiene 31 años y se mudó junto a su marido y sus dos hijos de Caballito a Martínez: "Desde que nos mudamos decidimos buscar trabajos por la zona. Porque, si bien es cierto que el tren está cerca, entre ir a Retiro y tomar el subte se van muchas horas diarias. Yo conseguí trabajo en una empresa en Belgrano y mi marido trabaja por Florida. Eso nos permite estar cerca, a la tarde hacer picnic o venir al río".

Florencia pasea con sus hijos, alejada de la Ciudad
Florencia pasea con sus hijos, alejada de la Ciudad. Foto: AFV

La mitad de los entrevistados dijeron estar satisfechos con su vida laboral. Hay tres partidos por debajo del promedio: Vicente López, Malvinas Argentinas y Pilar. Los habitantes de Vicente López, fueron los que menos conformes se mostraron con sus trabajos: el15% dijo estar insatisfechos y el 19% ni bien ni mal. Algo parecido ocurre en Malvinas Argentinas (14,7% disconforme y 13,8% neutral). En Pilar, "neutro" y "insatisfecho" concentraron el 19,7% de las respuestas.Y el 31,4% no contestó.

Según Doval, esto se debe a tres razones distintas. Mientras que en Malvinas Argentinas impacta la problemática social del partido, en Pilar la crisis personal con el mundo laboral tiene que ver con la distancia que siguen recorriendo muchos para ir y volver del trabajo.

"En cambio, en Vicente López, que es uno de los partidos con mayor nivel de estrés, el conflicto viene porque se trata en su mayoría de familias que se mudaron a provincia pero que no abandonaron el estilo de vida de la gran ciudad. Siguen yendo al centro todos los días. La mudanza les permitió ganar metros aunque, al estar tan cerca no los hizo cambiar el estilo de vida, ni sus circuitos. Esto incrementa en muchos casos el displacer con la propia vida y afecta el nivel de felicidad. En cambio, aquellos que lograron armar su proyecto de vida en función a la cercanía de la comunidad en la que viven, son los que se sienten más a gusto", apunta Doval.

Colapso de tránsito

Juan Pablo Ceballos tiene 38 años y es ingeniero químico y padre por tres hijos: "Cuando nos casamos con Paz, nos instalamos en mi departamento de 37 m2 en Palermo. Era chico, pero tenía una terraza muy linda y no queríamos perder eso. Cuando llegó Esperanza, nuestra primera hija, empezamos a buscar algo más grande. Y al no encontrar nada por Capital, decidimos mudarnos a Pilar, de donde es mi esposa. De hecho, ella, que es profesora de inglés, viajaba varias veces por semana a Pilar. Averiguamos, encontramos una casa con una habitación más y un jardín hermoso en un barrio privado y no lo pensamos. Ganamos metros cuadrados por la misma plata. Ahora que tenemos a Beltrán y que va a nacer Aurora, nuestra tercera hija, no volveríamos a Capital porque tenemos ahí todo resuelto. Y para los chicos es ideal. Aunque yo viajo bastante, y salgo a las 6.30 de casa para evitar el tránsito, consideramos que en esta etapa es lo mejor para toda la familia. Vivir lejos de todos hace que en invierno seas vos el que tiene que ir a visitar a la familia y a amigos, pero en verano te convertís en el anfitrión perfecto. Y eso nos gusta mucho", cuenta.

En los años 90, la proliferación de countries y barrios cerrados transformó el panorama de las localidades que rodean la ciudad de Buenos Aires, a unos 50 kilómetros a la redonda. El uso principal era el de residencia de fin de semana. Una década después, el uso cambió: se convirtió en vivienda permanente y esto planteó un nuevo dilema para todos aquellos que vivían allí y trabajaban en Capital: haber elegido el verde, pero tener que pasar la mayor parte del día entre la ciudad y la autopista.

La contracara del boom de los countries fue que los tres accesos a la Capital se colapsaron a comienzos de la década pasada. Vivir en los suburbios y trabajar en el centro implica que a diario millones de personas viajan de ida y vuelta a la Capital para trabajar y pasar unas tres horas diarias arriba del auto.

Así, la mayoría de las localidades en las que se ubican los barrios privados se convirtieron en lo que los urbanistas llaman "ciudades dormitorio". Esto es, sus habitantes viven nominalmente en ellas, pero lo cierto es que pasan todo el día en otra ciudad y sólo regresan para dormir. "El verde tan anhelado sólo lo ven los fines de semana, porque salen de su casa cuando es de noche y vuelven cuando ya se fue el sol", detalla Sonia Vidal Koppmann, urbanista, investigadora del Conicet, especializada en nuevas urbanizaciones.

Esto hizo que en los últimos años muchas familias que se habían instalado en barrios cerrados decidieran volver a Buenos Aires. Sin embargo, a diferencia de otros partidos, dicen los especialistas, Pilar y Tigre han logrado cerrar un pequeño cosmos propio y convertirse en ciudad satélite, en la que cada vez más personas pasan toda su vida.

Doval se atreve a trazar tres perfiles de los que abandonan la gran ciudad y su relación familiar:

1) Los que viven al borde de la General Paz son los menos felices, porque ganan metros cuadrados pero a costa de viajar más. No cambian de estilo de vida. Siguen pivoteando la gran ciudad.

2) Los que se mudan lejos pero siguen yendo y viniendo a diario a la Capital. En muchos casos, Toda la familia se mueve en esa comunidad local, menos uno de sus miembros, que en general es el padre que va y viene. Se pierde mucho de la vida familiar. Se hace el sacrificio por la familia pero muchas veces eso después pasa factura. En muchos casos, se vuelve insostenible en el tiempo.

3) Los más felices con su familia son los que se mudan lejos y abandonan las distracciones de la gran ciudad y logran resolver su vida en esa misma comunidad. Trabajan, viven y estudian allí. También empiezan a tener vida social a nivel local, siempre con el riesgo de quedar atrapados en un microcosmos.

¿Por qué vivir más lejos podría hacernos más feliz? Doval dice que es porque se reduce el artificio de proximidad. Esto de estar cerca de lo que está lejos y lejos de lo que está cerca nos hace sentir menos felices, porque sentimos que estamos poco presentes. "En cambio, los que logran alejarse del centro urbano y conectar con su nuevo proyecto de vida y entorno se sienten más felices", concluye.

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