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"Heredé el valor de ser autosuficiente"

Sábado 07 de octubre de 2017
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Tengo la suerte de ser hija de una mujer dueña de una gran belleza. Pasé la infancia mirándola, admirando la forma autodidacta y comprometida con la que cuidaba su estética.

Mamá hacía todos sus rituales en casa, por sí misma, sin pedir ayuda: se rasuraba las piernas al bañarse; se teñía las canas religiosamente -con su pincelito y sus guantes de nylon- cada tres semanas, tenía un sobre lleno de herramientas que se veían peligrosas: con ellas se cortaba las cutículas y las uñas, luego se limaba y se esmaltaba en los pies y las manos.

Jamás se iba a dormir antes de limpiarse cuidadosamente el cutis y después de untarse la cara con cremas pegajosas y olorosas.

Usaba ruleros celestes, se hacía el brushing con cepillos redondos gigantes y con un secador furioso que aturdía, aunque ella -al manipularlo diestramente- parecía ni escucharlo.

Cuidaba la silueta. Mamá conseguía fotocopias que seguía al pie de la letra para hacer la dieta de la luna o la de Scardale.


Mi mamá hacía todos sus rituales de belleza en casa, sin pedir ayuda

A fines de septiembre, apenas se asomaba la primavera, ella ya se trepaba a la terraza del edificio y, sobre una lona plateada para captar más rayos, se rescotaba durante horas como un lagarto a tomar sol. Eran otras épocas, si alguien nos preguntaba qué era la capa de ozono, no teníamos la menor idea, mucho menos suponíamos que se estaba agujereando y que eso nos ponía en riesgo.

Mi mamá nunca pasaba demasiado tiempo despierta sin maquillarse: base, delineador, máscara para pestañas. Cada mañana a las siete, con un café apoyado en la bacha del baño, se pintaba como una muñeca. Después, se perfumaba a lo loco, se ponía el guardapolvo blanco -perfectamente planchado- y se iba a la escuela a trabajar de maestra.

Yo la miraba y la veía linda, femenina, prolija. Como la veo hoy, que tiene 73 años y es una "señora mayor" hermosa.

Para la belleza, como para tantas otras cosas de la vida, mi madre siempre fue autosuficiente. Heredé de ella la importancia de valerme por mí misma. Y también, la coquetería.

Lástima que no me legó su habilidad y yo sí tengo que recurrir constantemente a manos profesionales para depilarme, teñirme, hacerme un peinado digno. Será porque crecí viendo cómo eso se autogestionaba, o por la culpa de ser incapaz de seguir su ejemplo, que me debo reconocer que soy terriblemente amarreta para los gastos de belleza...

Si querés compartir tu historia, podés mandarla a: lnmodaybelleza@lanacion.com.ar y será revelada por M&B bajo el más estricto anonimato

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