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¿Compartir la contraseña? El punto débil de las parejas

Tras un fallo que decretó que espiar un celular es delito, las parejas se replantean el uso de las contraseñas: confianza ciega vs. resguardo de la intimidad

Sábado 07 de octubre de 2017
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LA NACION
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Alejandra Sabetay y Jonathan Mischener desconocer la clave del otro: "No sentimos necesidad", dicen
Alejandra Sabetay y Jonathan Mischener desconocer la clave del otro: "No sentimos necesidad", dicen. Foto: Santiago Cichero/AFV

"Mi pareja anterior se llevaba el celular al baño y estaba ahí, con el teléfono, más de media hora. Esa actitud me molestaba mucho, sentía que me ocultaba algo. Él me juraba que no, que sólo hablaba con sus amigos. Un día le agarré el teléfono y cuando quise entrar al WhatsApp, no pude porque el había puesto una contraseña. ¿Si no tenía nada que ocultar, por qué la clave? Discutimos toda la noche, él decía que así defendía su privacidad. Después de eso, nos separamos. Pero antes me mostró el WhatsApp: no había nada raro, sólo algunos videítos algo subidos de tono que se mandaban con sus amigos", cuenta Josefina Paéz, aún arrepentida de haber cedido a sus celos, aunque, todavía asegura que tenía sus fundamentos.

Sin embargo, lo que para ella estaba justificado, desde ahora, para la justicia argentina, no. Según un fallo reciente del procurador general adjunto, Eduardo Casal, las sospechas de infidelidad no son justificativo para espiar el celular o el correo electrónico del otro, al punto que es considerado un delito federal y no una simple contravención. Es decir, violar las contraseñas para comprobar si la pareja es infiel, puede significar, además de un seguro motivo de ruptura, una pena que puede ir desde los 15 días hasta los 6 meses. En España, ya hay un hombre condenado a dos años y medio de prisión por el delito de descubrimiento y revelación de secretos con el agravante de parentesco. ¿Qué hizo? Ingresó al WhatsApp de su ex para buscar pruebas de una relación extramatrimonial que lo beneficiara en su divorcio.

En un país donde está naturalizado revisar el celular de la pareja -distintas encuestas hablan de que más del 80% lo hizo alguna vez y no parece existir una condena moral sobre esta práctica-, la cuestión toma una dimensión mayor y obliga a un replanteo de cómo es el manejo de las claves de los dispositivos móviles y las redes sociales en la pareja. ¿Hay que compartir todo y habilitar que el otro acceda a nuestro mundo privado? ¿Se debe mantener a rajatabla la individualidad y la privacidad? ¿Es posible un acuerdo que contemple ambas opciones? Por lo pronto, el psicólogo y experto en redes sociales Roberto Balaguer, asegura que el celular es un elemento que ayuda a analizar a una pareja. "Es un buen indicio para ver cómo está constituida. Cuando hay muchas preguntas en torno al uso del celular, cuando muchas de las conversaciones tienen como eje a ese aparato, entonces hay un problema", sostiene el especialista, que asegura que la privacidad es una necesidad y que puede ser patológico tanto compartir las contraseñas y dispositivos como encriptarlo todo.

"El ámbito privado no tengo por qué ocultarlo, pero tampoco compartirlo. Todos tenemos zonas grises que no queremos mostrar porque no aportan, no suman. Hay muchas cosas que no tienen que ver con la infidelidad que son íntimas -plantea Balaguer-. Poder resguardar el área privada hace que estemos más fuertes en la relación. Si los dos compartimos todo, se está negando una zona que es personal. Tarde o temprano termina por estallar. Y tampoco se puede estar poniendo contraseñas a todo. No se puede vivir así."

Desde el punto de vista cotidiano, sobre todo por una cuestión de practicidad, está claro que no se puede ir por la vida poniendo contraseñas a todos los dispositivos, aplicaciones y redes sociales en uso. Incluso, muchos sostienen que no es recomendable cuando se trata de establecer una relación basada en la confianza. Ahora bien; desde un punto de vista jurídico, poner claves puede significar que aquel que espíe las conversaciones contenidas dentro de un dispositivo, cometa delito. Aun así, la situación tiene sus matices: "Desde el mismo momento que existe una expectativa de confidencialidad del titular de las comunicaciones, espiarlas es un delito. Pero para gozar del derecho a la privacidad, debe haber una expectativa de que así sea -sostiene el abogado Sebastián A. Gamen, especialista en derecho informático-. Si dejo una carta secreta abierta arriba de mi escritorio, ubicado en un lugar de paso de toda mi familia, pareciera que no tengo muchas expectativas de que el contenido se mantenga en secreto. Con el celular, los mails o las comunicaciones sucede lo mismo. Por eso, se debe colocar clave en el celular y es sumamente recomendable que las sesiones de cada aplicación no estén permanentemente abiertas", sostiene Gamen, que no cree que a pesar de que la ley castigue a los celosos que violan contraseñas la gente deje de espiar las redes sociales y dispositivos tecnológicos de su pareja.

"Es difícil que esas estadísticas que hablan de que el 80% alguna vez espió el celular de su pareja cambien -sostiene-. Siempre la información fue valiosa y todos sabemos que un celular concentra toda la información de una persona en un solo lugar. Desde ahí podés acceder a fotos, mails, redes sociales, mensajes, comunicaciones de WhatsApp, y a todos los datos que de allí derivan. Es muy tentador en algunas ocasiones espiar el celular de tu pareja", reconoce el especialista en derecho informático.

La tuya, la mía, la nuestra

Karen Barg y Lucas Merayo usan la misma contraseña en el celular y tienen sus redes logueadas en sus dispositivos
Karen Barg y Lucas Merayo usan la misma contraseña en el celular y tienen sus redes logueadas en sus dispositivos. Foto: LA NACION / Fabián Marelli

Aunque la clave es una de las señas más particulares y a pesar de las severas recomendaciones de expertos en seguridad informática de no divulgar las contraseñas personales, un estudio de Pew Institute reveló que en los Estados Unidos el 67% de los usuarios de Internet casados o en una relación estable, comparte la contraseña de sus cuentas online con su pareja, especialmente las que llevan más de diez años juntos. Pero no es algo exclusivo de las relaciones de larga data: en tiempos de virtualidad, para muchas parejas que recién empiezan una de las mayores muestras de amor que pueden hacerse es habilitar al compañero la contraseña de las redes sociales o del celular, algo que Balaguer no comparte y hasta compara con una práctica muy difundida entre los niños y adolescentes, que es compartir su contraseña de Facebook o Instagram como prueba de amistad. En otras palabras, se acerca más a una actitud infantil que a una verdadera prueba de amor. "Lo lógico sería que si uno tiene dudas, el otro le ofrezca voluntariamente su celular para disipar esas sospechas. Porque si mi pareja me espía, es porque seguramente estoy dando motivos para desconfiar. Lo que está mal es que, basado en esos motivos, se viole la privacidad."

Lucas Merayo, actor e instagramer (@merakio) de 34 años dice que el tema de las contraseñas con su mujer, también actriz e instagramer (@karenbarg), nunca fue un problema. Padres recientes de Antonio, desde que están juntos, hace seis años, la transparencia es uno de los pilares de la pareja. "De hecho tenemos la misma clave en el celular. Cuando me compré el iPhone, yo me copié la de ella, que además es la que tiene toda su familia. Y nuestras redes están logueadas siempre en la compu, así que hay acceso libre de los dos lados -cuenta Lucas-. Pero eso lo hacemos porque hay confianza en que ninguno se va a poner a mirar cual detective los mensajes privados del otro. Creo que lo nuestro debería ser la normalidad, pero tengo amigos que ni locos dejan que su pareja agarre el celular y otros que le escanean a escondidas el teléfono buscando algo raro. Nosotros no tenemos nada que esconder", dice el actor, para quien la transparencia es la única clave que vale la pena recordar. "Ocupar la cabeza en memorizar contraseñas nuevas es una pavada", dice.

En cuanto al WhatsApp, el acuerdo es que es privado. "Como tenemos la misma clave en el celu, si Karen quiere ponerse a buscar, podría hacerlo y lo mismo yo. Pero cada uno sabe que el WhatsApp es privado, son conversaciones personales. Es como si levantaras el teléfono fijo y escucharas la charla -compara-. Yo no tengo nada comprometedor, pero un mensaje suelto, fuera de contexto, puede ser malinterpretado. Más cuando uno está predispuesto a esa malinterpretación. Además, en los grupos de WhatsApp de los hombres podés encontrar cualquier cosa, más vale ni mirar", reconoce Lucas, y recordó que hace un tiempo, cuando Karen recibió un mensaje de WhatsApp de un ex, lo primero que hizo fue mostrarlo: "Mirá lo que me manda tal... Lo blanqueó de una y ahí se terminó el tema".

Para Laura Jurkowsi, psicóloga y directora de Reconectarse, centro que trata trastornos derivados del uso de la tecnología, pedir o exigir al otro que le comparta las contraseñas de sus dispositivos y redes sociales suele ser una muestra de inseguridad. Pero si ayuda a bajar el nivel de ansiedad en esa pareja o se está tratando de recomponer el vínculo luego de una infidelidad, donde es necesario recuperar la confianza, dar la contraseña puede ayudar".

Pero sea cual sea el acuerdo, Jurkowski señala que es muy importante que sea explícito, que no quede tácito. Y si ambos miembros deciden que van a compartir las contraseñas, reflexionar antes sobre las implicancias de ese acuerdo, de ceder la clave. "Preguntarse, «¿quiero que el otro sepa todo de mi'?» Mantener cierto grado de privacidad y misterio está bueno. Y si se decide compartir las claves conviene tener en cuenta que hay ciertos mensajes que pueden malinterpretarse porque fueron dichos en un contexto que desconocemos y para un destinatario que no somos nosotros", advierte la psicóloga.

Para Analía Fernández, diseñadora web de 25 años, intentar adivinar la contraseña de su novio se convirtió en una situación completamente lúdica. "Siempre lo «amenacé» con que iba a descubrirla tarde o temprano -dice-. Él se ríe y me dice que jamás la voy a sacar, que si llego a averiguarla, sería un milagro y me hace un regalo. De vez en cuando le agarro el teléfono y lo intento. Me da bronca porque él conoce la mía, se la revelé cuando empezamos a salir porque me había dejado el teléfono en su casa y necesitaba sí o sí un contacto de un cliente que tenía que llamar en el celular. Él dice que ya se la olvidó, pero la verdad yo creo que no", cuenta divertida Analía, sacando dramatismo a la situación. "Yo sé que él es incapaz de revisarme el celu y yo sería incapaz de revisarle el suyo si conociera la clave. Pero igual quiero descubrirla, ya se volvió un desafío para mí".

En cambio, Alejandra Sabetay, de 31 años, cuenta que no comparte la contraseña con su novio. "No siento ni curiosidad. Le tengo confianza y la verdad es que no me interesa saberla. Sinceramente no estamos pendientes de eso -asegura-. Creo que hay un tema de seguridad, de confianza que él me da que hace que no sienta necesidad de saberla. Desde que empezamos a salir, hace casi cuatro años, jamás fue un tema de conversación, no hubo una charla, se dio naturalmente así. Creo que si él me hubiera planteado que quería saberla salía corriendo, lo vería como una invasión. Para mí la privacidad es fundamental".

El que busca, ¿encuentra?

Alejandra asegura que conoció el caso de una compañera de trabajo que se sabía la contraseña del novio y se la pasaba stalkeandolo en las redes sociales a ver qué hacía. "Sé que ella empezó como algo lúdico y terminó como un drama porque al final se enteró de cosas que no quería", recuerda Alejandra, que está convencida de que la máxima "el que busca, encuentra", es una verdad irrefutable cuando uno se dispone a revisar teléfonos ajenos.

Prueba de eso es la confesión televisada que hizo hace poco la modelo y conductora Zaira Nara acerca de la cancelación de su boda con el ex futbolista Diego Forlán. El famoso "menos mal que no me casé", que tantas hipótesis y especulaciones había generado en su momento, surgió a partir del robo de la contraseña del celular de su futuro marido. "Él tenía una clave en su celular que yo durante tres años de relación no tuve. Pero en el último vuelo que estábamos haciendo, la vi. Antes no me había interesado saberla. Era muy fácil". En un descuido de su pareja, agarró el celular, puso la clave y encontró varios mensajes comprometedores. "El que nunca busca, busca una vez y encuentra", dijo Nara a modo de conclusión.

Balaguer, que sostiene que el celular se ha vuelto "el espejo del alma", plantea que la tecnología encierra una paradoja: "Hace transparentes las relaciones y las multiplica. Hoy hay más posibilidades de engaño, pero menos posibilidades de que esa traición quede «impune». Mantener una doble vida es más complicado que antes, a pesar de que la tecnología abre un sinfín de potenciales amantes."

Por eso, no es casual que Jurkowski sostenga que la tecnología ha aumentado la conflictividad en las parejas. "Muchos la ven como una facilitadora de cuestiones cotidianas, pero también quita tiempo. La gente pasa muchas horas en las redes sociales y esas son horas que se les quita a los hijos, a la pareja y generan suspicacias del tipo «¿con quién chatea tanto?, ¿a quién le pone likes?» Por eso, más que preocuparse por compartir o no la clave, habría que ocuparse de reconectarse con los afectos".

Consejos para la supervivencia

Foto: LA NACION / Fabián Marelli

Analizar pros y contras

Sea cual sea la decisión, hablar sobre el tema en pareja. No dar por sentado nada. Reflexionar acerca de la conveniencia o no de compartir la clave, poniendo de manifiesto los pros y los contras de cada situación.

Evitar situaciones sospechosas

No generar situaciones que den lugar a la sospecha, como llevar el celular al baño o llenar de contraseñas aplicaciones como WhatsApp. Eso, en lugar de aportar soluciones, crea más conflictos.

No ceder a las presiones

Dar la clave de un celular o de cualquiera de las redes debería ser algo consensuado y no consecuencia de las presiones o amenazas del otro.

Igualdad de condiciones

No es bueno que uno tenga la clave y el otro no porque el que la sabe se encuentra en una situación de poder que hace despareja esa relación. En caso de que uno de los dos la sepa y el otro no, cambiar la clave conocida y explicar a la pareja el porqué de ese cambio.

Nunca violar las contraseñas

Aunque haya sospechas de engaño, jamás intentar violar una clave personal. No sólo es éticamente repudiable, sino que además es considerado un delito.

Establecer zonas de privacidad

Está bien resguardar ciertas ciertas zonas de privacidad, aún cuando se decida compartir las claves. No todo debe ser conocido por el otro.

Producción de Florencia Nijensohn

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