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La selección necesita jerarquía, personalidad, coraje (y un espacio para la magia)

Diego Latorre

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LA NACION
Domingo 08 de octubre de 2017
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El ejemplo de Mascherano
El ejemplo de Mascherano. Foto: LA NACION / Fabián Marelli

La personalidad y el orgullo son componentes básicos en un deportista. La jerarquía no. La jerarquía no tiene que ver con el virtuosismo ni con el dominio de la pelota. Más que una cuestión técnica se trata del atributo que permite a un futbolista enfrentar las dificultades de forma un poco más natural, imponer sus cualidades ante la adversidad, superar las pruebas, utilizar sus condiciones a favor de la eficacia en el juego. La jerarquía es la que establece las escalas, los niveles.

Como actividad lúdica, creativa, dinámica y variable que es, el fútbol necesita de estabilidad emocional. Cada vez que recibe la pelota, un jugador piensa y siente; hay una carga emocional inevitable detrás de cada determinación. La cabeza manda, direcciona, te hace acertar y también anticipar el fallo. Es ahí, en la cabeza de los jugadores de la selección, donde quedará sellada la suerte de la Argentina en el partido del martes y en estas eliminatorias, porque no existe asunto táctico ni estratégico que no guarde relación con una cabeza que funcione bien.

Todos los jugadores de fútbol tienen carácter. Todos están acostumbrados a las tensiones, a atravesar momentos delicados y situaciones límite. Aunque quizás ninguno -por lo que significa para la Argentina, una nación donde el fútbol es una liturgia- sea tan exageradamente dramático como el que les tocará vivir a quienes salgan a la cancha en Quito a jugarse la opción de estar en el Mundial de Rusia o quedar eliminados.

Y en ese contexto, en esa atmósfera irrespirable que rodea a la selección, y que transforma a un gran jugador en uno apenas bueno y al bueno en regular, es cuando hace falta que aparezca la jerarquía. Porque ya queda poco lugar para la magia, al margen de que uno ante la ausencia de juego colectivo (más allá de lo que haga Messi ) tienda a aferrarse a señales como el inexplicable triunfo de Paraguay en Barranquilla para mantener encendida la ilusión.

El fútbol tiene su lógica, y si no hay jerarquía y personalidad que contrarresten factores como la inhibición, el exceso de responsabilidad o los interrogantes sobre lo que puede suceder ante un error o una eliminación, cualquier obstáculo se ve como insalvable. Creer que en cada gol fallado está en juego el destino de la patria ata las piernas en la siguiente jugada.

La elección de los jugadores que vayan a enfrentarse al desafío del martes debería entonces comenzar por este punto y necesitará fundamentalmente del conocimiento y la capacidad del entrenador para observar y descubrir quiénes están preparados y quiénes no tanto para afrontar y superar este momento. Tendrá que evaluar quiénes cuentan con la experiencia y personalidad suficientes para salir rápido de la contaminación; quiénes son capaces de moverse en lo consciente/inconsciente para mantener el coraje y el atrevimiento, para no perder su esencia aun sabiendo lo que está en juego.

El ejemplo de Mascherano

Se trata de una decisión muy compleja, porque sólo en la cancha y durante un partido puede verse fehacientemente qué clase de jugador es cada uno. Lo demostró Mascherano ante Perú. Se equivocó, acertó más o menos, pero en ningún momento le pesó el compromiso, y en días donde hay enemigos muy tangibles como la presión, el clima externo o el riesgo de quedarse afuera de un Mundial uno espera que ese tipo de jugadores de cabeza fuerte estén en la cancha.

A partir de ese punto, nunca hay que olvidar que el fútbol es un juego desconcertante. Cada partido es una página en blanco, que empieza en el pizarrón o en la imaginación y la preparación del entrenador, pero después puede tomar rumbos impensados.

En Quito chocarán un equipo con urgencias y otro eliminado, pero que tendrá enfrente una camiseta tan admirada como rechazada, a la que siempre se le quiere ganar. Y a priori resulta imposible saber cómo pueden incidir estas cuestiones en el desarrollo del encuentro.

No tengo la bola de cristal ni tampoco muchos argumentos razonables para la esperanza. Salvo algunos destellos, Argentina jugó mal durante toda la eliminatoria, se ha improvisado permanentemente, se ha atentado contra nuestra forma de ser y entender el fútbol, pero aun así quiero confiar en un buen partido del equipo en Ecuador; en que aparezca la jerarquía, o en ese mínimo espacio que todavía queda para la magia.

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