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El desafío catalán: otro relato que choca con la realidad

El funcionamiento de la vida diaria desarma, cada vez más, los discursos rupturistas, como el que lidera Puigdemont; pese a ello, las narrativas que proponen cambios de modelos logran adhesión

Domingo 08 de octubre de 2017
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LA NACION
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MADRID.- Con su gravedad y su poderosa carga emocional, el estallido independentista en Cataluña no se agota en España, sino que coloca a Europa y a Occidente frente a sus propios replanteos políticos no resueltos.

Con matices en cada caso, expertos ven en lo que ocurre en España lazos diversos con tensiones recientes o aún por definir. Desde el Estados Unidos de Donald Trump hasta la aventura del Brexit. Desde la Escocia separatista hasta la Grecia de la coalición de izquierda radical Syriza y su fallido anhelo por un molde económico a su medida para burlar la disciplina europea. Desde el reclamo de los "indignados" en España y del Occupy Wall Street hasta el crecimiento de las fuerzas de ultraderecha en Francia.

Esos fenómenos de ruptura reflejan la seducción que generan en millones las narrativas que proponen destruir el molde en vigor. Son utopías contra el modelo existente; relatos románticos o simplistas del futuro que se estrellan cada vez más contra la realidad, como en Cataluña, donde los líderes separatistas han sido poco capaces de decir cómo sería el día uno de la independencia.

¿Qué es lo que hace que una u otra se imponga? ¿Cuáles son los mecanismos por los que una ilusión colectiva es capaz de desafiar una estructura mucho más poderosa? ¿Cómo se canaliza la frustración que deja semejante confrontación? ¿Cómo lo hará España?

Éstas y otras cuestiones son materia hoy en España y en Europa a partir del caso catalán.

En el país, porque la moneda aún en el aire tiene en juego su estructura como Estado y su estabilidad. En la UE, porque luego del terremoto del Brexit, la demanda secesionista repercutirá en los focos de nacionalismo disgregador y podría abrir la veda a la constelación de reivindicaciones de independentismo que perviven en el bloque.

El término "utopía" tiene una cierta connotación negativa, pero se trata de algo muy serio. "Es uno de los planteos principales en política. Implica la capacidad de generar una ilusión colectiva que moviliza o paraliza, según el caso, a millones de personas", señaló a LA NACION Ignacio Bórrega Castro, experto en sociología de la Universidad de Salamanca.

Hay pocas dudas de que el desafío separatista de Cataluña tiene una enorme connotación utópica.

Sobre todo, con una narrativa en la que "independencia" se convierte en un término impreciso en la agenda, tal como admitió el propio Artur Mas -ex presidente regional y uno de sus principales promotores-, pero capaz de generar la ilusión de que, con eso, se soluciona todo.

Es el final y no un principio claro, como está demostrando la pared de desconfianza con la que choca. Grandes empresas en fuga, retiro de depósitos, personas que ya piensan en dejar el territorio y un abrupto salto en la percepción de riesgo de la región.

"Lo que hay es una huida hacia adelante que, en este caso, inspiró a más de dos millones de personas", dijo a LA NACION Francisco de Borja Las Heras, director del Consejo Europeo para las Relaciones Exteriores en Madrid. Un mensaje que, en su perspectiva, aproxima al populismo del Brexit y a la política de la posverdad de Trump. "Porque lo que menos se ha planteado en Cataluña es un debate serio sobre independencia" y cómo construirla, añade.

De hecho, por estas horas, hasta el gobierno de la Generalitat vive en la encrucijada de qué hacer con la independencia y, llegado el caso, cómo construirla. Simbólica o real; efectiva o por fases; con plaza financiera fuera o dentro del territorio.

Nadie lo sabe a ciencia cierta, y en eso es la ciudadanía la que se juega su futuro. La que cargará, como ocurre siempre, con las consecuencias de las decisiones que adopte una clase política aturdida por el baño de realidad que significó la huida en masa de empresas, personas y capitales.

Grupos

La narrativa, sin embargo, es poderosa. Capaz de aglutinar a un componente social muy variado: anticapitalistas, antisistema, grupos de la derecha y de la izquierda nacionalista, burgueses, industriales y, sobre todo, una activa base juvenil de estudiantes.

"Si a eso sumas un componente de identidad, lo que hay es una narrativa muy difícil de contrarrestar, porque lo que tienes enfrente es el statu quo", sostuvo De Borja Las Heras. "Es la realidad de todos los días, el modelo imperante, y eso, en tiempos de enojo con la clase política, es muy poco convocante", explicó.

Desde la perspectiva histórica, tal vez la última utopía que experimentó España fue el movimiento del 15-M, o también llamado de los indignados, que surgió luego de la manifestación del 15 de mayo de 2011.

Fue un tembladeral que, en plena crisis económica, cargó contra el sistema político tradicional, al que consideró responsable de la debacle. Luego de múltiples mensajes y manifestaciones, terminó por unificarse en el que clamaba por "una democracia más participativa", alejada del bipartidismo del Partido Socialista Obrero Español (PSOE) y el Partido Popular (PP).

El 15-M era una propuesta rupturista. Pero en aquel entonces el sistema político fue capaz de absorberla, sino en todo, en gran parte, y canalizarla en buena parte con el nacimiento de Podemos como partido político, según recordó Joan Culla i Clarà, catedrático de Historia de la Universidad de Barcelona (UAB).

¿Qué pasará esta vez? "Los historiadores sabemos del pasado pero no del futuro", ironizó Culla i Clarà en su diálogo con LA NACION.

Pero, más allá de la forma que tenga el desenlace, de lo que sí está convencido es de que el independentismo "no desaparecerá" de Cataluña. Por muchas razones y, entre ellas, por la dificultad de Madrid para encontrar un medio que facilite su canalización, señaló.

"Está claro que, en el modelo de Constitución de 1978, España no puede acceder a la independencia de Cataluña. Pero sí podría aplicar políticas de seducción para que le sea más grato quedarse", ejemplificó Culla i Clarà. En eso, dijo: "Madrid ha sido bastante miope".

Similar temperamento aportó, desde su visión como catedrático de filosofía, el profesor Jaime Nubiola. Recordó que el nacionalismo catalán tiene "fuertes elementos racionales", pero que, en esta ocasión, lo que prima son las emociones.

Desde su perspectiva, si con algo hay que tener cuidado es con confrontar realidad y emociones porque, en el fondo, "no hay nada más real que ellas".

Cada utopía tiene una enorme carga de ese componente. El independentismo catalán, como tantas otras demandas que pusieron en jaque sistemas estables en Europa, no es la excepción.

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