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Abierto de Tortugas. La Dolfina no es un campeón piadoso: si huele debilidad, golea

Venció en Palermo por 12-5 y ganó 12 de los últimos 13 torneos; desconocido, Ellerstina no tuvo polo... ni misericordia de un rival que va a fondo

Domingo 08 de octubre de 2017
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La sociedad que no se cansa de ganar: Mac Donough, Cambiaso, Nero y Stirling festejan el 12-5 sobre Ellerstina en Palermo
La sociedad que no se cansa de ganar: Mac Donough, Cambiaso, Nero y Stirling festejan el 12-5 sobre Ellerstina en Palermo. Foto: LA NACION / Mauro Alfieri

Aquella idea de Milo Fernández Araujo en 2013 fue iconoclasta en La Dolfina. Contracultural. La propuesta del nuevo director técnico de exigirse al 100% en la Triple Corona entera le cambió la mente a Adolfo Cambiaso -nada menos-, que se enfocaba en Palermo y tomaba Tortugas y Hurlingham casi como meros preparativos para ese mundial de polo que es el Argentino Abierto.

Desde ese año, el primero del DT en Cañuelas, La Dolfina va a fondo en los tres torneos. Mala noticia para el resto: con la conquista del Abierto de Tortugas Gran Premio Macro, lograda ayer en el Campo Argentino de Polo -la final fue mudada por el estado de las canchas de Tortuguitas- con un 12-5 sobre Ellerstina, La Dolfina agrandó una marca que asombra: ganó 12 de los últimos 13 certámenes.

La excepción en esa racha fue Hurlingham 2016, cuando los Pieres, con guapeza, le birlaron una copa que Cambiaso y compañía ya estaban por levantar. Pues de aquel Ellerstina no hubo ni rastros en la final palermitana de Tortugas. No fue una cuestión de coraje, algo que si bien no relució ayer en el conjunto negro, tampoco fue la causa del golpazo. La Z careció de juego, principalmente, y de madurez, también. Si los Pieres se destacan por su estupendo taqueo, el día en que no tienen -la cancha estaba firme de piso pero difícil para llevar la bocha- necesitan inteligencia y carácter. Y ayer no llevaron a Libertador y Dorrego esas virtudes.

Infracciones evitables, malas decisiones en cuanto a qué hacer con la bocha y erróneo posicionamiento en el campo conspiraron contra un equipo que, en consencuencia, se quedó sin algo que suele sobrarle: goles. Anotó cinco en siete chukkers, y tres de ellos fueron de penales de 30 yardas (Facundo falló uno, con el arco libre, como se los ejecuta ahora). Apenas dos tantos de bocha viva -ambos, del Nº 3- en algo más de 45 minutos son una estadística irreconocible en La Z.

Y si a La Dolfina se le presenta un adversario en ese estado, pues no le tiene misericordia. Otra idea de Fernández Araujo: ganar por todo lo que se pueda, jugar a fondo hasta el último campanazo del partido, como en aquel 27-4 contra Cría Yatay en una semifinal del Argentino Abierto del año pasado. En la misma cancha, ayer, la máquina blanca hizo lo propio: maltratar a su archirrival todo lo que podía.

De hecho, tras el 9-4 al cabo del sexto parcial, La Dolfina estableció un 3-1 en el último. Insaciable. Con lo que le faltó -le falta- a su oponente: una coordinación colectiva magnífica, en la que cada pieza hace lo que necesita el conjunto en cada caso. La ubicación, la decisión y la ejecución por momentos maravillan, sin que necesariamente se lleve la bocha en el aire o se marque un gol con un remate de 100 metros.

Una sola vez, en los 38 encuentros anteriores del clásico, se habían dado siete tantos de diferencia en el tablero (18-11 para el club de Cañuelas en la definición de Hurlingham 2012). Pero nunca había ocurrido que un conjunto hiciera 140% más de goles que el otro. La Dolfina más que dobló a Ellerstina, con un solo tanto de distancia entre handicaps. Para La Z habrá que barajar y dar de nuevo. Este La Dolfina es intratable y egoísta: se olvidó de lo que es ser piadoso. Lo hace desde 2013.

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