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La influencia de un creador que moldeó el Hollywood actual

Javier Porta Fouz

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PARA LA NACION
Lunes 09 de octubre de 2017

En aras de la especulación inconducente, podríamos probar con eliminar a Steven Spielberg de la historia de las películas. Más de cuarenta años del cine que hemos vivido desde los setenta serían radicalmente distintos; más que eso: no reconoceríamos muchos de sus contornos, de sus imágenes, de sus fantasías, de sus acercamientos a la niñez. Spielberg no sólo fue y es un gran director, productor, creador, autor y generador de ganancias que él ayudó enormemente a cambiar de escala, sino que además fue uno de los que señalaron el camino de lo que sería el cine que conquistaría el mundo luego de la gloria y el ocaso del gran experimento del cine norteamericano de los setenta: directores como estrellas, que podían sentir su poder creciente en una industria que cambiaba sus códigos a una velocidad que confundió e hirió de muerte a algunos e hizo más fuertes a otros. Más allá de Michael Cimino y su debacle -contagiosa- con Las puertas del cielo, los ochenta serían un mundo demasiado nuevo e inhóspito para otros nombres clave del grupo de los movie brats (los malcriados del cine): Francis Ford Coppola no disfrutaría en los ochenta de su preponderancia en los setenta, y otras grandes irrupciones como Walter Hill y John Milius perderían impulso a medida que se alejaban de la década que Pauline Kael supo considerar como la mejor de la historia. La propia Kael, al ver Tiburón, sintió que ése era el cine que podría haber hecho Sergei Eisenstein "si se hubiera rendido al niño burgués que había en él". La polémica crítica contaba, también, la envidia que sentían algunos grandes jugadores de Hollywood al ver la película del pez asesino, porque entendían que Spielberg era no solamente un renovador, sino que pensaba en términos decididamente cinematográficos, liberándose de diversos atavismos que todavía estaban en la industria. Desde su primer largometraje (Duel, hecho para la TV pero merecidamente estrenado en pantalla grande), Spielberg mostró un potencial único, que haría eclosionar una y otra vez en su brillante carrera. Sin embargo, hay que ser consciente de que si el cine hoy es demasiadas veces un espectáculo global sin alma es en parte culpa de él y de George Lucas y sus alquimias comerciales, porque la industria siguió a Spielberg por su capacidad de entender cómo estaba cambiando el público y su consumo, pero no comprendió del todo su visión única, deseante y apasionada como creador insoslayable.

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